En sentido estricto estaba ahí, siempre lo había estado en más de un sentido y lugar, asociado a cada uno de ellos. Eso, que no significaba nada, curiosamente era lo que más le acercaba a una verdad que, aunque perentoria, podía considerar suya.

Se levantó de la cama a las 4:12 horas de la madrugada a beberse un vaso de leche y seguir divagando de aquella manera tan suya, tan propia que ningún otro que no fuera él podía llegar a entenderlo, lo cual no le importaba en absoluto o tal vez sí.

¿Hallaría alguna vez el lector perfecto que lo explicara a plenitud y satisfacción? Pensar en tal posibilidad era como hacer un brindis al Sol, autoufanarse de ser tan oscuro como una predicción que pudiera significar una cosa y la contraria, estar en el extremo de toda confusión de reflejos, reflejarse de lado.

En ese momento, justo en el tercer trago de leche, pensó que afuera hacía frío y adentro hacía demasiado calor. Sin abrir la ventana vio las estrellas y sin salir de su cuerpo voló por encima de ellas, como si fuera cualquier gas que surcara el éter desde su propio vacío.

Quizá, quién podría decir lo contrario, la existencia fuera esa ilusión que acababa de tener o tal vez se resumiera en la distancia minúscula que recorría un caracol en el segundo en que un pie se le aproxima para pisarlo y acelerar no es una opción que le da la naturaleza.

Se sintió un poco hastiado de estarle dando vueltas a una idea que no acababa de expresar. Terminó su vaso su leche y se fue acostar, lo que para él significó persistir en su insomnio. Las vueltas de sus ideas se confundieron con las vueltas de su cuerpo. Acarició una respiración que lo transportó del otro lado: una especie de quietud vuelta del revés.

¿Podría contarse alguna vez aquella noche tan semejante a las otras que en nada la hacía diferente? Sí, tal vez pudiera cuando despertara, si es que no estuvieran en otro de sus sueños. Tampoco es que ganara o perdiera contándose, pero por algo había que empezar.

Al fin se quedó dormido. Se soñó a sí mismo dentro de las palabras, que solo eran un sonido de nota musical producido por unas cuerdas vocales alargadas y finas, pero sobre todo abiertas a un ruido gutural que sus oídos escuchaban con placer.

Del otro lado de la cama el despertador seguía haciendo el tic tac que lo conectaba con el tiempo de la existencia: el rocío de la mañana que acariciaba sus verdes pupilas de coral marino.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.