“El rey estaba en el palacio; en el balcón de su dormitorio, con las grandes puertas acristaladas y las cortinas descorridas detrás. Al fondo: la reina acostada, respirando tranquila, metida en su camisón de seda, con lindos sueños.
“Sabía su majestad que más allá de lo que alcanzaba su vista, en un lugar muy lejano que ya no era suyo, vivían hombres libres que no tenían las ataduras que a él lo convertían en esclavo del poder. Envidiaba a esos hombres y hubiese dado cuanto poseía por ser uno de ellos.
“Eso anidaba en lo más profundo del corazón del monarca, y aunque él mismo supiera que ese era su deseo más preciado, era irrealizable por más que quisiera y su voluntad fuera inmensa. Se debía a su pueblo y no podía elegir conforme a su gusto; no por lo menos en aquello de soltar las riendas del Estado e irse al desconocido mundo de los hombres felices.
“Hizo un círculo con los dedos corazón y pulgar de ambas manos y miró a través de ellos lo que antes estuvo oteando con ojos descubiertos. El roce de los dedos con los párpados fue mágico y se sintió transportado a miles de leguas; allende tierras, ríos y mares.
“Los hombres que trabajaban en la tala de árboles lo llamaron por su nombre de pila y no se inclinaron al verlo. Eran rudos y fuertes; en sus camisas de franela sobresalían sus músculos de dimensiones imposibles.
“Se puso a trabajar con ellos. Tenía una pericia y fuerza que él mismo desconocía que tuviera. El trabajo duro sanó su espíritu. A la hora de comer vinieron unas bellas mujeres a traerles sabrosas viandas. Una se le acercó y lo besó antes de entregarle su comida. Luego se sentó su lado y comieron juntos en silencio.
“Las mujeres se fueron y el trabajo siguió durante algunas horas más. Se sentía inmensamente dichoso; sin palacio ni país, sin tener que oír a los molestos ministros hablar de política y de la próxima guerra.
“Al llegar el ocaso un brazo fuerte lo tomó del hombro y caminó junto a él con una canción hermosa en los labios. Nunca la había oído, pero le pareció tan encantadora que no pudo menos que suspirar.
“Su amigo lo dejó en la puerta de una casa. La intuición le dijo que entrara y entró. Lo recibieron con un tierno abrazo tres niñas pequeñas que le llamaron papá. La mujer de la tarde le sonrió desde la cocina. La mesa estaba puesta. Se lavó las manos. Bendijo los alimentos con una oración que apenas recordó en el momento en que salía de sus labios.
“Por la noche se acostó con la mujer. Ella lo abrazó desde la espalda y le dijo al oído palabras dulces. Era feliz como nunca lo había sido. No quería dormir, quería permanecer despierto para que este sueño no se diluyera en el otro. Al final pudo más el cansancio y se durmió.
“Estaba en el balcón del palacio viendo el horizonte a través de los círculos que formaban los dedos cordial y pulgar. Miró dentro de la habitación y vio el lujo inmenso que en ella había. Nunca se sintió tan pobre e infeliz.”
K leyó en voz alta a M lo que había escrito. Su mujer lo miró con una sonrisa en los labios, que duró un instante. No pronunció ni una sola palabra.

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