El poeta de Tula

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Xochicalli Isabel Chávez de Llano*

La primera vez que lo vi estaba en el atrio de la catedral. Las campanas repicaban para llamar a la gente a misa y él estaba sentado bajo la sombra del enorme sauce llorón del claustro. Tenía la hermosa capacidad de perderse en la multitud, no todo el mundo se percataba de su presencia, pero si uno se detenía un poco, podía verlo. Cuando me refiero a que uno debía detenerse para verlo, no me refiero a sentarse, no señor, me refiero a dejar las prisas, el ajetreo de la vida y observar, solo observar y entonces él aparece como un ser que viene de otro tiempo, más despacio, más lento. Así que uno debe bajar el ritmo para que este hombre no pase desapercibido.

El día que me sucedió esto estaba muy agobiado, acelerado y embotado por tanto trabajo y todos los cambios que estaban sucediendo en mi vida. Así que ese día sin quererlo, más bien como una necesidad que mi cuerpo reclamaba, hice un alto y fue cuando lo vi.

Era un hombre de estatura baja, cabello largo, recogido en una cola de caballo, patillas largas y amplias entradas en la frente. Pero su físico no era lo que llamaba la atención, sino su aspecto.

Vestía un traje negro ya muy gastado, pero él lo portaba con mucha dignidad, lo cual lo distinguía. Haciéndole juego llevaba un sombrero de copa con la tela tan diluida por el tiempo y por el clima que parecía un vagabundo. De complemento llevaba un paraguas igual de viejo que a falta de funda se detenía con un mecate, este artefacto era también usado como bastón de catrín y bajo el brazo llevaba un enorme portafolio de piel, ya descocido y desgastado, pero remendado una y otra vez, y aun así roto de nuevo.

Dentro del portafolio había una inmensa cantidad de papeles, unos arrugados y amarillentos, mientras que otros tenían la tinta fresca. Este portafolio negro era resguardado por él como un gran y maravilloso tesoro, lo llevaba bajo el brazo y no lo soltaba; ya no podía tomarlo por el asa, pues hacía tiempo que se había roto. Sin duda este personaje tan peculiar parecía sacado del siglo antepasado.

Seguramente al igual que yo, querido lector, tienes curiosidad por saber qué contenían esos papeles tan bien resguardados en ese místico portafolio. Debía averiguarlo, así que me atreví a acercarme, al principio dudé un poco, pero era tanta mi curiosidad que al estar frente a él, de manera repentina, brotaron las palabras de mi boca.

–¿De qué son esos papeles?–, pregunté como si nada. El hombrecillo volteó muy despacio a verme y con sus ojos vivarachos me escudriñó. Tal vez pensaba si estaría yo preparado para comprender la respuesta a mi pregunta. Y creo que me vio algo de potencial, porque sin titubear me contestó:

–Todos los días, cuando está a punto de meterse el Sol, tomo pluma, papel y tinta para escribir aquello que despertó una emoción en mi pecho, lo que provocó una lágrima en mis ojos, lo que frunció más mi ceño o la angustia que surcó otra arruga en mi rostro.
Cuando escuché esto pensé que el hombre estaba completamente chiflado, pues ¿quién se pone a escribir todos sus sentimientos en papeles sueltos y luego los carga como un gran archivo de sí mismo?

–Es absurdo–, le dije. –¿Desde cuándo hace eso?
Esbozó una leve mueca que parecía una sonrisa, pero ahora que lo rememoro, no sabría decir qué fue.

–Lo hago desde que sufrí una alegría tan grande que no la pude contener en el pecho.

–¿Sufrir una alegría?–, protesté.

–¡Claro! Cuando el corazón revienta hinchado de alegría, en verdad es muy doloroso. Los sentimientos en general son una carga que no todos somos capaces de llevar. Algunos sufren toda su vida llevando sus emociones a cuestas; otros son tan simples y banales que no se han dado cuenta siquiera de sus sentimientos, y otros como yo, que un día debemos liberar nuestro espíritu de esa carga tan enorme que nos aplasta y sucumbe. Entonces dejamos de cargar todo eso en el alma y comienza a cargarlo el cuerpo. Es en verdad todo un martirio para el ser humano, pues sin sus emociones no vive y con ellas se desvive.

Pues al ser creados a imagen y semejanza del gran arquitecto del Universo, estamos condenados a cargar con nuestros sentimientos de una u otra forma. Miserables somos los hombres que parecemos y nos creemos dioses, pero no lo somos y este –dijo señalando el montón de papeles– es el precio que pagamos.

En ese momento dejó a un lado su portafolio y su bastón hecho de paraguas. Se estiró, parecía que sus dedos tocarían el cielo, y un largo y melancólico suspiro salió de su garganta, para después convertirse en un relajado bostezo.

–Bueno mi amigo, tengo que seguir, fue un placer.

Se despidió y lo vi alejarse con el mayor desenfado y con una inmensa paz reflejada en el rostro; su postura era encorvada y caminaba con mucho cansancio, como si este se hubiera acumulado en su osamenta a través de los años, ya que, efectivamente su cuerpo cargaba con todas sus emociones.

Pero su alma estaba tan libre como la de cualquier ave, que surcando el cielo crepuscular va al encuentro infinito y divino con el Sol.

Me quedé mirando al hombrecillo hasta que este desapareció de mi vista, me erguí lo más que pude, decidí reconciliar mi alma y fue entonces cuando yo también decidí escribir.

*Licenciada en literatura dramática y teatro, docente de la Escuela Superior de Tepeji del Río de la UAEH y promotora de la lectura.

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