Xochicalli I Chávez de Llano*

De repente y no sé cómo me encontraba yo sobre un vagón de carga de un tren y un pollero nos iba diciendo qué hacer cuando ellos nos dejaran del “otro lado”. Me sobresalté y no dejaba de hacerme a mí mismo la pregunta ¿¡cómo llegué aquí!? Yo estaba plácidamente disfrutando de una siesta en mi cama, ¿cómo rayos desperté ahí? De repente una mano me tocó el hombro.

–Ya despertaste mano, ¡qué bueno! Estaban a punto de dejarte ahí en esa orilla del río, pero yo les dije que si te dejaban iba a buscar una patrulla y a delatarlos, entonces me ayudaron a cargarte y te subimos al tren. ¡Qué bárbaro, como pesas! Me asustaste, pensé que te ibas a quedar desmayado para siempre.

Era mi amigo Macario, me explicó que salimos del pueblo por la noche para pasarnos a Estados Unidos, cosa que teníamos pensado y planeado hacer cuanto antes, pero al pasar el río una patrulla nos interceptó y tuvimos que sumergirnos en el agua y aguantar la respiración, yo no soporté mucho tiempo y me desmayé, afortunadamente él se dio cuenta y me sacó del agua salvándome de morir ahogado, lo malo es que ahora ya no recuerdo nada de eso, solo que estaba dormido, y Macario me dice que eso fue hace más de 24 horas.

Así que, aquí estoy en un tren que va rumbo a un rancho de California, donde todos los que vamos ya tenemos trabajo de jornaleros. El bamboleo del tren me arrulla y tengo ganas de dormir, pero Macario no me deja, dice que me puedo volver a quedar inconsciente, así que hago un esfuerzo grandísimo para que no me venza el sueño, pero yo siento que llevo como dos días sin pegar lo ojos.

Por fin el tren se detiene, todo un alivio porque como no podemos atajarnos del Sol ni cubrirnos del viento, la lluvia o el frío de la noche, estamos todos entumidos y el calor nos sofoca. Se detiene el tren y todos bajamos como disparados, algunos al bajar vomitan y otros corren a mear. Es de día, muy temprano, no sé la hora y como perdí la noción del tiempo no sé ni en qué día estamos. De repente todos corren, mi amigo me jala y de un porrazo nos meten a todos en un camión, viajamos creo que un día entero, pero como vamos como pollos en la caja de carga, sin ventanas ni ventilación, no sé a dónde vamos.

Por fin llegamos, se abren las puertas. Un gringo nos recibe y nos dan un poco de agua, nos dice que nos alistemos en algunos de los jacalitos que se ven a lo lejos y que a las 2 de la tarde nos presentemos a registrarnos para trabajar. Veo que el camión se aleja, me invade cierta nostalgia pues no me acuerdo de cómo me despedí de mi familia; –¡Ándale Bulmaro! Me grita Macario. – ¡Córrele, que si no alcanzamos lugar nos toca dormir afuera! Él es mi guía, ya ha estado aquí antes y fue él quien me convenció para que me “pasara”.

–¡Vámonos! Me dijo. Allá ganarás dinero para mandarles a tus papás y ayudar a tus hermanos, se sufre un poco, pero vale la pena.

Y p’os que me arriesgo. Pero cuando recorro los campos en busca de la parcela que me toca trabajar, miro a la gente bien amolada, como que no es feliz, se les ha de haber muerto alguien pienso yo, y me dispongo para la faena. Al poco rato me empieza a dar hambre, voy con el capataz y le pregunto: –¿A qué hora comemos? –¡Hasta que termines buey! Me regreso y me digo: “Ni a los bueyes se les hace trabajar tanto y sin comer”. Trabajamos sin descanso durante siete días seguidos, para el domingo ya estaba yo muy amuinado.

–Oye Macario, ¿aquí cuando se descansa? –En la tarde, no te desesperes, además ¡hoy nos pagan! En la tardecita llegó otro gringo y que nos da cinco dólares, entonces sí que no me aguanté.

–Mira Macario, esto no me alcanza para mandarles allá a México.

–Pues no, tienes que esperarte como tres o cuatro meses para que este bisness te empiece a dejar dinero.

–¡¿Este qué?! –Bisness, acá de este lado de le dice así al negocio, hombre.

Y que pienso, “Macario se nos está agringando”. P’os yo me voy paisano, mejor me friego en mi tierra y no en otra ajena –No seas menso Bulmaro, no ves que ya estás del “otro lado”, cuánta gente quiere venirse y hasta se muere, tú estuviste a punto de colgar los huaraches y ora te rajas. Es cosa de paciencia, cuando los gringos vean que sí chambeas bien te pagan más, Bulmaro, ¿me estás oyendo? ¿En qué piensas? –P’os que ahora ya supe que se les murió a las personas que vi el otro día, se les murió su yo íntimo, por eso están rete amargadas.

–¿De qué estás hablando Bulmaro? –No te preocupes, yo me entiendo, ¿dónde se toma el camión pa’ regresar? –¿De veras te vas Bulmaro? Pues allá tú, no hay manera de salir de aquí más que caminando y si te ve la migra ya te fregaste.

