No se sabe con exactitud cuándo y dónde comenzó en Mesoamérica la práctica de elaborar telas a partir de fibras duras y blandas, debido a que las condiciones climatológicas han impedido la conservación de los tejidos, salvo muy pocas excepciones. Sin embargo, los autores coinciden en que fue –y sigue siendo– una labor eminentemente femenina.

Según las crónicas coloniales, cuatro días después del nacimiento de una niña, la partera colocaba en sus manos un malacate –instrumento circular de barro o piedra atravesado por un pequeño astil de madera que sirve para hilar– y un ozopaxtle –cuenco de barro que apoya el hilado con el malacate– como signos de que sería una gran tejedora cuando llegara a la edad adulta, además de buena ama de casa. De tal forma que la vida de la mujer transcurría en torno al tejido de prendas para la indumentaria familiar, pago de tributos o para la venta. Era responsabilidad de las mujeres elaborar la ropa de toda la familia, ya sean taparrabos, tilmas, huipiles, camisas, fajos o enredos.

En el actual estado de Hidalgo el uso del telar de cintura sigue siendo muy común, sobre todo entre otomíes, tepehuas y nahuas de Acaxochitlán. Un dato muy interesante es que, por ejemplo, en la construcción del acueducto del Padre Tembleque –hoy reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés)– la venta de textiles elaborados por mujeres indígenas proveyó de importantes recursos económicos para las labores constructivas.

Según el códice Mendocino, lo primero que las niñas aprendían a los cuatro años era a cardar el algodón; a los seis, a hilar, y a los catorce, a tejer. Esta actividad y cocinar eran labores que todas las mujeres debían saber hacer sin importar si fueran nobles o plebeyas.

Existen evidencias de que en la época prehispánica existieron al menos 19 diferentes técnicas de elaboración de textiles. A través de la obra de Sahagún se conocen importantes detalles del trabajo textil que incluye el manejo de tintes naturales. Se utilizaba el alumbre (tlaxocotl) como fijador de tintes minerales, animales y vegetales. Los textiles se elaboraban con fibras blandas (algodón) y duras (maguey, henequén, izote o palma silvestre y lechuguilla).

Sahagún escribió que cuando se eligió al señor Tlacateotl se inició la compra de textiles de algodón: “en tiempo de estos se comenzaron a vender y a comprar… las mantas y maxtles de algodón porque antes solamente usaban mantas y maxtles de nequén [henequén] y las mujeres usaban huipiles y naguas de ichtli [ixtle o fibra de maguey]”.

En el posclásico las urbes impusieron fuertes tributos en textiles a los pueblos sojuzgados. Según la matrícula de tributos, pueblos del actual estado de Hidalgo pagaban un impuesto a los aztecas que consistía, entre otras cosas, en prendas de algodón ricamente decoradas y bordadas, así como mantas y ayates finos, elaborados con la fibra del maguey. Fray Bernardino de Sahagún escribió refiriéndose a las otomíes: “y de las mujeres, había muchas que sabían hacer lindas labores en las mantas, naguas y huipiles que tejían, y tejen muy curiosamente; pero todas ellas labraban lo dicho de hilo de maguey, que secaban y beneficiaban de las pencas de los magueyes: porque los hilaban y los tejían con muchas labores: y lo que tejía no era de mucho valor; aunque tejían de muchas, y diferentes labores, y maneras de ropas, y vendíanlo barato”.

La lana traída por los españoles fue adaptada al sistema de hilado y tejido de fibras duras. En la actualidad, sobre todo en el Valle del Mezquital, es posible observar ambas técnicas conviviendo.

El principal producto textil es la indumentaria, particularmente la indígena. El papel que ha tenido durante siglos ha sido fundamental para conocer a las culturas originarias. “El textil, como una forma particular de lenguaje, está lleno de símbolos y códigos que transmiten información que puede remitir al estatus de quien porta la indumentaria, al rango que ocupa en la comunidad, al estado civil, la edad, el grupo o la comunidad a la que pertenece. El textil puede entenderse como un texto que contiene un lenguaje particular del grupo que lo elabora y usa, y que lo hace único frente a otros grupos; por ello, se considera también como un factor identitario, porque los códigos de información que transmite son compartidos por todos los miembros del grupo”.1

El telar de cintura, generalizado en tiempos mesoamericanos, ha sido prácticamente olvidado en la Huasteca de Hidalgo, mientras que otomíes y tepehuas continúan su uso hasta la actualidad. Sin embargo, bordadoras nahuas de esta región recuerdan que sus abuelos lo usaban; algunas familias conservan los aditamentos. Esta acelerada pérdida artesanal reafirma nuestra convicción de que documentar estas expresiones de la cultura es una tarea urgente.

El telar de cintura se utiliza en el manejo de varios aditamentos. “El mecanismo básico consiste en introducir una trama o hilo que en una dirección pase alternadamente sobre los hilos pares de la urdimbre y de regreso lo haga sobre los impares. En la cestería esta labor es manual, pero en el telar de cintura se logró semimecanizar con la vara de lizo que levanta todos los hilos pares y crea la calada o espacio entre ambos juegos de hilos a los que se inserta la trama; y de regreso la vara de paso sube los nones. Así se van turnando los hilos de la trama y forman la tela con la ayuda del malacate”.2

1 Lourdes Báez. “Tejiendo la vida para sobrevivir: las mujeres nahuas de Santa Ana Tzacuala, Acaxochitlán, Hidalgo”, en Los pueblos indígenas de Hidalgo, atlas etnográfico. Gobierno del estado de Hidalgo-INAH, 2012, p 184

2 Martha Turock. Cómo acercase a las artesanías. SEP, México, 1981, p 91

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