Del 7 al 10 de enero de este 2020, fue llevado a cabo en las vegas, el Consumer Electronics Show (CES), evento internacional que concentra a empresarios, científicos y tecnólogos, con el propósito de mostrar sus productos innovadores. La feria de Hannover Messe presenta los avances en la materia, como la industria 4.0 en 2011, las tecnologías de información en el Cebit, donde en 2017 se anunció la sociedad 5.0 y el Foro Económico Mundial de Davos, muestran las rutas tecnológicas que están llevando la economía de varias naciones al desarrollo.

Llama la atención, que en el reciente CES 2020, la participación de las naciones latinoamericanas, incluyendo México, fue prácticamente nula, ni empresas, ni instancias públicas, ni instituciones educativas ante la presencia de Francia, Ucrania, Italia, Suiza, Corea del Sur, China, India, Tailandia, Marruecos y Senegal entre otras que mostraron una gran variedad de productos como Rollbot de la empresa Charmin, capaz de llevar un rollo de papel higiénico al baño, sobre todo en caso de que se haya terminado o bien olvidado; también un prototipo capaz de medir y calificar la calidad del esperma que ayuda a las parejas a tomar decisiones; un robot en forma de pelota que puede generar entrenamientos personalizados o monitorear a las mascotas durante el tiempo de trabajo, mediante un Smartphone; Jennie el perro Robot diseñado para ayudar a las personas ante la soledad, ya que cuenta con sensores que le permiten reaccionar a un software de activación táctil y de voz.

Cada vez son más las naciones que están construyendo rutas hacia su desarrollo, a través de la ciencia y la tecnología, su plataforma, son nuevos modelos educativos para la construcción de nuevos conocimientos aplicables a los procesos económicos, tanto para el mercado interno, como para la exportación. Siempre buscando la generación de bienes y servicios con mayor intensidad de conocimientos.

Los avances tecnológicos son exponenciales, con una intensa transversalidad que impacta a todos los sectores de la vida y la sociedad humana y no humana, donde la conectividad gigabit global, está conectando a personas y cosas. En China el 58 por ciento de los hogares están híper-conectados; el despliegue de la tecnología quinta generación (5G), más el lanzamiento de una multitud de redes satelitales globales, permitirán las comunicaciones ubicuas, conectando a billones de dispositivos; esos procesos se integran en una mega tendencia tecnológica con la convergencia de 5G, inteligencia artificial, ciencia de los materiales, hardware y software avanzados, generándose múltiples herramientas informáticas.

En materia de salud, ni se diga, es de asombrarse por la velocidad de la generación de soluciones biotecnológicas y farmacéuticas, así como la restauración de las células madre, la manipulación vía wnt, los medicamentos senolíticos y las endovacunas, terapias a través del CRISPR/Cas9 y genéticas, la agricultura celular, autos autodirigidos, la colaboración inteligencia artificial-humano, el Internet de las cosas, fusionada a la economía instantánea de las cosas y a la economía circular, entre otros tantos desarrollos.

Todos esos progresos, no pueden materializarse a nivel industrial para llegar a los mercados, sin tener acceso a los recursos naturales necesarios para producirlos, para muestra un botón, el llamado oro blanco, es decir el litio, localizándose el 85 por ciento de su existencia en el llamado triángulo del oro blanco integrado por Argentina con el 10 por ciento, Bolivia el 50 y Chile el 25, naciones que ya crearon la organización de países exportadores de litio.

Pero también, en México contamos con ese recurso en Bacanora, Sonora, donde la empresa Bacanora Lithium ya inició un proyecto de explotación con una inversión de 420 millones de dólares que le generarán 40 por ciento de ganancias.

Con el litio se construyen baterías de diversos tipos, sentando las bases para una sociedad inalámbrica; también, se producen sales para la industria farmacéutica (carbonatos y citratos).

La disyuntiva es: o damos el salto hacia el paradigma de una economía basada en el desarrollo científico-tecnológico, para producir bienes y servicios con alto contenido de conocimiento o seguimos siendo exportadores de materias primas, reproduciendo nuestra pobreza. Sin tecnología no se crea riqueza.

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