Volvían de donde Pablo y María en silencio, como si les hubiera comido la lengua el gato. Era un silencio denso, de respiraciones profundas que no se seguían de palabras. Las miradas se desviaban hacia la noche. Los faroles emitían rayos amarillos que al mezclarse con los muros estallaban en formas multicolores.
M conducía lentamente, tomándose su tiempo en la inmensidad de su pensamiento. K, sentado a su derecha, dormitaba entre el paisaje inexistente de su mente y el transitar de su mirada hacia la nada.
Ninguno de los dos tomó más de una copa de vino blanco y no probaron los licores que les ofrecieron. No habían fumado tampoco y apenas probaron los canapés. Su hablar en la reunión de los dos matrimonios fue parsimonioso y escaso. Una auténtica decepción para sus anfitriones que se esforzaron para agasajar a sus amigos y que esperaban tanto de aquella reunión preparada con esmero.
¿Por qué, se preguntaban, se aburrieron? La verdad es que todo empezó mal desde el principio, ya que ninguno de los dos sentía la necesidad de ir, pero las palabras soltadas al azar por la mujer y el sentimiento afirmativo hacia ella del hombre los orilló a aquel pequeño desastre que vivieron, y que aún estaban viviendo en esos momentos de apatía silenciosa.
Entonces se mintieron el uno al otro: “¿Qué te pareció?”, preguntó M. Fueron sus primeras palabras. Una duda que intentaba afirmarse en la versión de K. Se trataba, en el fondo, de obtener una versión diferente, positiva, que fuera una afirmación de la decisión que ella había tomado sin pensar y por fastidiar a su marido, y que ahora se le revolvía como palomita en horno de microondas.
Su marido tardó una eternidad en contestar, masticaba sus pensamientos uno a uno y luego los estrujaba para volver a empezar, con una rutina interminable de creación-destrucción que le cansaba enormemente. Finalmente dijo lo contrario de lo que quería decir: “Me lo pasé muy bien. Pablo y María son encantadores”.
M no le creyó ni una palabra, sonaron en sus oídos falsas de la primera a la última. No comentó nada al respecto. Le convenía aquella mentira, la afirmaba en el acierto de su propuesta y lo vivido tomaba un cariz distinto a lo realmente sucedido. Ahora estaba convencida de que se lo pasaron muy bien y que todo fue agradable y mullidamente confortable. “¡Qué bien!”, salió de su boca. Su marido intentó ocultar su espanto mientras se recriminaba por no decir la verdad. De nuevo cobarde ante ella. No aflojaba su atadura sentimental y todo era un sí para afirmarla y un no hacia su propia constitución independiente.
Se hizo evidente otra de tantas separaciones mínimas que se iban acumulando en la rutina de la convivencia. Ambos fueron conscientes de ello e intentaron eliminarla cuanto antes. Se sonrieron con una sonrisa abierta y cansada.
“¿Falta mucho para llegar?”, preguntó él para desviar la atención del pensamiento de huida que empezaba a zumbarle machaconamente. “Poco”, respondió ella lacónicamente mientas se colocaba el pelo hacia atrás con un movimiento instintivo de su mano derecha.
K se quedó viendo aquel movimiento, aquel repliegue del cabello que de forma precisa originaban los dedos finos y alargados de su mujer. El gesto lo había visto repetirse miles de veces: exacto una y otra vez, sin variación alguna.
“¡Estás maravillosa!”, le dijo. Tomó su mano derecha, la misma que momentos antes realizara el gesto instintivo que a él siempre lo dejó indefenso ante ella. “No seas bobo”, le contestó con un tono cariñoso y emocionado.
La noche empezaba a ser distinta, más feliz. Abrieron las ventanillas del automóvil y una brisa de aire fresco los hizo recordar la reunión con María y Pablo de forma diferente. Esa sería la versión que perduraría.
“Yo también me lo pasé muy bien”, dijo M sin venir a cuento, creyéndolo. Ahora la mentira de su marido se borraba dando paso a una verdad: ambos se lo habían pasado estupendamente en casa de sus amigos. No había más que decir.
La mano izquierda del hombre seguía en la mano derecha de la mujer cuando llegaron a la casa y bajaron del auto. Entraron en silencio, sin encender las luces, abrazados. A oscuras entraron en la habitación. Después la noche se hizo dulce y cálida.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.