Cuando esta pandemia cayó como un piano sobre nuestras cabezas, hace más o menos siete meses, muchas creadoras y creadores escénicos andábamos trabajando. Unos estrenando proyectos, otros a punto de reestrenarlos. Algunos en fase de gestación, otros cerrando sus libretos dignamente después de alcanzar cierta trayectoria. Fuese cual fuese la etapa, andábamos en la caótica fluidez que corre entre ensayos y funciones persiguiendo la tercera llamada nuestra de cada día.

La reciente grabación de distintas funciones –“con sana distancia”– para el Festival Hidalteatro, promovido por la Secretaría de Cultura federal, a través del Centro Cultural Helénico y coordinado por Neurodrama AC, llevó algunas compañías hidalguenses al palco del teatro Guillermo Romo de Vivar: Ars Vita Títeres, Punto de Quiebre, Hagamos Teatro, Leña de Pirul, Teatro Luciérnaga, Bocamina Teatral y Alianza Tanzler.

Volver a pisar un escenario luego de tantos meses y en tiempos de contingencia es una experiencia que no pasa impune. La línea que separa el camerino del escenario suscita un nuevo ritual: quitar la máscara antivirus y ponerte la máscara de la ficción. No, aunque se parezcan, no son la misma. Por un momento, bajo las luces y entre la escenografía, la pandemia, el miedo a la muerte, la negación al miedo a la muerte, se convierten en murmullos evanescentes. ¿Será? Como actriz no puedo negar la dificultad. Fue difícil para mí volver a estar en un palco otra vez. Podría decir que la emoción, mi vocación y mi sentido de resistencia a través del arte dieron cuenta de todo pero sería una rotunda mentira. Todo se volvió cuestionable. Mi cuerpo, pese a todo intento de training –término utilizado en el medio teatral para referirse al proceso de trabajo continuo del actor sobre su mente, cuerpo y alma–, ha estado tristemente ensayado para protegerse en las actuales circunstancias, está vivo y es parte de su instinto querer mantenerse así.

He creído firmemente en la disciplina y la constancia transmitidas por algunos maestros que tuve. Sin embargo, el encierro y el aislamiento eran los que parecían estar en la primera fila sonriendo sarcástica y perversamente, orgullosos de su trabajo en mí durante este tiempo. No me refiero al abandono de un entrenamiento meramente físico que mantuviese mi energía y cuerpo a flote. Hablo de la otredad, de la consciencia del otro, del training para el otro, por el otro, con el otro. Hablo de la soledad, del training para mí, por mí y conmigo. A veces casi lleno, a veces casi vacío. ¿Cómo se rechazan? ¿Cómo dialogan? ¿Cómo resisten ante este panorama sin vacuna para la fragilidad humana? ¿Cómo el cuerpo se habita, se destroza y se vuelve a habitar? Hablo de la paradoja de la “sana distancia” en el teatro que no es “sano” ni “distante”. Al menos no debería serlo.

Habrá los virtuosos, que pese a cualquier contingencia no dejan de “vibrar”, de “estar de pie”. Los admiro. El mundo los necesita para seguir creyendo en el futuro. De todas formas, el aquí y ahora se alimenta de matices. Los altibajos, dicen algunos.

En El training del actor, libro editado por UNAM/Conaculta/INBA-CITRU, coordinado por Carol Müller y traducido por María Dolores Ponce, Laurence Labrouche en el capítulo “Ariane Mnouchkine: el cuerpo disponible”, reflexiona: “Para la mayor parte de los teóricos o practicantes importantes, el training no se puede considerar en realidad como la adquisición de técnica; al contrario, aparece siempre como un trabajo para la adquisición de cierto saber ser”. La técnica se vuelve frágil cuando uno se cree demasiado fuerte. “El actor trabaja con lo que tiene”, lo escuché algún día. El actor trabaja con lo que está siendo, me suena más apacible.

Terminada la grabación en el teatro casi vacío, los escasos aplausos fueron suficientes para despertar la nitidez de los murmullos. La muerte me impresiona y también el dolor, la indiferencia. La indiferencia ante el dolor. Detrás de toda virtualidad hay polvo y fluidos. Hay un piano sobre nuestras cabezas. Ha aplastado la actriz que yo creía estar siendo. Desde abajo elijo estar en silencio como espectadora de todo lo que está por nacer en ti y en mí. Sigo viva y tal vez con eso pueda volver a trabajar. Al menos por hoy.

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