Julio Romano

Las múltiples tensiones en las relaciones entre padre e hijo no son cosa nueva en la literatura o el teatro: desde La odisea de Homero y Edipo rey de Sófocles, hasta La invención de la soledad de Paul Auster, el tema ha recorrido, con múltiples variantes, las páginas y los escenarios, casi ininterrumpidamente. Y a esa tradición se adhiere Los gallos salvajes, de Hugo Argüelles, que bajo el título de Gallos pone en escena Bocamina Teatral, en una versión adaptada por Abraham Chinchillas.

En un escenario sobrio con apenas un puñado de elementos escenográficos (un taburete, un cubo de agua, una cama) interactúan los tres personajes de la obra: Luciano Miranda el Gallo Rojo, cacique de un pueblo próximo a la ruralidad que podría estar en casi cualquier parte de México, interpretado por Daniel Rivera; su hijo, sobre quien pesan el legado y el nombre de su padre, encarnado por Marcos Celis; y Otoniel, una especie de chamán, brujo y consejero del Gallo Rojo que por momentos recuerda al vidente Tiresias y a quien da vida Mundo Espinoza.

La tensión se desata cuando el joven Luciano le revela a su padre que ha sido víctima de una vejación: una tortura a manos de la policía, como puede serlo, casi en cualquier momento, casi cualquier ciudadano. Pero el hijo del Gallo Rojo es intocable. El cacique (camisa roja abierta hasta la boca del estómago, cinturón con emblemas de su animal insignia, patilla y bigote perfectamente recortados, botella de tequila y pistola en mano en todo momento) jura cobrar la afrenta, pero es la que le hace a él su propio hijo, la que representará para él un verdadero reto.

A la manera del hijo pródigo, el joven Luciano regresa de la ciudad; su padre tiene la esperanza de que su hijo predilecto, aquel que lleva su nombre de entre una docena de hermanos, tome las riendas del imperio que ha construido, y lo perpetúe. Pero el hijo, ya con una visión distinta de la realidad, cuestiona las prácticas autoritarias de su padre, tanto públicas como privadas. Y en esas prácticas, el Gallo Rojo se verá obligado a reconocer aquello que siempre negó y consideró una aberración.

“Ser torturado es algo que te cambia de un tajo por dentro”, dice Luciano, el hijo, “y lo único que te sostiene es el odio”. Pero, ¿qué ocurre cuando descubre que también, durante muchos años, en el ámbito doméstico, la tortura y el abuso provinieron también de su propio padre, en quien está destinado a convertirse? ¿A dónde dirigir ese odio que lo sostiene a uno?

A pesar de algún exceso didáctico en los diálogos que explican perspectivas académicas en torno al machismo y la equidad de género, la puesta en escena fluye y, mediante los personajes, cuestiona estructuras que, en mayor o menor medida, han regido durante décadas la vida pública y privada de las sociedades rurales y urbanas de México.

Otoniel, en tanto, opera como bisagra entre la tradición y las nuevas maneras de entender las identidades en cuanto al género: conocedor de embrujos y supersticiones, también es una mente abierta y racional que entiende que el mundo cambia, y que para sobrevivir es necesario adaptarse a los nuevos escenarios.

Gallos, bajo la dirección de Daniel Rivera y la producción ejecutiva de Karime Gutiérrez, se presentará todos los viernes de agosto y el 7 de septiembre en el Foro Doble Nueve, carretera Cubitos-La Paz, kilómetro dos, a un costado del Colegio Elise Freinet. El montaje formó parte de la Muestra Estatal de Teatro Hidalgo 2016, luego de su estreno en esa versión en 2014.

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