Nasd balbuceó a ciegas su petición de drogas para mitigar el terrible dolor de cabeza, un momento des­pués le fue suministrada por la intraveno­sa de su brazo izquierdo. La reanimación muscular también le irritaba, no tanto el cosquilleo que hacía su sangre al fluir de nuevo, sino la tardanza para mover cual­quiera de sus manos para masajearse la frente.

La motricidad de su brazo derecho volvió primero, se llevó su mano a la cara para frotar sus ojos; la jaqueca comenzó a disminuir mientras recuperaba la sensibi­lidad de su cuerpo desnudo. Las agujas se desacoplaron y contrajeron en la cápsu­la de reanimación que ocupaba Nasd, lue­go la portilla convexa lo liberó de su cau­tiverio individual.

Se sentó a la orilla de la cápsula y el frío suelo de metal le sorprendió los pies. “Fecha”, pidió Nasd con la cabeza baja, más repuesto y consciente de dónde esta­ba, aunque no de cuándo. El silencio en la amplia cámara de inanimación, ilumi­nada por el blanco fluorescente que irra­diaban las 200 cápsulas ocupadas, fue la única respuesta. Nasd despertó por com­pleto, volteó hacia el techo, “nave, dame la fecha”.

Silencio.

Un ligero desasosiego le recorrió la es­pina, se desembarazó de su cápsula y ca­minó con cierta prisa por la cámara hacia el puente de la nave; al llegar a la puer­ta deslizable las luces se encendieron en azul, en color del peligro, el color de la muerte. Nasd comenzó a trotar, traspa­só la puerta abierta a su paso y tomó el primer uniforme colgado y las botas au­toajustables que encontró para cubrir su desnudez. Las luces del corredor seguían azules.

“Nave, estado”, pidió. De nuevo si­lencio.

Corrió por el largo y angosto pasillo hasta llegar al puente, una puerta se desli­zó y descubrió que todas las pantallas ti­tilaban señales azules de alarma. “Nave, ¡qué carajos…!”, Nasd no terminó la im­precación, ni necesitó ningún estado o re­porte, por el mirador opalescente principal vio que la nave acudía al encuentro con la muerte: la colisión contra un planeta.

Fue a la consola principal y la mani­puló con furia. La respuesta auditiva de la nave bloqueada, el mando inservible, las comunicaciones con la base estropeadas, aunque sería inútil mandar un mensaje, el tiempo de respuesta sería demasiado pro­longado para… la base.

Nunca creyó que fueran capaces de hacerlo. Grupos de ultraderecha se ha­bían opuesto desde el principio al proyec­to de colonización extramarciana, “Sol de nuestro planeta, oscuridad del espacio”, “si Dios hubiera querido que alcanzára­mos las estrellas hubiéramos nacido con retropropulsores”, “el Rojo es nuestro único hogar”, “no contaminemos a otras civilizaciones” y otros argumentos igual de absurdos esgrimieron estos grupos, sin embargo Nasd los creía incapaz de ser tan extremistas como para sabotear la nave y, con ella, matar a 200 de su propia raza, incluyéndolo.

La nave comenzó su contacto con la atmósfera del planeta alienígena, por el mirador principal vio cómo el casco co­menzaba a tornarse rojo por la fricción. Seguía insertando comandos en el orde­nador principal, las luces continuaban centelleando alarmadas, la reparación de la trayectoria era inútil, activó los cohetes de emergencia y…

Nada.

Nasd chorreaba sudor mientras la tur­bulencia aumentaba en un silencio mor­tal. La pantalla le indicó las órdenes aún funcionales, la reanimación de las cápsu­las era una que descartó al instante, solo daría una muerte terrible a sus ocupan­tes, si permanecían dentro les daría una oportunidad para sobrevivir al impacto, por mínima que fuera; pensó en la terri­ble fortuna que su cápsula lo despertara ante el inminente impacto, tal vez la nave pudo sortear algunas trabas del sabotaje para que él pudiera auxiliarla, “que buena suerte tengo”, se dijo.

Sus dedos eufóricos encontraron otro comando funcional: la liberación de víve­res para la colonización. Lo activó, pensan­do que los posibles supervivientes tendrían más oportunidad de hacerse con ellos tras la colisión que rescatarlos de los escombros, ya estarían bastante ocupados rescatándose a sí mismos… los que sobrevivieran.

Los suministros de supervivencia fue­ron expulsados, al momento los paracaí­das de emergencia individuales se desple­garon para un descenso menos exabrupto.

La nave era materia ígnea, trozos de ella comenzaron a desprenderse, la super­ficie alienígena fue a su encuentro. Nasd programó la reanimación de las 200 cáp­sulas para lo que calculó un minuto des­pués del impacto, que sería en unos se­gundos. Vio a su derecha unos dígitos, y sonrió con ironía. Una pantalla le daba la fecha que había pedido: año 3428 del mes de…

El impacto ocurrió.

***

Los alienígenas nativos observaron la ca­tástrofe astronáutica con temor, otros con reverencia y fanatismo pero, sin contar aún con la tecnología para descifrar lo ocurrido, cada uno sacó sus propias con­clusiones; muchos marcaron la fecha del inusual meteoro en el calendario planeta­rio local: un 25 de diciembre.

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