Sí, en medio de esta plaza de traza virreinal, histórica, plaza principal de Mercaderes, Constitución, se le oyó a la anciana mujer, en la segunda mitad del siglo XX por 1960, dirigiéndose a su recua de sátrapas pelones, señalando el perímetro de la plaza y mirando dijo “aquí está el origen del mineral de Pachuca, su fundación con las añejas vetas de La Ceciliana en el rocoso y enorme cerro de San Cristóbal, en el lleno de cardos, nopales y espinas cerro de la Magdalena con la Descubridora Vieja y con la Corteza en la barranca de la Santa Apolonia”. Recordó que fue aquí donde se mezclaron las razas de los indígenas con gachupines, con negros, con los ya mestizos, y hasta con los renegados y expulsados por la miseria de sus naciones, en el virreinato novohispano de casi 300 años iniciado por la corona española desde 1521 en la gran Ciudad de México, aquí se formó, se mezcló el origen, se dio la mixtura de la vieja villa de argento.
Casi en silencio, estática, sin inmutarse, parada frente al cura mirando los labrados ojos, como si afrontara los fantasmas de la memoria, murmuró “es igual, es la misma forma de la de los santos de la Asunción de María que son de yeso y madera”, señalando a su siniestra al viejo santuario, con una mueca irónica continuó “tienen ojos y no ven, tienen boca y no hablan, tienen orejas y no oyen”. De pronto, de un salto de chapulín dio la espalda al monumento a la libertad en blanco mármol, a esa escultura de don Miguel, para inundada de aliento indicar “al centro de la lonja de arcos de piedra blanca de Mineral del Monte, fue la alcaldía mayor, lugar del vicario, de la justicia real, del juez repartidor de minas y del alférez real de los cuatro reales mineros”. Era para ella la plaza el ombligo de los socavones, tiros y túneles, de los laboríos, el corazón de argento en donde se dieron todo tipo de manifestaciones de alegrías y tristezas; religiosas con los paseos de las cofradías y archicofradías, de júbilo por el ascenso al trono de monarcas españoles, lágrimas por las tragedias mineras, hasta ella llegaron las protestas por desacuerdos entre labradores mineros con propietarios de fundos.
Cerrando los ojos, apretándolos fuertemente hasta juntar cejas con pestañas formando un intenso color negro que solo podía ser imitado por el relumbrante azabache de las alas del cuervo, explicó que en los fundos mineros obligaban a los indígenas a trabajar por la fuerza “eran reducidos ahí sin paga por derecho virreinal a favor del dueño”. Esos laboríos se volvieron hasta cárceles, muy sentida describió cómo se les veía entrar a pie a los prisioneros y salir silenciosos, inertes, sin vida. Dijo del conocido tequio o tequiotl de la lengua mexicana náhuatl, entendida como tarea-trabajo escuchada en las labores mineras en el siglo XVIII para decir del trabajo diario que un labrador debía realizar en la extracción con buena mena de argento en una jornada.
La viejilla sabia bien de lo conocido como “el partido” que era una retribución en especie, recibida además del sueldo de la jornada normal. “El partido” se obtenía como pago sobre el monto del material que se extraía después de cumplir con el tequio o jornada establecida, de esa extracción el trabajador recibía 50 por ciento del material y el dueño del fundo argentífero se quedaba con el otro 50 por ciento, era una recompensa pactada entre el propietario y labradores por esa extracción extraordinaria, el material que recibía el trabajador podía venderlo al mismo dueño de la mina o comercializarlo a pequeñas beneficiadoras de mineral o zangarros.
En la segunda mitad del siglo XVIII, las condiciones de la minería en los cuatro reales mineros eran muy difíciles, la mayoría de las minas estaban cerradas por incosteables, por “aguadas o inundadas”. En la explotación diaria de las pocas minas que laboraban se acostumbró el referido “partido”, pero afectado ya con mañas de los trabajadores para sorprender a capataces y encargados de la extracción; se evidenció su práctica de apartar el material con mayor cantidad de metal, de mejor mena de argento, para recibirlo como paga por “el partido” y dejar el de menos metal para el patrón, obteniendo mayor valor pues sacaban el material de la mina para venderlo aprovechando de tal astucia además a propietarios de zangarros conocidos como rescatadores.
La viejecilla escuchó de sus antiguos de inusual manifestación en la plaza Mayor, en la que desfilaron los barreteros al igual que en las minas de Mineral del Monte, todos inconformes por que los dueños de los fundos mineros resolvieron eliminar “el partido” por llevarse los trabajadores la parte con mayor metal, dejando el más pobre. A esa medida reaccionó “la indignación, la inconformidad, las protestas” ocupando la plaza virreinal como escenario, hasta que luego de siete años intervino en 1773 el virrey de la Nueva España, tomado prisioneros y encarcelando a los cabecillas ordenó “reglamentar ‘el partido’ para que no fuera causa de abuso de parte de los trabajadores”. A tal protesta los desconocedores y usurpadores de la historia le llaman “primera huelga de América” e inspiraron hasta un monumento a esa manifestación originada en cosa mala de impudicia, ambición y burla.
El cascabel al gato está calentando. Hidalgo no ha sido ajeno al populismo de mandatarios, en esta administración lo vemos como “pan y circo” o puro circo ¿Recuerdan el Grito de Independencia a ras de piso con campañilla? ¿Y la consulta sobre tuzoburro de Paco que terminará en “lo que usted diga, don gobernador”? ¡¿Se acuerdan del aeropuerto con Murillo, de la refinería con Osorio, de la gran estafa de la “Ciudad del Conocimiento” con Olvera, de cuando todos imitaban a Peña Nieto con la camisa desabotonada con el peinado envaselinado!? Hoy no quisiéramos repetirlo, pero lo empezamos hace dos meses.

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