Verónica Bracho Alburquerque
Socióloga y MCE


Todos hemos vivido algún momento de estrés: por motivos de trabajo, de salud, de dinero, de relaciones familiares, de amor, entre muchos otros factores. El estrés que resulta benéfico cuando nos activa y nos ayuda a salir de situaciones problemáticas, se denomina eutés; pues genera vigor, incluso valentía; empero, ¿qué sucede cuando este estrés se vuelve parte de la vida diaria y no nos percatamos de ello?, y lo que es aún peor, que no nos ayuda para activarnos, sino todo lo contrario, nos bloquea mentalmente, dañándonos emocional y físicamente. Esto suele pasar (más de lo que te imaginas), pues el estrés, pasa de ser eso, e inicia otra etapa, convirtiéndose en “distrés”, y con su presencia diaria y dañina, perjudica la salud. Los síntomas en general son: A nivel somático: Fatiga crónica, cansancio, dolores de cabeza, de espalda, de cuello y musculares; así como insomnio, alteraciones respiratorias, alteraciones gastrointestinales, hipertensión, etcétera.

A nivel conductual: Comportamiento suspicaz y paranoide, inflexibilidad y rigidez, incapacidad para estar relajado, superficialidad en el contacto con los demás, aislamiento, actitud cínica, incapacidad de poder concentrarse en el trabajo, quejas constantes, comportamientos de alto riesgo como conductas agresivas, ausentismo, consumo de sustancias psicoactivas, tranquilizantes, barbitúricos, y bebidas alcohólicas.

A nivel emocional: Agotamiento emocional, expresiones de hostilidad, irritabilidad y odio, dificultad para controlar y expresar emociones, aburrimiento, impaciencia e irritabilidad, ansiedad, desorientación, y sentimientos depresivos.

A nivel cognitivo: Baja autoestima, baja realización personal en el trabajo, impotencia para el desempeño del rol profesional, y fracaso laboral.

Y en algunos casos, se llegan a presentar hasta enfermedades inmunes. El distrés es hermano (y va de la mano del síndrome de Burnout), comúnmente conocido como el “sindrome del quemado laboral”, y es el mal silencioso que aqueja al mundo contemporáneo, y el trabajo es su “talón de Aquiles”.

Retomemos que el término de síndrome de Burnout, fue acuñado por Freudenberger (un psicólogo naturalizado estadunidense, nacido en Alemania), fue uno de los primeros en describir los síntomas de agotamiento profesional, y de llevar a cabo un amplio estudio sobre el síndrome de Burnout.

Freudenberger (1974), describe el Burnout como: “Una sensación de fracaso, y una existencia agotada o gastada, resultado de una sobrecarga por exigencias de energías, recursos personales o fuerza espiritual del trabajador”, que sitúan las emociones y los sentimientos negativos en el contexto laboral.

Por otro lado, México tiene en este momento, el primer lugar en síndrome de Burnout, a nivel mundial; seguido de los Estados Unidos de América y China.

Hoy, la situación es todavía más tensa con el Covid-19, el síndrome de Burnout debe tener un porcentaje elevadísimo, pues la ansiedad, la preocupación y la angustia creada por el confinamiento y el trabajo, está causando estragos serios en la población, y al ser una problemática mundial, en el que están puestos los ojos en esta inesperada situación, no se han realizado estadísticas actuales del Síndrome de Burnout, lo cual, muy seguramente, pasando esta problemática internacional, no tardará mucho en que los investigadores sociales, realicen las encuestas de salud, y se conozca el aumento de este síndrome.

Desafortunadamente, debido a cómo se presenta la enfermedad, continuamente es confundida con otras enfermedades como la depresión, la falta de vitaminas, o una situación pasajera entre otras, con lo cual el paciente sigue estando enfermo, y los médicos no logran el diagnóstico adecuado; creando así, una agudización en la enfermedad.

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