En voz pausada y serena se le escuchaba repetir a la anciana que “al paso de los años, al paso del tiempo, tenemos la necesidad de recordar, de mirar para atrás, consultando, preguntando, buscando, escudriñando revelaciones de nuestro pasado”. Las poblaciones con herencia, con legado, con acervo, han afirmado su existencia y confirmado su presencia material con el suceder estampan, sellan su huella, el legado que debe conservarse, pero aquí “el aspecto físico de la villa de argento es un reclamo de la realidad de su abandono, de la ignorancia, del protagonismo y la codicia, de la destrucción, terquedad y cinismo en las formas como se ha depreciado y depredado, desvalijado y devastado un antiguo real de minas, que ha perdido hasta el nombre”.
Aun así, la villa une el acontecer en su memoria, aporta diferentes lecturas, recuerdos, permite realizar pesquisas sociales y urbanas en la manera que los documentos no han sido alterados más allá del paso del tiempo, no han sido dañados del todo a pesar de artificios de manos ilícitas e intencionadas que buscan resultados a manera de su imaginación e intereses, incrustándose como conocedores sirven a la adulación del poder vendiendo invenciones como verdades, ignorando que las poblaciones son el reflejo de las actividades a las que se deben y a los grupos sociales que pertenecen a ese mismo entorno para complementarse en diferentes momentos y diversos sectores que pausadamente marcan, sellan, muestran sus formas de crear hábitos, costumbres, ideas, tradiciones reveladas en sus características, cualidades, su identificación en valores sociales y culturales.
La viejilla reconocía a Pachuca como “una villa minera muy vieja y envejecida, la airosa le dicen los
de fuera, los forasteros con mucho de verdad y cierto, pues el viento cala por todos lados en todas las épocas del año, se pronuncia casi con desprecio “es un lugar donde da vuelta el aire”. La mujer, bajando estrepitosamente renegando por la empedrada calleja de Ocampo, alzando el dedo índice advertía a sus salvajes pelones “nosotros somos un pueblo de antaño, nuestro origen comenzó con el preciado y codiciado metal de argento buscado por gachupines que hicieron grandes extracciones, obteniendo riqueza para pocos empresarios hasta encabezar la producción de plata, ¡abran ustedes los ojos a otras ciudades también mineras! ¡Echen una mirada al mineral de Pachuca, raquítico, pobre, mugriento, casi destruido, sin progreso en su centro, devastado día a día!”
La abuela, ya en la parte baja andando sobre hermosa piedra de recinto labrada, agregó “por aquí, en esta villa en los últimos años del siglo XIX, existían muy pocos lugares ¡para comer bien, con elegancia, con distinción, con atención personal!, uno que otro de esos lugares para las bebidas embriagantes de “postín”, de importación, fue El Paraíso Terrestre, propiedad de don Pepe Reinaud, con excelente botillería, suculento ambigú, sopas italianas, quesos gachupines, jamones serranos, trufas y un extenso surtido de pescados del país, ahí se ubicó en la plazuela del 5 de Mayo descendiendo por ese empedrado de Ocampo en esquina con calle de Hidalgo, con privados cómodos elegantes, servicio propio para negociantes extranjeros de minas, opulentos dueños de fundos argentíferos, contratistas metaleros y terreristas de laboríos de plata.
Confesó la anciana indiscreta que el deleite del vino extranjero combinado con la amena charla era común en los primeros años del siglo XX, pues llegaron junto con los gringos bolillos al consumar la adquisición de la Compañía Real del Monte y Pachuca en 1906. Surgieron cantinas y bares con hermosas y grandes barras talladas y entableradas artísticamente de maderas finas, olorosas y elegantes, enormes espejos en la contrabarra donde igualmente se miraban los bebedores y exhibían alcoholes de diferentes cataduras, junto con vinos populares para darles satisfacción a sus costumbres y vicios en estos lugares, desterrando poco a poco del entonces centro del mineral de Pachuca las tradicionales, apestosas y viejas pulcatas.
A finales del primer tercio del siglo XX los malolientes expendios del apestoso producto del maguey se arrinconaron apretujándose en las faldas de los cerros a los lados de vecindades, cuartuchos y cuarterías moradas de obreros, a pocos metros de los accesos a los laboríos mineros. Esos “expendios mugrosos de pulque agrio, vascas, lucia sus jícaras, jarros y toscos recipientes de vidrio; tornillos, camiones, chivos, catrinas, tarros y vasos todos diferentes, estrellados, despostillados y rajados, fuertes garrafones con camisa de raíz capeados de mugre, resaltaban los pisos de solera de barro recocido o tierra apisonada propio para jugar la rayuela y la pítima, algunos alfombrados de aserrín con colillas de tabaco forjado a mano o restos de cigarrillos apestosos, presumían alegremente gargajos con expectoraciones amarillo-verdosas y sanguinolentas, cientos de enjambres de cacas de mosca se veían en improvisadas ventanas, puertas, en la mesa que servía de mostrador o barra, en las largas vigas de madera que sostenían la cubierta de lámina repletas de agujeros de polilla, enormes cromos de calendarios de años pasados cubiertos de polvo, grasa e insectos revoloteando, eso sí, todo el establecimiento aperjumado con penetrante aroma
de micción de borracho”.
El cascabel al gato. Y como siempre sin preguntar, sin planear, sin respeto, sin conservar, sin saber. ¡Nada más al ahí se va! diciéndose conocedores, hoy están destruyendo el adocreto en la calle Hidalgo para poner su tosco, corriente e irracional concreto estampado, ¡perdiendo la oportunidad de revitalizar enlosados, empedrados y enlajados!

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