El fundamentalismo presidencialista en el que nos mantuvieron durante muchas décadas nos forjó esa mentalidad de percibir súper poderes en las figuras de los Ejecutivos municipales, estatales o el de la República.

Padecemos una mentalidad presidencialista que tardaremos un buen tiempo en desecharla. Por lo pronto, ya se inició con el debate si sigue siendo el presidente en turno el todopoderoso.

Obrador dice que eso es cosa del pasado, y muchos le creemos, pero vemos que los gobernadores priistas, sin hacer tanto ruido y como fieles engendros del presidencialismo de antaño, acuden al llamado supremo y se adhieren a las políticas públicas recién estructuradas para la atención a la salud de los mexicanos.

Muchos nos congratulamos al ver un acto tan civilizado y porque esa es o era la costumbre. Los priistas callados, pero los perseguidores de cosas y actitudes nuevas dentro de este nuevo régimen, se mofaron de esos gobernadores, cuya primer gran obligación era la de presentar argumentos y evidencias para defender al desplazado esquema creado por ellos y los panistas, y cuya herencia era muy difícil de defender, pues los fantasmas de las corruptelas desmedidas en sus respectivos estados mataban cualquier argumento opositor.

No lo hicieron y en automático dejaron solos a los gobernadores panistas, como una primer gran señal de que los tricolores solo aprendieron a estar con el que manda, y de opositores nada tienen ni han tenido nunca.

El episodio que tuvo mayor dramatismo lo desarrollaron los gobernadores panistas, si partimos en reconocer que en sus respectivas entidades gobernadas es en donde menos quejas se presentaban, o sea, que podemos creer que se robaron menos dinero para la salud que los mandatos priistas.

Por ejemplo, en Querétaro un alto porcentaje de la ciudadanía está satisfecho por la atención que les brindan en los hospitales públicos. Y de entrada ese era un argumento de peso como para no haber terminado en el ridículo que hicieron ante la nación, primero diciendo que no se adherían y luego que siempre sí.

Pero veámoslo, no como el ejercicio del poder presidencial de Andrés Manuel, sino como un acto civilizado y de anteponer el interés nacional antes que su color partidista. Y lo mejor de todo, es que no habrá pretexto para que el naciente instituto obradorista, para la atención a la salud, fracase. Ya está en los hombros de todos los actores políticos y el ciudadano seguirá, como siempre, aportando sus impuestos y sin pellizcos ni compras “infladas” o pedidas de cheques en los mismos escritorios, o que se les olvida comprar vacunas, o que los nosocomios los tardan 15 años para construir y otros tantos para hacerlos medio operar.

Cómo en el estado de Hidalgo.

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