Diferencias van y vienen, generan conflictos aquí, conflictos allá. Van de lo más cotidiano de la vida hasta lo más intrincado de la vida misma, de la existencia humana. Las formas de concebir el mundo y los intereses particulares se encuentran detrás de las diferencias y de la conflictividad. No es poca cosa aceptar que más allá del igualitarismo formal lo que impera es la diferencia y la desigualdad real. En la vida cotidiana eso se expresa en la no aceptación de la existencia de los otros y su relevancia para la existencia del yo. Así, por un lado, se postula formalmente nuestra pertenencia a una sociedad, a un colectivo, por otra parte nos comportamos desconociendo esa pertenencia y actuando para colocarnos por encima de los demás.
Eso se observa en la ampliación del yo, que no reconoce los límites de su existencia. ¿En dónde encontramos el ascenso del yo por encima del nosotros? Diversos son los factores que nos han conducido a esa situación, pero en la política y los negocios encontramos una carencia extrema que nos parece crucial: la autocrítica. ¿Qué es eso, si vivimos en un mundo de perfección absoluta? ¿Cómo vamos a pensar, aún sea mínimamente, en que somos falibles y nos equivocamos? Por el contrario, de alguna forma hemos llegado al punto en que nos asumimos perfectos, que somos la perfección andante y si alguien se equivoca no será ningún yo, será el otro o los otros.
Si una persona, cualquiera, se equivoca, si ha cometido un error u omisión, serán otros los imputados por la falencia. Tendemos a ser siempre víctimas de las torpezas, equivocaciones u omisiones de los otros, aún más, de la mala fe, de la envidia de los demás. Nunca será en nuestros ámbitos de responsabilidad donde se presente, así sea remota la posibilidad, de encontrar la causa de una afectación, de la alteración de la vida de la población.
¿Por qué?, porque se nos ha dejado en claro que vivimos en un mundo de perfección, de “calidad”, tal como la literatura de autoayuda nos muestra para la vida cotidiana y a la que son tan afectos nuestros empresarios, hoy seguidores de técnicas de programación neurolingüística, de couching y un largo etcétera, que nos han conducido a reforzar el victimismo al contribuir en la autoconstrucción de súper humanos al tono de frases como: Yo soy capaz de todo, no necesito más que a mí mismo, y más.
Hoy pagamos las consecuencias de esa forma irresponsable de actuación en la carga, una vez más, que se nos impone de pagar por un producto de uso amplísimo, la gasolina. La retórica gubernamental, en sus afanes reformistas, es capaz de prometer cualquier cosa y más pronto de lo esperado girar en contrario sin el menor pudor e imputar la responsabilidad de esa situación a otros. Así ha ocurrido con la gasolina y seguirá ocurriendo con cualquier promesa, porque los importante son ellos, los políticos y sus sequitos y aliados, la población deberá seguir alimentándose del sueño del yo, de calidad, excelente e infalible que construye la propaganda.
Así, no es ninguna novedad que desde la subsecretaría de ingreso de la Secretaría de Hacienda se asevere que la responsabilidad del gasolinazo es la Cámara de Diputados por integrarlo como parte del presupuesto del egreso para este año. De esa manera, la instancia responsable de preparar ese presupuesto, niegue su responsabilidad y la ejecución de un engaño más y pasar de victimarios a víctimas.
Al final, el victimismo generalizado, practicado en primer instancia por funcionarios de todo tipo y empresarios grandes y pequeños, se traduce en la reproducción generalizada en la sociedad, al menor giro en posiciones anunciadas con bombo y platillo, “no subirán el precio de la energía eléctrica”, “no subirá el precio de la gasolina”, y de esa manera todos perdemos.

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