Si bien el trabajo de los diputados se diversifica en las distintas comisiones a las que pertenecen, queda claro que su desempeño en la comisión de cultura y cinematografía resulta irrelevante y más parece un botín de guerra utilizado para pavonearse ante los medios y asistir a eventos, que un verdadero compromiso con la cultura en México, como uno de los ejes transversales y transformadores de la sociedad, uno de los pilares cantado a los cuatro vientos de la cuarta transformación.

A 10 meses de instalada la 64 Legislatura, el número de la cantidad de iniciativas presentadas por los diputados de la comisión de cultura en la materia no deja lugar a dudas el desdén, la falta de seriedad y la ignorancia que permea mayoritariamente entre las filas de todos los partidos políticos que la conforman, y que se suma a la urticaria que le provocan al presidente de la República el trabajo de las comunidades culturales, científicas e intelectuales.

De los 33 diputados que conforman la comisión, solamente 10 han presentado iniciativas, y de esas solamente cinco contemplan transformaciones de fondo como son: el blindaje al presupuesto de cultura, propuesto por la diputada Annia Sarahí Gómez del Partido Acción Nacional (PAN); acceso a la seguridad social para artistas y promotores de la cultura, propuesta por el diputado Santiago González Soto del Partido del Trabajo (PT); protección del patrimonio artístico e histórico, propuesta por el diputado Rubén Terán Águila del Movimiento Regeneración Nacional (Morena); estímulos fiscales al cine, propuesta del diputado Ricardo de la Peña Marshall; financiamiento a las manifestaciones culturales, propuesta del diputado Ernesto Vargas Contreras de Morena; educación artística y fortalecimiento de la identidad cultural en el nivel básico de educación, propuestas por el diputado Juan Martín Espinoza Cárdenas del Movimiento Ciudadano (MC). (http://sitl.diputados.gob.mx).

Las otras cinco iniciativas rayan en lo banal: preseas, distinciones, día nacional de “equis”, etcétera. Cabe destacar que hay una iniciativa de la diputada María Teresa Marú Mejía del PT quien no pertenece a la comisión de cultura y que, sin embargo, toca un punto medular sobre la participación de la comunidad artística y cultural en las políticas culturales a través de la reunión nacional de cultura establecida en el título 3 de la ley general de cultura y derechos culturales, aunque se debe indicar que vuelve a dejar el tema en la discrecionalidad de la Secretaría de Cultura, y una vez más a los pueblos originarios y comunidades indígenas excluidas.

Así, 23 de los 33 diputados que conforman la comisión se encuentran “ocupados” en todo menos en el tema, y de los 10 diputados que “trabajan”, solamente cuatro pasan de las 10 iniciativas, aunque sean en otras áreas. Por supuesto, los diputados dedicados a la farándula y no a la cultura, son los que menos iniciativas han presentado, comenzando por su presidente, en una comisión de cultura que tiene sobre la mesa más de 15 exigencias concretas en lo general, más otro tanto en lo particular, muy específicas y avanzadas, y que les ha ido entregando la comunidad artística y cultural a través de la asamblea por las culturas y el movimiento colectivo por la cultura y el arte de México (Moccam) desde el mes de octubre de 2018, lo que ha dejado claro que les importa poco o nada la comunidad artística y cultural.

Todo eso aunado a las lamentables apariciones y declaraciones de algunos legisladores que, lejos de contribuir o aportar algo a la cultura nacional, ratifican la crisis sin precedentes que se vive en el sector. Legisladores que abusando de sus privilegios, siguen pensando que están en los escenarios y pertenecen a la farándula de donde salieron, afirman una vez más el lamentable, vergonzoso y equivocado imaginario social sobre el papel del artista.

Así, los lamentables acontecimientos en días pasados en el Palacio de Bellas Artes con el acto religioso de la secta La Luz del Mundo, y las declaraciones de legisladores y autoridades culturales que hasta el día de hoy defienden lo indefendible, son un ejemplo de la banalidad que impera en el ambiente legislativo. También, las deplorables declaraciones de la senadora Jesusa Rodríguez quien, queriendo dar lecciones sobre pobreza y privilegios, denostó a toda la comunidad artística y cuestionó la existencia de los estímulos de una de las contadas instituciones que funcionan mal, pero funcionan, el Fonca, y dejó muy clara su postura, abiertamente neoliberal y colaboracionista, por la privatización de la producción artística, eximiendo al Estado de su responsabilidad. No sobra decir que esa señora ha recibido apoyos del Estado y hasta de fundaciones históricamente reconocidas como tapaderas de la Agencia Central de Inteligencia, la CIA, como la Fundación Rockefeller.

Comentarios