La Luna de plata apareció esa noche al levante, por sobre los cerros, por sobre el hombro, al costado derecho de la figura del criollo Miguel Hidalgo, las refulgentes ascuas de argento que desprendía iluminaban la plaza principal, Constitución, con ese histórico monumento del año 1888 tallado magistralmente en mármol blanco, la escultura descansando sobre un pedestal con detalles de piedra blanca mohosa, cetrina, de la montaña del Mineral del Monte. Lucia, destacaba elegantemente y dignamente todas sus ornamentaciones en mármol de cuarzo junto con la inigualable, artística y majestuosa herrería de fragua sin una gota de soldadora, remachada y forjada al rojo vivo a mano.
La viejilla oteaba y orejeaba, miraba a uno y otro punto como diestro sabueso olfateando los detalles de nuestra historia, en la sexta década del siglo XX. De repente, mirando al oriente, emitió lastimeros gemidos, que más parecían aullidos, al recordar el último tercio del siglo XIX, levantando los brazos miró el piso enlosado de la plaza de Mercaderes, donde yacía su atado de pelones husmeando los alrededores de la fuente, agarrando fuertemente como una pesada piedra su cabeza meciéndola lentamente con las extremidades, sus ojos echaban chispas y destellos de fuego, su respiración se interrumpía inesperadamente alternando de trabajosa a de repente, como jumenta agitada, como si hubiese escapado de la famosa “Castañeda”.
En ese aflicción, copeteada de quebrantos y tupida de angustias dijo señalando “por ahí en el cerro y barranca de la Santa Apolonia, barrio de Patoni, en 1876 un atado de gavilleros, oportunistas, salteadores armados con artillería atacó la villa del mineral de Pachuca con la consigna de deponer al gobierno encabezado por el hacendado Justino Fernández, entre esos salteadores uno de los que comandaba la columna de facinerosos, sátrapas empistolados fue el Rafai Cravioto que junto con sus dos hermanos de la misma calaña formó lo dicho y conocido por la población de entonces como la trinca infernal de sanguijuelas porfiristas que obligaron a la Legislatura, con pistola en mano, a declararlo gobernador el 21 de abril de 1877, después de haber celebrado simuladas y amañadas votaciones, para luego alternar el poder con Simón y Pancho por 20 años hasta 1897 que de plano hartaron al presidente Porfis”, mañas bien aprendidas y vigentes.
Esos serranos poblanos, siendo arrieros y comerciantes, con una visión más que favorecida entrevieron desde Huachinango las barras de plata de las empresas mineras, el ferrocarril, los derechos de tierras del telégrafo, los de paso de comunicación de las diligencias, y sobre todo los de las líneas de electrificación de la planta de generación de la presa y río Necaxa a la Ciudad de México. “Pero si es claro”, dijo la ancianilla, “todo en contubernio con empresarios aviadores, mineros, hacendados pulqueros nuevos ricos nacidos en el Virreinato gachupín, esa trinca escaló y detentó el poder político y económico de Hidalgo amparada por diputados, todos porfiristas, tan cínicos los serranos que ya tenían hasta escriturada la mayor parte del sur del territorio del mineral de Pachuca”.
Sobreponiéndose a sus memorias, de la antigua plaza Real de Mercaderes con gran orgullo y saber la viejilla indicaba a los pelones las vendimias y las diferentes mercancías donde se daban cita todo tipo y origen de marchantes, daba señas de nombres de vendedoras y el lugar en el piso de sus mercaderías, más parecía una exhibición de museo que un mercado callejero. A esos de olores intensos la anciana les llamaba hierbas de ayates de herbolarias, en susurro decía “son las brujas”, colocaban bien extendidos varios ayates tejidos finamente de ixtle empalmados con un delgado hilo de maguey muy limpios luciendo la variedad y riqueza de sus mercancías, los marchantes podían comprar, conseguir, desde delicadas velas de cera para los santos y la Virgen como también las toscas candelas de cebo para alumbrarse en las cuarterías de vecindades en las noches frías y tormentosas, sustituían a los hachones de algodón que “ajuman” mucho, ahí encontraba panochas de pilón, mancuernas, manzanilla, nastuerzo, adormiladeras, hermosísimas y coloridas cortadas o en maceta flores de amapola, azucenas, cedrón, manzanilla, té de limón, hojas de naranjo, cuernos de ciervo para protección del mal de ojo a los niños, rondinelas para las chinguiñas, piedras de hormiguero para debajo de la cama, raíz para el empacho.
Las mujeres expertas ahí daban sus consultas, recetaban y ofrecían el remedio; tlapahuitle machacado con vinagre en molcajete y untado en la cabeza por 24 horas para las manchas de todo el cuerpo y la hidropesía, raíz de cocoztomatl seco molido a metate revuelto con clara de huevo tomando un jarro como agua de tiempo antes de los alimentos durante 13 días para los dolores de riñón. Para los niños con dolor de barriga que no quieren mamar, vomitan y de fuertes temperaturas, sudor y calosfríos las hojas de tlapatli frotadas con las manos calientitas se ponen en la barriga con una friega de caña o aguardiente de la sierra, se tapa bien. De lo pedido en voz baja, las flores de blanchorne para las mujeres.
Podíanse ver en otros puestos o ahí mismo lagartijas, tarántulas para jarabe, lombrices para el óleum-supertorum, camaleones, víboras de cascabel, el hermosísimo caxuchitl y el tlixochilt o flor de fuego, también conocida como flor negra. Para los chamacos que tenían el mal de espanto o el empacho recomendados chorros de leche tibia del pezón grande y negro de la nana por toda la cara de dos o tres pasadas por narices, ojos boca y orejas que lo hacían resollar al escuincle o piltoncle.

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