I

La realidad debe ser ficcionada para ser pensada, escribe Jacques Rancière. Aunque el filósofo francés se refiere, probablemente, a otro tipo de oposiciones más complejas y menos obvias, el descubrimiento de esa frase me permitió reflexionar, por ejemplo, las tensiones entre el arte, el poder y la violencia objetiva –es decir, visible– que aterroriza a nuestro país desde hace cerca de 12 años.

En muchos espacios he hablado de esas relaciones y del papel importante que juega la estetización de la violencia (es decir, los procesos mediante los cuales se convierte en un discurso, una narración, con intención estética, en propuestas como las de Teresa Margolles o Pedro Reyes, o en las novelas de Fernanda Melchor o Yuri Herrera) ante un estilo de discurso oficial en el que no pasa nada o, en todo caso, en el que todo sucede en el abstracto y siempre manipulable mundo de las cifras.

Ahí donde el poder propone una realidad atroz cifrada en estadísticas y gráficas, el arte, mediante sus procesos de ficcionalización y estetización, pone en escena, en un espacio seguro y de reflexión, a víctimas y victimarios, y propone una realidad “alterna” donde las cosas más terribles suceden humanizadas: encuadradas y dispuestas en un discurso que busca nuestra reacción directa: espanto, compasión, ira, tristeza. Y resulta interesante que la realidad propuesta en ese universo ficcional o estético sea más real que la realidad como la entendemos y experimentamos día a día. Eso, que resulta tautológico en un primer acercamiento, no es otra cosa más que lo siguiente: la experiencia del otro, terrible, acercada a la nuestra –aún intocada de forma directa, afortunadamente, por las manos de la violencia– mediante la ficción o la propuesta estética del arte y la literatura. Y en el terrible caso de que hayamos sufrido directamente el embate de la violencia, el ejercicio de ficcionalización nos da un estilo de voz y rostro que se opone a esa abstracción numérica en la que se convierten las víctimas en el discurso oficial.

Ese enfrentamiento entre realidad-ficción y realidad-real es necesario en un momento en el que los procesos políticos polarizan las visiones y posturas de la sociedad. El arte tiende a humanizar, es decir, a ponerle (un) “sentimiento” a la atrocidad (y no se lea eso como una degradación discursiva), acción que nos acerca, al menos un poco, a la experiencia de la víctima, del victimario, del otro… lo que nos facilita, en todo caso, ser más analíticos, críticos y empáticos. Ahí, pues, la necesidad de la ficción, la función del arte en tiempos convulsos.

Y es que resulta más seguro analizar los límites de una propuesta ficcional, por compleja que sea, que acercarse un poco a esa realidad que nos resultaría, de entrada, peligrosa. Además, el arte mueve sus propuestas de forma vertical, tendiendo un puente entre las esferas aparentemente privilegiadas de sus circuitos de exhibición, y las bases de una sociedad que reclama justicia y soluciones contundentes que impacten su realidad y no solo las gráficas que todo lo abstraen en el discurso del poder.

II

Pero la operación, obviamente, también funciona en sentido contrario: los mismos procesos que nos acercan a la reflexión subjetiva de la experiencia del otro, que vuelven sensible lo que el discurso oficial oculta tras cifras y “datos”, sirven también para humanizar al poderoso y sus mecanismos de opresión y obliteración de la subalternidad.

La realidad debe ser ficcionada para ser pensada. No es gratuito que estemos, ahora, ante un bombardeo de posturas que, mediante la ficción de la serie o la falsa ficción del documental, intentan legitimar ciertas fuerzas políticas que creíamos ya desacreditadas. Justo cuando se veía imposible el retorno del PRI en su esencia, nombre y circunstancia, pues su debacle no fue solo en la realidad electoral, sino en ese universo narrativo de series que lo asociaron directamente con el narco y la impunidad imaginarios de “El señor de los cielos” o con el narco y la corrupción reales de el Chapo o narcos, ahora parecemos disfrutar de una contraofensiva en la que, mediante el mismo mecanismo narrativo, intenta levantarlo de las ruinas mediante la canonización, democrática e inmaculada, de uno de sus autoproclamados mártires: Colosio: producto, según la propuesta narrativa –y, por lo tanto, ficcional– de Netflix, de su propio esfuerzo, víctima de sus ideales incorruptibles, visionario de la democracia y de la caída del PRI, un boy scout que quería hacer cosas buenas, etcétera.

No hay nada que pueda consolidar a un rey más que una buena historia. Algo así dijo Tyrion en el último capítulo de “Game of thrones”. El PRI ya se había tardado en sacarle algo más que nombres de avenidas, colonias y bulevares al que, según, hubiese sido el mejor presidente de México. Ya encontraron su historia y sus aliados: discurso y ficción para refundar y repensar su atroz esencia y realidad. Ave Fénix.

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