Con esta expresión, que toma vida, Shakespeare nos advierte que la historia se convierte en un laberinto desolador y trágico si solamente la miramos sin ofrecerle soluciones, sino aprendemos de ella, si nos comportamos, en términos de Carlos Pereyra, como objetos de la historia, no sujetos, personajes, que la construyen, la contrastan, la transforman. A la historia, para que sea útil, hay que provocarla, desafiarla, con entusiasmo y vigor indeclinable y vital. Sin esa conciencia la historia es un torbellino agitado, estridente que vocifera, que emerge en la oscuridad de la noche como un espíritu autoritario y censor. La historia tiene silencios a los que hay que escuchar, porque es el camino a lo profundo.

Hannah Arendt advertía que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo.

La historia de la desigualdad y la pobreza que entremezclan rostros, momentos y dolor, en el fondo son uno mismo. En una sociedad como la mexicana con 55 millones de pobres, es difícil construir la cara, los contornos, las líneas de esos personajes sociales, es más fácil ignorarlos, desconocerlos, cosificarlos, reducirlos a números, porcentajes, encuestas, visiones demoscópicas; sin embargo, los pobres tienen historia (s), casi siempre acompañadas por el dolor, la violencia, la marginación, atrapados por la opresión, el comercio sexual; los abusos y malos tratos son un mecanismo que refuerza la desigualdad.

En esta tarea de (re) construir los rasgos que reúnen y resumen este universo, que ofrece un retrato (casi) siempre doloroso, perdurable, oscuro y frecuentemente aterrador, los textos de Marga Zambrana y León Krauze nos conducen a través de caminos estremecedores, donde la migración, la tortura, el abuso, la guerra, son la caja de pandora, jinetes apocalípticos que la pobreza, la desigualdad, han liberado.

La primera historia, que es la de miles de personas de ese país, elige a Warda una mujer siria, que como muchos ciudadanos de esa nación socorrió a los heridos que protestaban contra ese régimen y que desencadenó un conflicto que ha costado más de 250 mil muertos y cuyo horror no parece tener límites. Después de ser hecha presa, es objeto de interrogatorios, torturas “al final nos volvimos todas locas. Por el alcohol (obligadas a beber), por los golpes, por las torturas. Escuchábamos gritos de los hombres mientras los torturaban. Oh Alá, Alá…! Recuerdo a uno, estaba gritando; por favor, señor, por favor, por el amor de Dios… No sé qué pasó con él. Se quedó como sin voz. Después de unos 15 minutos, ya no lo escuchamos más. El funcionario gritó a alguien: ¡Vete a amontonarlo con sus amigos! El otro dijo: Oh, señor se ha muerto”.

A esa historia desgarrante la acompañan muchas más que revelan la irracionalidad que siempre se encuentra junto a la barbarie, el horror, también lo surreal y desesperanzadora que es la pobreza. La historia referida por León Krauze (“La serpiente de obsidiana”), ubica a un asesino serial que masacra brutalmente a cuatro indigentes, las pistas de este personaje conducen a los caminos de la migración y las drogas. La familia Ocampo, migrantes mexicanos como miles de compatriotas, se establecen en California con dos hijos, padre profesor de historia en la Ciudad de México, ha decidido probar suerte y marchar con su prole en busca del sueño americano, sin embargo, muy pronto queda atrapado por las drogas. Su hijo mayor, Itzcóatl, se enrola en el Ejército de los Estados Unidos, será una experiencia breve, dolorosa, frustrante, trágica. Servirá unos pocos meses en el frente de combate en Irak, en su diario se identifica como un POG (people other than grunts), un término despectivo que los marines usan para describir al personal de soporte que rara vez entra en combate. “Me enlisté para ser un puto asesino pero al final terminé en un lugar dedicado a salvar vidas, no a acabar con ellas”. Sin embargo, el final está cerca, en enero de 2012, la justicia de California acusó formalmente a Itzcóatl Ocampo de asesinato (de cuatro indigentes) con factores agravantes. Después de dos años en prisión, el 27 de noviembre, Itzcóatl mezcló polvo de jabón con agua y tragó la mezcla, envenenamiento que le provocó muerte cerebral, fue desconectado y declarado muerto.

La pobreza, la desesperanza nos hacen viajar al fondo de nosotros mismos, pero no es solo un conflicto interior, son también las dimensiones, las heridas conque la marginación, la pobreza marcan los incontables rostros sociales, sus vocablos, sus giros, desde el cual (casi) todo surge y al cual todo vuelve.

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