La educación, ese fenómeno ligado a la adquisición de conocimiento, se considera un privilegio al que no todas las personas tienen acceso a pesar de que aprender, como consecuencia del fenómeno formativo, es una necesidad primordial para, como decía Aristóteles, “desarrollar el bien individual y social”. De acuerdo con Marcos (2011), los aportes realizados por el filósofo son fundamentales para comprender la finalidad de la enseñanza, es decir, ser libres y seguir aprendiendo, ya no como un privilegio de clase o posición social, sino para que nos conozcamos y representemos a nosotros mismos, teniendo en cuenta nuestro potencial como seres humanos, confiando en nuestras capacidades. La educación no tiene la finalidad de hacernos felices, mejor dicho, nos da los medios para obtener la felicidad.

De acuerdo con la Teoría de Motivación Humana (Maslow, 1943), la motivación es la fuerza que nos mantiene comprometidos para lograr nuestros deseos. Una vez que tengamos cubierta una necesidad y estemos satisfechos, tendremos la motivación para seguir satisfaciendo otras necesidades, sin embargo, ¿cómo será que, entendiendo la naturaleza dinámica de la personalidad y el desarrollo humano, entre otros factores, los infantes con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) logran, a partir de diferentes estrategias, cubrir la necesidad del aprendizaje?

La enseñanza –hasta cierto grado– ofrece la posibilidad de encontrar un trabajo mediante el cual las personas pueden cubrir algunas necesidades básicas, secundarias, etcétera, que todos tenemos y que además se encuentran ordenadas jerárquicamente (Maslow, 1943). En el primer nivel están nuestras necesidades fisiológicas y sucesivamente la seguridad, afiliación, reconocimiento social y al final de esa pirámide encontramos la autorrealización. Todos tenemos diferentes metas y cuando las cumplimos es el momento en que nos sentimos realizados.

“La instrucción nunca termina porque es un proceso de perfeccionamiento que dura toda la vida” (Aristóteles, citado en Martínez, 2003, página cinco). De acuerdo con el filósofo, los valores eran importantes para la erudición. Uno de ellos era la equidad, pues se trata de dar a las personas lo que merecen; las escuelas ahora buscan fomentar la educación con valores de acuerdo con el nuevo modelo (SEP, 2017). Los planteles deben garantizar las mismas oportunidades, siendo un espacio incluyente en el que se practiquen, además de la equidad, valores como la tolerancia e inclusión, formando así ciudadanos responsables, solidarios y respetuosos.

La formación inclusiva se define como un proceso de búsqueda de mejoras a la diversidad para aprender entre sí, dejando de lado cultura, raza, sexo, discapacidades o necesidades educativas especiales, en las que se incluyen niños con TDAH. Se ha demostrado a través de estudios que quienes presentan ese trastorno tienen problemas de inadaptación escolar y bajo rendimiento.

Para Estévez (2014), es necesario cambiar la forma en la que se enseña y hacer énfasis en que aprendemos de manera diferente. El profesor debe diseñar ambientes de ilustración seguros, que favorezcan la participación de cada uno de los alumnos, procurar que las tareas no sean largas, las instrucciones deben ser claras y sencillas, haciendo una lluvia de ideas para que los infantes desempeñen el papel de ayudante, así como establecer modificaciones de conducta mediante consecuencias positivas.

A los sofistas se les apreciaba como sabios que se dedicaban al saber del sentido de las palabras, se les consideró de esa forma, ya que gracias a sus conocimientos podían educar a la gente; los sofistas se destacaron por el poder de persuasión en las personas. Sus argumentos eran muy cuidados, la finalidad de esos eran convencer; además, fueron criticados por aleccionar privadamente y se inclinaron hacia una enseñanza de virtud y la retórica, sus estudiantes eran capaces de hablar mejor, hacer buenos discursos y defender sus ideas con mayor habilidad. Los sofistas formaban personas autónomas con agilidad para poder discutir problemáticas públicas mediante el discurso.

Para Piaget (citado en Chávez-Velázquez, 2017), el periodo en el cual aprendemos a hablar se encuentra entre los tres y cinco años, a esa edad la mayoría de las personas cursan el preescolar. La comunicación es fundamental para el proceso de aprendizaje. Los niños reciben información sobre diferentes temas de nuestra vida diaria, escuchan cuentos, aprenden rimas, describen imágenes, etcétera. La educación preescolar tiene un papel muy importante, pues aquí es donde nos empezamos a integrar con nuevas personas y con el tiempo fortalecemos nuestro lenguaje adquiriendo mayor fluidez y claridad.

De acuerdo con la Teoría Psicogenética (Piaget, 1926), en el periodo preoperacional, que va desde los dos a los siete años, aproximadamente, los menores comienzan a utilizar palabras de manera general para comunicar sus necesidades. Para expresar ideas y entender a los demás, comienzan a compartir experiencias, temores, conocimientos y gustos. En las escuelas, la función del docente será maximizar la capacidad de uso del lenguaje de manera funcional e intencional. Así, los infantes ponen en práctica esas capacidades dentro y fuera de la clase, a través de la interacción “alumno-docente y alumno-alumno” (Zabalza, 2000, página 466), de tal manera que los niños socializan el lenguaje mediante un modelamiento previo de los profesores.

Para Chávez-Velázquez (2017), el papel de los maestros es el de implementar juegos del lenguaje como rimas, trabalenguas, refranes, escuchar narraciones, por mencionar algunas actividades. Lo que los estudiantes logran desarrollar será instruirse a escuchar, saber quién tiene un turno para hablar, aprender a describir, es decir, formarse para comunicarse. Los niños con TDAH presentan problemáticas en las esferas de la comunicación y expresión lingüística, como dificultades para encontrar las palabras adecuadas, utilizar reglas gramaticales, articulación fonológica del habla y fluencia verbal (Estévez, 2014, página tres).

El sistema nervioso está formado por neuronas que se conectan entre sí mediante la sinapsis, proceso que permite la transmisión de información entre unas y otras. La principal función del sistema nervioso es captar y generar respuestas rápidas de los órganos y transmitir impulsos a los músculos. Una de las razones por las cuales el estudio del sistema nervioso es importante en psicología es porque permite comprender la generación de conductas y la función adaptativa que desempeña (Rosenzweig, 1997).

El TDAH es un trastorno neurobiológico caracterizado por tres principales síntomas: 1. Déficit de atención, 2. Hiperactividad e 3. Impulsividad. Los primeros datos sobre menores hiperactivos fueron reportados a mediados del siglo XIX. Para Still (1902), la hiperactividad estaba asociada a “fallos en el control moral” (página uno). Años más tarde, se dijeron que los niños habían sufrido un daño cerebral, pero en la década de 1960 del siglo XX se sustituyó por “disfunción cerebral mínima” (página dos) y definida como trastorno de conducta y aprendizaje.

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