“Todos los mexicanos queremos ser de izquierda, hasta los de derecha”, escribió el sociólogo y exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Pablo González Casanova.

Ser liberal significa, entre otras cosas, o al menos eso se propone, la defensa del Estado laico, la división del poder público, elecciones libres, los derechos humanos, los límites del poder, la transparencia y la rendición de cuentas. El liberalismo, como el neoliberalismo, se nutre de una visión-modelo tanto ideológica como económica. En su texto clásico La disputa por la nación, Rolando Cordera y Carlos Tello llevan al lector a una conclusión indispensable: la contradicción fundamental ya no es entre neoliberalismo y desarrollo económico, entre izquierda y derecha, sino el conflicto entre democracia liberal y populismo autoritario, en términos económicos: hacia la búsqueda de la igualdad.

Sobre este tema, el presidente de México Andrés Manuel López Obrador en su discurso de toma de posesión realizó un diagnóstico del modelo de crecimiento, enfatizando el crecimiento desde la era cardenista hasta López Portillo. En promedio, durante esos años, se alcanzó un crecimiento de más del 6 por ciento anual con estabilidad de precios. Sin embargo, para amplificar este diagnóstico y construir una narrativa más puntual y plural es necesario revisar la serie Historia mínima de El Colegio de México, dedicada a la Guerra Fría en América Latina. Ese enfoque propone pensar en la Guerra Fría latinoamericana como un periodo compacto, entre 1946 y 1991, en el que las pautas del mundo bipolar marcaron de manera específica la circunstancia hemisférica.

De acuerdo con los autores Kyle Longley, Daniela Spenser, Greg Grandin, Tanya Harmer, Vanni Pettiná, entre otros, la primera etapa de 10 años, hasta el golpe de Estado de la CIA contra Jacobo Árbenz en 1954, en Guatemala, se caracterizó por el predominio de la izquierda populista y el avance en procesos de democratización.

La segunda fase, entre el triunfo de la Revolución cubana y 1968, considera la balcanización de las izquierdas, teniendo como referencia ideológica el marxismo, la lucha armada que seduce con estribillos huecos: patria o muerte, hasta la victoria siempre.

La tercera etapa incluye la década de 1970 con el socialismo soviético constituido como institución referencial, este espíritu fortaleció el triunfo democrático de Salvador Allende. En esa década también se consolidaron y expandieron las dictaduras en el Cono Sur apoyadas por el gobierno de Washington.

La cuarta y última fase, de acuerdo con los autores citados, se enmarca en la década de 1980, el triunfo de la revolución sandinista, la violencia civil en Centroamérica, “del arranque de las transiciones democráticas en el Cono Sur y de la crisis del socialismo real en Europa del este… Fue aquella la década de la reorientación definitiva de la izquierda latinoamericana hacia la democracia y la primera avanzada de las políticas económicas neoliberales en la región”. Es en ese contexto, considera Pettiná, el autoritarismo civil mexicano tuvo como trasfondo la Guerra Fría.

El populismo autoritario en México tiene explicaciones endógenas y exógenas, y desde luego un marco conceptual y económico específico. En 2018, con una sociedad plural y participativa (el 60 por ciento de la población votó el primero de julio), con una economía de mercado abierta, con el Estado de Derecho como aspiración y compromiso fundamental, ¿México puede volver al populismo autoritario?

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