El cuerpo siempre ha tenido serias dificultades para que le sea reconocido el lugar que realmente le corresponde, pero que se le ha negado hoy y siempre. En la mitología, el cuerpo es recubierto de imágenes y figuras mitológicas o de animales, dotándolo de recursos simbólicos en los que el cuerpo es redimensionado, pero mediante objetos, marcas, partes de cuerpos de fieras o aves salvajes.

Los filósofos clásicos no le dieron un lugar al cuerpo en sus abstracciones filosóficas. El “ente” era todo lo vivo y no vivo, lo cercano y lejano. Tampoco se le reconoció en el “ser” porque lo que era susceptible caracterizarlo, jamás incluyó al cuerpo. La vida y no el cuerpo fue colocado al margen de la naturaleza por Aristóteles, y ahí permaneció por siglos. Era demasiado mundano como para que los clásicos de la filosofía perdieran su tiempo en él.

La parte corporal, en la filosofía platónica, recibía o alojaba en su interior los conceptos que ya existían previamente en el Universo. Esas “ideas” preexistentes constituían una especie de “nube” de donde se bajaban y alojaban en el pensamiento de hombres y mujeres. Pero el cuerpo ni existía ni proporcionaba nada más allá de ser un recipiente de los conceptos. Se construían los cimientos de cristianismo, retomados luego por San Agustín.

El cuerpo era el vehículo mediante el cual se expresaba el alma, y el alma no era otra cosa que una figura externa al cuerpo que lo cualificaba. Entonces no era el cuerpo sino el alma la figura por la que los filósofos se ocupaban. Mutilado por la filosofía, el cuerpo no reapareció sino hasta el renacimiento y la ilustración, pero de nueva cuenta se construyeron sobre él inmensos nubarrones como veremos más adelante.

Antes, el cuerpo fue considerado por el cristianismo como un lugar del que se debería mantener cualquier sospecha. Se trataba de un objeto que estaba expuesto a la maldad y el pecado del maligno, que trataba de confundir a los fieles para llevarlos por el camino de la perversión. Se cultivaba el alma mientras que al cuerpo se le castigaba con suplicios y ayunos con el fin de que bajo esos castigos se purificara.

Muy pronto llegó el Renacimiento y la Ilustración. Los hombres y las mujeres fueron elevados al sitio de humanos. Lo humano fue una cualidad que ocupó el lugar del alma, pero en la era que recién iniciaba la idea de progreso. Para que no quedara duda de la importancia de lo humano, a los humanos se les dotó de razón. El invento de la racionalidad de lo humano fue una de las características más importantes y devastadoras de lo corporal.

La razón dividió al cuerpo en dos. Por un lado, la razón que encontró en el principio de que “pienso y luego existo” a un tipo de racionalidad que mutilaba al cuerpo, porque se le hacía depender de lo pensante. El cuerpo fue vaciado y “llenado” con fluidos y órganos que se combinaban entre sí para dar lugar a la existencia de un “organismo”. El cuerpo a lo más que pudo aspirar fue a poseer un cerebro, visto desde la biología.

Los fluidos y los órganos sentaron las bases para su biologización. El cuerpo fue traído desde el borde de la naturaleza en donde había sido colocado por los filósofos griegos, pero como organismo al que se le dio el nombre de máquina, es decir, que se trataba de una máquina por su supuesta perfección, pero que en realidad de lo que se trataba era de dotarlo de una serie de características que prefiguraban su destino, someterlo a los procesos de producción y circulación mercantil.

En el siglo XIX el filósofo Alemán Friederich Nietzsche supo valorar lo que venía ocurriendo con el cuerpo. Creador de una filosofía crítica, en términos de que la filosofía no podía entenderse únicamente como reflexión abstracta en torno a ser, sino que habría que someter a crítica a esa filosofía como un filosofar propio de quienes ocupaban la parte alta de la escala social, por lo que se trataba de una filosofía del poder.

Para Nietzsche el cuerpo no es un cuerpo u organismo con un conjunto de partes y fluidos sanguíneos, sin más cualidad que la de consumir y gastar energía. Es una potencia que piensa a partir de que el cuerpo posee un órgano que le permite pensar. El cuerpo es una potencia a la que pertenece el pensar y no la inversa, como habían dicho los sabios del Renacimiento y los filósofos de la Ilustración.

Aún más, se trata de una potencia y no de un cuerpo desvalido. Después de dividir el cuerpo y mutilarlo, nos encontramos con un cuerpo condicionado por una narrativa que lo describe a partir de los estragos que ha dejado el haberlo convertido en un objeto al servicio de la máquina. En donde el entendimiento se elevó a un tipo de pensamiento abstracto, matemático, que opera sobre el cuerpo de manera directa, a través de la tecnología.

El cuerpo ha sido convertido en pobre por el lugar donde se aloja, desnutrido por lo que come y su estrecha delgadez, enfermo porque muere antes de llegar a los parámetros establecidos. Está sometido a una biopolítica médico-químico-farmacéutico. Se le considera miserable porque se le ve sometido a las “peores costumbres”. Su salvación está en las políticas públicas contra la pobreza y el hambre.

En ese sentido, el cuerpo se debe recuperar de la narrativa del poder: el cuerpo es una potencia capaz de traducir el sufrimiento en fuerza por la vida, capaz de construir su propio pensamiento a través de un cuerpo que no debe ser reducido al hambre, lo erótico y el instinto de muerte freudiano, de acuerdo a Deleuze.

Los instintos son algo más, la esperanza de recuperar la integridad del cuerpo y salvarlo del cercenamiento de que fue objeto, pero elevándolo a una potencia.

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