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El planeta de los simios

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Cincuenta años cumple una de las películas más veneradas por los amantes del cine de ciencia ficción, un filme que me sigue impresionando y atrapando con su historia. Todavía me impacta la escena en que el astronauta interpretado por Charlton Heston corre desesperado por un plantío al ser perseguido por jinetes que cubren su rostro y cuyos caballos galopan peligrosamente a su lado. La forma salvaje en que logran lazarlo del cuello, lastima a tal grado su garganta que durante meses no puede hablar. Cae al piso, ve la bota de su captor y este, al quitarse el caso y la máscara que lo cubre, permite ver que es un simio. Sí, un simio que habla, que tiene una postura erecta y una mirada de odio. Ese hombre recién llegado a ese planeta de los simios, se pregunta: ¿En qué mundo está? ¿Dónde fue que ha caído su nave? ¿Es un pasado fatal o un futuro peligroso?
Es así como la película, con verdadera maestría del suspenso, nos empieza a introducir y acercar a ese planeta, dominado por simios y donde los humanos son esclavizados, tratados como animales. El recién atrapado, por estar lastimado no puede hablar, solamente observa los avances científicos y la inteligencia que muestran los habitantes de ese lugar. Dos científicos empiezan a estudiarlo porque en otra maravillosa secuencia, llega el momento en que ese humano puede decir una palabra y los asusta. Impresionante la escena es que Heston logra articular palabra y grita con verdadera desesperación:

“¡Quítame tus apestosas patas de encima, maldito simio asqueroso!”. Es un humano que habla, no puede ser, los que hablan son los simios no los hombres.

Más allá del excelente maquillaje que permite tener la certeza de que son simios quienes actúan, el filme nos aproxima a cuestiones muy humanas de los valores, del sentimiento y del respeto por la vida de todo ser vivo. Conmiseración y ternura, solidaridad e ingenuidad, protección y cariño. Así, el personaje de Zira, la simia científica, lo ayudará, buscará con su esposo darle la anhelada libertad.

El final es inesperado e impactante, ese capitán que aterrizó su nave espacial sin saber dónde y quedó como el único sobreviviente de su tripulación camina ya libre por la playa, a su lado va la mujer que le regalaron y que ya ama. De pronto, su caminata es interrumpida por unos pedazos de hierro forjado que asoman en montones de arena. Él descubre, entre desesperación y dolor, que se trata de un monumento simbólico que le confirma que no cayó en otro planeta, sino en la Tierra y que los humanos son los culpables de que otra raza sea ahora la que los domine. El planeta de los simios ha cumplido 50 años, pero sigue tan impactante como en su estreno y quizá como toda ciencia ficción, el futuro puede ser presente. La película siempre advierte que no lleguemos a un futuro destructivo:

“Tengan cuidado de la bestia humana, pues él es el instrumento del diablo. Solo entre los primates de Dios mata por diversión, por codicia, o por avaricia. Sí, asesinará a su hermano para poseer la tierra de su hermano. No dejen que se reproduzca en grandes números pues convertirá su hogar en un desierto y el de ustedes. Evítenlo. No lo dejen salir, pues él es presagio de la muerte.”

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