Y se dio la media vuelta, yo que empiezo a caminar, al rato ya no aguantaba el calor, caminé dos días sin comer ni tomar agua, ya me sentía muy fatigado y ninguna gente divisaba. Por fin encontré un grupo de gente; bueno, mejor dicho me encontraron porque me emboscaron, creyendo que los podía delatar con la patrulla fronteriza, pero les expliqué que solo quería regresar a México.

–Pero, ¿para qué te regresas? Me preguntó el que iba al frente del grupo. –De este lado vas a estar mejor. Mira si no tienes trabajo yo te lo consigo.

–Bueno, dije yo, total, si me consigue un mejor trabajo y puedo mandar dinerito a mi casa, pues me quedo. Así que en ese mismo momento el grupo se dividió en dos, un señor se fue con los otros y una señora, el pollero y yo nos quedamos. Cuando el pollero se despidió de los otros nos dijo que nos levantáramos, porque debíamos caminar otro tramo; yo ya estaba muy cansado y hambriento, le pedí de comer, pero me dijo que solo traía agua, me la dio y me la tomé como un caballo, toda de un solo sorbo.

–No seas bruto, me dijo, quitándome la botella. –No ves que debemos conservar agua para todos. Entonces me preocupé.

–P’os ¿cuánto nos falta para llegar? –No te espantes, me dijo. –Ya falta poco.

Pero ¡cuál poco! Caminamos dos días más, comimos unas yerbas que nos encontramos en el camino y eso calmó mi tripa, pero al poco rato ya tenía hambre de nuevo; mis zapatos estaban totalmente gastados, la suela rota y lo demás ni qué decir, ya no se podía caminar con ellos.

Alcancé al señor que iba delante de nosotros y le dije que yo me iba, que no quería llegar a donde él me decía. Yo quería llegar a México, a mi casa.

–Ya muchacho, ya llegamos. Mira, allá adelante hay un lugar donde podemos descansar y ahí recapacitas en lo que quieres hacer, si te quieres regresar, pues yo te digo como y si no pues sigues conmigo.

Total, yo lo que ansiaba era llegar a un lugar a descansar, ya entrada la tarde llegamos a un basurero y ni se imaginan las cosas que tiran allá, ropa, muebles, etcétera. Y todo aún servía, encontré unos zapatos, me quedaban un poco grandes, pero por lo menos estaban enteros, agarré una chamarra para el frío, porque en la noche refresca bastante. Me restiré en un sillón desvencijado y me dormí; cuando desperté ya era de noche y nada más vi a la señora, la desperté y le pregunté por el pollero.

–Me dijo que aquí nos quedáramos, él va a buscar algo de comida para traernos porque ya estamos muy débiles.

De improviso vi una patrulla a lo lejos en la carretera, un impulso me hizo saltar y correr por el basurero.

–No, no vayas. Me gritó la señora. –¡Es la migra! –Pues por eso, alcancé a gritarle. –¡Quiero que me vean, que me regresen! Salí del basurero, agité la chamarra, les hice señas y casi al llegar a la carretera había una alambrada, como pude la salté, me desgarré la ropa, me atoré con los zapatos pues las méndigas chanclas me quedaban bien grandes y finalmente caí en el pavimento y la migra ¡nunca me vio! Desconsolado, me quedé ahí toda la noche. Ya cuando clareaba, muchos carros pasaban pero nadie se detenía, yo lo único que quería era que me dijeran cómo me regresaba.

Me decidí a caminar a la orilla de la carretera. Habrá algún letrero, pensé, pero caminé por mucho tiempo y no encontré nada.

Por fin, un policía en su carro se acercó y me dijo algo en inglés, yo no entendí absolutamente nada. Le hice ademanes de no entender y me dijo: –¡Aaah, mecsicano! –¡Sí! Dije lleno de alegría, porque me iban a regresar. Pero dijo algo por su radio. Se bajó de la patrulla y me comenzó a golpear. Yo ni metí las manos. Lo que quería era que me deportaran ¿Por qué me agredía? Me gritaba algo, pero yo no sé inglés.

Me zarandeaba y de repente sentí que caía a un enorme vacío, un golpe y desperté. Estaba en mi cama y era mi mamacita quien me movía para despertarme; oía su voz pero no comprendía lo que me decía, al fin todavía como entre sueños me dijo: –Bulmaro, está aquí Macario, dice que viene por ti para que se vayan de mojados.

Me despabilé, me froté los ojos, salí a echarme agua fría de la pileta; entré enseguida a la casa, ahí estaba Macario tomándose un café que mi jefecita le había servido.

–Pensé que ya estabas listo Bulmaro, tenemos que alcanzar el tren para irnos a la frontera, ya contacté con el pollero y nos espera pasado mañana en la noche.

Por costumbre tomé mi sombrero y mi herramienta de faena.

–Ora vuelvo, dije. Abrí la puerta y respiré profundo. Llené mis pulmones de aire fresco de la madrugada, me volví para ver a Macario y le dije: “No gracias, yo no voy. Yo ya viví mi sueño americano”.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández,
Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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