En uno de esos renglones perdidos de la historia, Carlo Ginzburg en su oficio de historiógrafo descubrió el material de archivo que le sirvió para documentar el caso del molinero incinerado por la santa inquisición, cuyo análisis detallado lo instaló entre las leyendas de las ciencias sociales.

Todavía hoy no existen las herramientas ni una explicación moderada por alguna disciplina para dar una evaluación pormenorizada de lo que sucedió con Menocchio, pero gracias al estudio de Ginzburg hoy sabemos que el episodio no es producto de la ficción y se trata de uno de los ejemplos más claros de lo que hoy se conoce como “salto epistemológico”.

Doscientos años después del renacimiento, Domenico Scandella, alias Menocchio, fue acusado por el santo oficio de posesión demoníaca y se le llevó a la hoguera para purgar una condena por lo que se consideraba una aberración, ya que el propio Menocchio, incluso desde las flamas donde se le quitó la vida, decía que las cosas que le llegaban a la cabeza no eran producto de su voluntad, le llegaban de afuera y no tenía la culpa de nada, era un hombre piadoso ajeno a los oficios de la brujería y el satanismo.

Subtitulado “El cosmos de un molinero del siglo XVI”, Ginzburg emprende un análisis de archivo digno de ser leído con ojos escrupulosos. Scandella era conocido por sus vecinos y familiares como un hombre fanfarrón, sociable y hasta cierto punto hablador, pero un miembro estimado de su comunidad.

Sin que haya el más elemental aspecto sobrenatural, científico, meteorológico o de la naturaleza que sea, considerado en un registro por demás meticuloso, de Menocchio se dice que empezó a presentar un habla más compleja, sus ideas se volvían más y más elaboradas hasta que su abstracción se transformó en un plano subjetivo con naturaleza propia, cuya definición más aproximada sería la de un “astrónomo lírico”, sin el ejercicio científico de la época ni el respaldo institucional de su tiempo.

Menocchio empezó a hablar de lo que pensaba y sus conclusiones, a pesar de que no tenía bases documentales ni la enseñanza académica no estaba tan equivocado; pero el molinero hablaba con metáforas para expresarse acerca de problemas que los estudiosos habían analizado durante años de una vida para presentar conclusiones líricas muy pertinentes.

Scandella llegó hasta un punto en el que coincidía con Copérnico y Galileo Galilei, pero sin haber tomado en sus manos un telescopio ni saber de las cartografías de la bóveda celeste, menos aún de las bases más elementales de la física y las matemáticas. No pasó demasiado tiempo cuando empezó a relatar su versión del cosmos y la iglesia local reportó el fenómeno que se convirtió en la desgracia del molinero.

Durante años se ha hablado de los despertares espontáneos de algunas personas que llevaban una vida rutinaria y apacible hasta que de la nada se descubrieron poseedores de habilidades cognitivas que no estaban conectadas en modo alguno con su historia de vida, un árbol genealógico oculto, el consumo de un fármaco o algo ajeno a su devenir diario. Simple y sencillamente iniciaron una vida bajo la mirada de procesos de pensamiento ampliados, desde los que, cuando fueron descubiertos por observadores, sus capacidades se convirtieron en objetos de estudio y modelos de una pregunta: ¿de verdad se entiende cómo funcionan mente y cerebro? Por desgracia para Menocchio, fue un verdadero genio adelantado a su tiempo en condiciones por completo adversas. Constituye la primera prueba documental de algo que se ha presentado muchas veces después de él, que ha sido detectado con el uso de baterías de pruebas y capacitación para descubrir ese mismo fenómeno que a veces se da en forma espontánea e impredecible.

Gracias a que la historia de Menocchio se publicó por primera vez en 1976, la novedad ha pasado un poco de moda, pero todavía se le recuerda con el recelo de lo que puede surgir y muy bien se encontraría en cualquier parte, pero compositores como Nau Aletheia le han dedicado a ese fabuloso anónimo a quien Ginzburg hizo justicia.

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