Diez de la mañana: en la mano, una taza de café recién molido y frente a él, la computadora donde se despliegan las cifras del programa social para prevenir la violencia de género.
Repasa cada cartel y deletrea las frases: “Ni un golpe más”, “Si te pega no te ama”, “No te resbalaste, denuncia” y otros lugares comunes rematados con fotografías efectistas de mujeres de todas las edades con los ojos morados, las mejillas enrojecidas, los brazos marcados.
“¿Y qué si ella lo quiere?”, se pregunta mientras las imágenes de su matrimonio suceden en lugar del programa. Recuerda la primera noche, llegó cansado tras discutir el presupuesto durante más de cinco horas consecutivas. En la penumbra de la sala se encontraba su esposa, las gemelas dormían en la habitación y el rumor de una música de cuna confería a la escena un tinte ominoso. Ella se levantó y le dijo:
—Eres mierda, pobrecito de ti, cuando tu padre murió también se llevó tu poquita hombría.
Las palabras lo recibieron como una oleada de clavos, solo atinó a encender la lámpara de piso y una luz rojiza iluminó la sala y los ojos ebrios de su mujer, ella sostenía la copa de vino.
—Estás borracha —dijo a manera de conclusión y se encaminó a la cocina.
—Eres basura —remató tambaleante detrás de él—, vales tan poquito.
Sin darle tiempo de encender la luz, ella arrojó la copa que dejó en el mosaico blanco esa marca bermellón y se abalanzó sobre él, enterrándole las uñas en el rostro. Él reaccionó con torpeza, apenas pudo sujetarla de los brazos.
—Tranquila, tranquila, ¿qué pasa?
Ella continuó masticando ofensas y cuando se vio cautiva solo atinó a escupirle el rostro: “pobre imbécil, no salvaste ni a tu madre, se te murió en el carro, no pudiste ni llegar al hospital”, la efervescencia de las palabras lo comenzaba a trastornar. Hasta ese momento él levantó el brazo y le estrelló en el rostro una bofetada, la percusión de los dientes al estrellarse retumbó. Ella acarició su mejilla, calló, se enderezó y con pasos trémulos salió de la cocina.
—Cuando termines de cenar te espero en la cama —dijo desde la puerta mientras él miraba su mano.
Durante días la escena lo confundió, su mujer no mencionó el tema. Cubrió con maquillaje los dedos enrojecidos que después tomaron un tono azul. Por la noche, cuando ella se quitaba el maquillaje, él sentía vergüenza, pero el cariño de ella, sus palabras tiernas, el listado de actos pueriles que las gemelas habían realizado ese día, enterraron esa noche absurda.
Pasaron muchos meses hasta que una escena semejante lo sorprendió en casa: insultos, un golpe, ella tierna y la vida continuaba. Cada vez era más frecuente la dinámica. Él buscaba pretextos para llegar muy noche y encontrarla dormida. Pensó que su mujer buscaba peleas terrible para encontrar esos golpes y después llegaba la felicidad: postales familiares en el parque, las vacaciones, los helados de dos bolas. En él crecía el malestar, una resaca agria que tardaba en desaparecer, la culpa agolpada en la garganta y los terrores nocturnos, cuando intentaba dormir veía la escena de su mujer con el cuello roto yaciendo entre sus manos, la policía irrumpiendo en la casa y las niñas llorando confundidas.
Su deterioro inició con la comida, se negaba a comer lo que ella preparaba porque las escenas de violencia venían acompañadas de cenas deliciosas. Comía platos grasosos y condimentados afuera de la oficina, su peso aumentó en poco tiempo. Entonces llegó la angustia que lo paralizaba en ciertos momentos del día, muchas veces se encontró llorando a media mañana, comenzó a fumar un cigarro tras otro, algunas tardes las pasaba en el centro comercial eligiendo juguetes para las niñas y joyas para su mujer. Él no quería golpearla, no deseaba golpearla, él amaba a su esposa, a esa mujer que conoció en la universidad y con quien había construido todo lo que era.
El parpadeo del monitor lo regresa a la mañana, un sonido anuncia la llegada del nuevo correo electrónico, descarga los carteles aprobados por los diputados: mujeres (ojos y boca tristes, pelo revuelto) muestran el golpe de manera lastimera, ellas vestidas de negro en un fondo negro y el rostro descompuesto como escena central, abajo la frase: “Prisión a los golpeadores”.
Mira su café que comienza a enfriarse, saca del archivero la botella de ron que aguarda estos momentos, vierte un poco y escribe el primer correo de la mañana, donde solicita a su secretaria que invite a todas las instancias gubernamentales y privadas a la presentación del programa social para prevenir la violencia de género. Apura un trago muy grande del café, su aliento es un reclamo de su hígado, una mezcla de putrefacción y hez. Se pregunta, ¿y qué si ella lo necesita?

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.