Por qué y quiénes ayudaron oficiosamente y alimentados por rencores y enojos personales a que el PRI perdiera la presidencia de la República?

Tanto se ha conjeturado y poco se ha sustentado respecto de las reales causas por las que Enrique Peña Nieto, un exitoso político, por lo menos así se vendió desde su campaña por el gobierno del Estado de México y luego en pos de la presidencia de la República, hizo todo lo posible por perder la elección del primero de julio de 2018 y ceder el máximo cargo de elección popular del país al principal contrincante que tuvo a lo largo de su administración.

Arrancó su gestión sustentado en una convicción que se convirtió en mentís, con aquello de que el presidente de la República no tiene amigos, un mensaje que se consideró como crítica a su antecesor Felipe Calderón Hinojosa, cuyo equipo en las áreas clave estuvo integrado por amigos personales e incluso con personajes que lo lisonjearon y llevaron a sostener una guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado, perdida de antemano.

Pero…

¿Por qué la insistencia de quitar color y nombre al Partido Revolucionario Institucional? ¿Por qué Enrique Peña Nieto propuso desaparecer siglas y hasta modo de andar al tricolor?
¿Por qué el llamado jefe máximo el PRI –sexenal, por supuesto– designó a Enrique Ochoa en la dirigencia e inclinó la balanza en la nominación a la presidencia de la República a José Antonio Meade Kuribreña, quien carecía de militancia y, más allá de sus virtudes humanas y profesionales, estaba ayuno de experiencia en campañas por cargos de elección popular?
La prohijada versión es que el Revolucionario Institucional está en la ruta de sus exequias, ninguneado y minimizado en el Congreso de la Unión, hoy bajo control de quienes tienen raíces tricolores o se alimentaron de aquellos priistas distinguidos, despreciados y desplazados por los entonces dueños del partido, en 1987.

Y es que, la unción de Claudia Ruiz Massieu Salinas como dirigente nacional del PRI, por el tiempo que resta a la gestión de la que se despidió Manlio Fabio Beltrones, porque las condiciones le eran adversas desde Los Pinos, es solo parte de un esquema de sobrevivencia, carente de proyecto al corto y mediano plazo que posibilite la reagrupación del priismo rumbo a las elecciones intermedias, dentro de tres años, justo cuando la administración de Andrés Manuel López Obrador esté en el punto medio de la evaluación popular.

Por supuesto, el licenciado López Obrador no tiene en su agenda dejar el cargo merced a una consulta popular, porque todo el mundo sabe, y se comprobó cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México, que moverá los hilos para, a mano alzada y en Zócalo capitalino, pedir a sus huestes que decidan si se va o se queda.

En fin, el punto es que seguramente Claudia Ruiz Massieu debe estar enterada de lo que se dijo y planteó en la reunión-comida celebrada a puerta cerrada y por invitación hace unos días en un salón de la Hacienda de los Morales, a la que asistieron exdiputados federales priistas e incluso un gobernador, por lo menos, además de políticos que mantienen firme su convicción y militancia en el PRI.

La dirigente del comité ejecutivo nacional (CEN) del PRI, en consecuencia, debe estar más que preocupada por la tarea que se le viene encima. Y no tanto porque ella esté en la posición de encabezar a lo que es, formal y sin medias tintas, el retorno del PRI que fue echado del partido, en algunos casos literalmente, por Enrique Ochoa Reza, y arrinconado cuando no ninguneado por quienes, con el aval del presidente Peña Nieto, hicieron y deshicieron listas de candidatos a cargos de elección popular.

Hubo gobernadores priistas que despreciaron carreras y arraigos, liderazgos populares, y negaron la nominación incluso contra el ordenamiento legal de la paridad de género. Y con amenazas y mentadas de madre, echaron del partido a legisladores que hoy alimentan a la mayoría de Morena en el Congreso de la Unión.

Pero, qué se dijo en esa reunión privada de exdiputados federales del PRI. Hubo una severa autocrítica y, elemental, crítica y denuncia de aquellos personajes que operaron en contra del candidato presidencial, sin reparar en lo que hacían contra el partido que los encumbró y llevó a las posiciones que aún ocupan.

Se sostuvo que fueron gobernadores, funcionarios públicos federales de primer y segundo nivel, jefes de departamento, dirigentes del partido en varias entidades de la República, legisladores supuestamente responsabilizados de hacer campaña en su distrito a favor de Meade, quienes traicionaron al partido, más que al candidato que no fue de su agrado; que negaron seguir sometidos a una dirigencia sin clase, a atender solicitudes de un equipo de campaña falto de brújula, supuestamente experto en materia de propaganda, que consumió con largueza los dineros destinados a impulsar al aspirante presidencial.

A los traidores y desleales, se dijo en la reunión, los tienen identificados. No se mencionó nombre alguno, pero por las características de lo que se dijo, fue como elaborar un retrato hablado de estos personajes que, en público, se declaraban priistas y simpatizantes de Meade, a prueba de todo y con la oferta de hacer campaña a su favor para cerrar el paso a Andrés Manuel López Obrador, cuando en privado operaban a favor de este.

Por supuesto, hubo quienes hartos de Ochoa Reza y luego sin ánimo de seguir a René Juárez Cisneros, optaron por echarse a los brazos de Morena; y en la reunión se reconoció a quienes manifestaron abiertamente ese ánimo, pero se descalificó a aquellos que simple y llanamente traicionaron al partido.

El resultado de esa reunión privada, en la que se cerraron filas en torno a quien consideran líder y con suficiente calidad moral para encabezar este retorno del PRI, cuyo reagrupamiento con priistas de verdad, convencidos y despojados del priismo vergonzante y desleal, ha sido puesto en marcha.

Claudia Ruiz Massieu está en la oportunidad dorada de despojarse de padrinazgos y asumir realmente la dirigencia, que no liderazgo, del partido, para encontrarse con este grupo sólido y de vasta y demostrada convicción priista, que está decidido a ponerse al frente en una cruzada que, asumieron como prioritaria, de ganar en la elección intermedia de 2021.

Y en esta tarea está a prueba la lealtad de diputados federales y senadores que llegaron al cargo porque se presumen priistas; se duda que haya compromiso de los gobernadores tricolores, más interesados en sacarse la selfie con ya saben quién. ¿Está desahuciado el PRI? Digo.

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