Tlahuelilpan.- A una semana de la explosión en Tlahuelilpan, Hidalgo, que dejó 113 muertos, entre música, llanto y la sensación de dolor, el pueblo entierra a quienes se adelantaron y ya fueron reconocidos, mientras que otros con menos fortuna aún buscan a sus familiares.

Otra vez es viernes, siete días después de la tragedia. En la “zona cero” ya no hay pobladores, un fuerte operativo ni la prensa internacional; permanecen apenas una patrulla de soldados, policías locales y los curiosos que sobre carretera detienen sus autos para observar el lugar.

En el centro de Tlahuelilpan, municipio del suroeste hidalguense, las cosas tratan de volver a la normalidad, los estudiantes andan por la plaza y el transporte pasa de nuevo por las calles principales.

Pero apenas han pasado siete largos días y los estragos de la explosión aún rondan las calles; en el centro cultural ya no hay una pantalla gigante con los nombres de los desaparecidos pero los familiares no se rinden y pegan en el vidrio las fotos de quienes buscan.

En un negocio de Internet, cerca del quiosco, entran tres mujeres con niños y la foto de un joven que desapareció la semana pasada, piden que se amplíe e imprimen copias.

Aquí todos tienen conocidos muertos, heridos o desaparecidos, como el caso de quien atiende el lugar que busca a dos tíos y en la semana acudió al sepelio de su amigo.

Frente a ellos en la iglesia de San Francisco de Asís una misa despide a Carlos y Rafael, quienes murieron en hospitales de Hidalgo y el Estado de México; el lugar está lleno y resguardado por algunos elementos de gendarmería de la Policía federal (PF).

De ahí, los cuerpos parten rumbo al panteón del municipio; el de Carlos acompañado de mariachi y el de Rafael por banda de viento, notas que por momentos se combinaban en un ambiente que desborda dolor.

Ya en el camposanto, los familiares de cada uno se despidieron, primero de Carlos y luego de Rafael, para quienes hicieron porras, brindaron y pidieron entre gritos a la banda de viento tocara “El son de la rabia” que seguida de los acordes de “Jinetes en el cielo” escucharon alrededor de la caja.

Los de Carlos y Rafael son solo algunos de los funerales que fueron efectuados en esta semana en un pueblo que carga la tragedia, con hasta ahora 113 fallecidos, entierra a sus muertos y los menos afortunados aún los buscan con ese toque ligero de esperanza.

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