“Punto final”, dijo con un grito tan semejante al silencio que no fue escuchado más que por su mente. “Demasiado ruido”, pensó mientras decía aquellas dos palabras que resumían a la perfección el contenido de su propia vida cumplida.

A veces es preciso cumplir toda la vida para darse cuenta de lo que se ha dejado atrás, incluidas las bifurcaciones que se extinguieron en la precipitación de un instante, y que solo es posible recordar como una posibilidad incierta que camina fantasmagóricamente en los recovecos de la añoranza.

Había cierta poesía, de la que era consciente, en aquellas palabras. No obstante, lo cual no le permitieron alcanzar cierto consuelo poético en el patetismo de su fin. Todavía en sus ojos había demasiada resistencia absurda, procedente de una vitalidad casi extinguida, aunque no del todo.

Los residuos de sus últimos instantes chisporroteaban alrededor de sus ojos cerrados, y cada chispa formaba un recuerdo por mucho tiempo olvidado. No tenían ni orden ni concierto y a veces eran tan desconcertantes como una mentira recién descubierta.

Todo giraba alrededor suyo, o mejor dicho, a pesar suyo. Tal decisión llevaba a otra, tal perturbación conducía a una acción que marcaba el rumbo de su vida con un aparente azar del que el único responsable era él, aunque se excusara por ciertas circunstancias.

Hacía repaso de su vida como si fuera el juez que fuera a juzgarla. Sin concesiones, se juzgaba a veces con demasiada dureza, mientras que en otras se disculpaba con suma facilidad. En definitiva, no era justo ni pretendía serlo.

¿Qué es lo que había hecho que fuera tan enorme para condenarlo? Nada. Pero, por otro lado, ¿qué había dejado de hacer para no ser condenado? Todo. No era posible equilibrar balanza tan delicada, y ni siquiera la balanza de sus intenciones llegaba a ser más precisa.

Se llevó con inmenso trabajo el crucifijo, que contenía su mano trémula, a la boca y lo besó dentro de un suspiro y una postrera tos. Debajo de los párpados se le hizo una densa negrura que no tuvo fuerza para disipar.

Los recuerdos se consumieron y las bifurcaciones se extinguieron en el hilo interrumpido de las palabras que ya no eran pronunciadas por su mente. Se iba apagando, aunque su oído todavía podía escuchar las palabras del sacerdote.

Las manos del padre le administraron los sagrados oleos y le hicieron la señal de la cruz en la frente y en las mejillas. Antes de salir de la habitación murmuró algunos salmos. Luego lo dejó solo: en aquel túnel luminoso que le llevaba hacia el otro lado.

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