Tiempos aciagos vivimos en lo social, en lo económico y, por supuesto, en lo ecológico. Desastres van y vienen y no hacemos mucho, ni cambios modestos ni radicales, mientras mantengamos la “ilusión” de que se trata de “desgracias” pasajeras y que en la historia siempre han acontecido.

Los fenómenos o cismas que poco nos conmueven van del mundo físico al ambiente social. Un caso cercano y que nos concierne es Tlahuelilpan y la explosión, Tlahuelilpan y la corrupción, Tlahuelilpan y la pobreza, Tlahuelilpan y la impunidad.

Tlahuelilpan, como muchos eventos y momentos de crisis no son al azar, tampoco resultado de un solo factor. Ese lugar y sus pobladores representan ejemplos de lo que como sociedad hemos caminado hacia la autodestrucción, pero también cómo hemos avasallado la naturaleza y su delicado equilibrio.

Las muertes de seres humanos son lamentables y duelen, pero lo que estamos haciendo con la tierra es aún peor, porque no conformes con que la explotamos y de ella vivimos, la contaminamos de muerte. No hubo una explosión y ya, no hubo derrame de gasolina y se quemó y ya, no, la contaminación afectará su composición y si no hay medidas de limpieza y restauración, claro que no podrán sembrar, vender y comer de la cosecha. Matamos lo que nos da para vivir.

Esa desgracia, esa agonía de la tierra, nadie la mira, a casi nadie escandaliza, pero es una factura que habremos de pagar.

La Biblia habla del Apocalipsis o los cuatro jinetes que representan la conquista, la guerra, el hambre y la muerte; las profecías de Nostradamus predicen las grandes catástrofes de la humanidad que nos encaminan a la desaparición de la faz de la tierra; la industria fílmica de hoy cada vez más nos “entretiene” con eventos del fin del mundo y hasta pensamos “cuánta razón tienen las abuelas y sus sentencias y advertencias”.

En todo caso, poco hacemos como humanidad. Nuestra corta existencia no nos permite mirar las consecuencias a largo plazo, somos hormigas frente a la inmensidad y la trascendencia que representa el planeta, el tiempo y sus transformaciones. Entonces, en nuestra soberbia, cuando vemos cómo se descongelan los polos pero su impacto es a largo plazo de nuestra corta vida, creemos que no nos afecta y no reflexionamos en las generaciones que nos siguen y el impacto irreversible en las diferentes formas de vida.

Las profecías bíblicas las percibimos como ficción, la sentencia: “El reino de Dios será establecido en vuestro mundo…”, lo escuchamos ajeno y lejano, o apenas como promesa. Sin embargo, ese “reino” se establecerá por nuestra falla como humanidad. Quizá desapareciendo de la faz del Universo y, por supuesto, eso no será amable ni como liberación. Incluso, ese fin del mundo, esa tercera guerra mundial, ya inició hace por lo menos un siglo de manera sistemática, de baja intensidad y con grande costo humano y ambiental.

Los cuatro jinetes llegaron con la era industrial e incluso antes: la conquista, la guerra, el hambre y la muerte campean a veces en un continente u otro, una región o en ciertos países, y desde hace ya décadas completas.

La reflexión es parar, dejar de sentirnos infalibles y omnipotentes con nuestra forma de vida. En días pasados la noticia “rara”, “novedosa”, “curiosa” fue que en Siberia cae nieve negra y eso no tiene que ver con el “demonio” sino con la forma de explotación del carbón: minas a cielo abierto.

¿Qué más queremos para entender que estamos en un límite sin retorno?

El calentamiento global no es un chiste. Lo sentimos justo en estos días: del frío al calor extremo. Varios países de Europa y estados del norte de Estados Unidos colapsaron por el congelamiento. Algunas regiones de Hidalgo y ciertos estados del país padecen una onda de calor que supera los 40 grados.

El apocalipsis somos nosotros, los jinetes campean desde hace años entre las poblaciones del mundo, Tlahuelilpan es un mero ejemplo de una guerra sin cuartel por ganar y/o sobrevivir, por remontar el hambre y con el manto de la muerte siempre al acecho, porque los conquistadores de rapiña de este país, de este estado y del mundo, quieren la gloria y la conquista solo para ellos, aunque la mayoría seamos su carne de cañón.

¡El tiempo ha llegado!, dicen los creyentes e invitan acertadamente a leer, meditar y deducir, solo falta decir que debemos actuar ya, por el cambio, por la humanidad. Tiempo de transformar y transformarnos.

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Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.