Lejos de sentirme orgulloso por ser el primer ser humano en amartizar, hay un sentimiento que no pensé sortear: este suelo rojo bajo mis pies no está a gusto con mi presencia. Es más, nunca estuvo a gusto con el cortejo que, por años, nuestra especie protagonizó en una ambiciosa misión que trajo millares de artefactos autómatas para intentar entender sus misterios. Hoy todo eso ya no es más que chatarra cubierta de denso polvo escarlata.

Este rojo intenso bajo mis pies se estremece desde su núcleo estéril, celoso de su soledad. Bien sabe que soy nada en proporción con su majestuosa calma, pero ya predice lo que mis primeros pasos intrusos significarán para su futuro estelar. Ahora soy yo, luego dos más, luego una colonia, luego la amenaza de una multitud ansiosa por transformarlo en algo que no es.

Bien puedo hoy alzarme como el primero en llegar a Marte, pero temo que no puedo hacerlo si la fascinación es, desde mí, un gesto unilateral, mal correspondido. Porque también bien puedo pasarme por alto el detalle y hacerme del crédito y del reconocimiento. Ya lo consideré, pero… ¿dónde quedaría la legitimidad de mis méritos?

Tanto siento la furia de este rojo bajo mis pies, que a nuestro encuentro no ha hecho más que invocar la fuerza de sus vientos más violentos, para hacerme ver que las condiciones no están y jamás estarán para que sostengamos siquiera la mínima diplomacia.

Llegada la primera noche de mi impertinente visita, he esperado de pie sobre este rojo insólitamente frío, es el rojo más gélido que jamás percibí. Ahora siento que puedo colocarlo junto a los azules de mi círculo cromático. Me veo como el huésped forzoso que al no haber sido invitado a sentarse en la mesa, permanece perplejo en la entrada, impotente, sin saber qué podría detonar al mover un solo músculo.

Aún plantado sobre este rojo hostil, que apenas me tolera, solo hay algo que se me ocurre hacer, a manera de enmienda, y ya sin ánimos de excusar. Me inclino con la mejor ceremonia que sé, pongo, respetuosamente, mis rodillas sobre el rojo bajo mis pies. Me atrevo a reposar mis palmas sobre su inerte faz…

No ha estado bien, respetuoso rojo, importunar tu intimidad, darte la compañía que no has pedido, llenar tu casa con el rastro de nuestro añejo acoso. Tarde me di cuenta que soy el peor para hacer historia a tu costa. Ya no puedo revertirla, pero sí puedo ofrecerte mi más sincero tributo por todo perjuicio mío y de los míos.

Rojo de mis sueños y anhelos, rojo de mi admiración, rojo de mis vocaciones apostadas, sirva mi nave para enviar de vuelta cada gramo de monitores que golpearon tu soberanía, con un mensaje contundente a mis hermanos de no intentarlo más. Recorro cada rincón explorado en un ejercicio de expiación. Una vez terminado, corono mi oferta, enciendo motores, cierro compuertas, expulso esta mancha que por mucho tiempo te hizo mella.

Pero me quedo aquí.

No lo hago para aferrarme a tu aprecio, estoy al tanto de que no pertenezco aquí y tú tampoco me perteneces, como muchas veces me repetí. Te entrego mi osada navaja de conquistador. Aquí, sobre ti, rojo bajo mis pies, me retiro la careta de vida artificial, te regalo mi disolución.

@AlejandroGasa
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