Las palabras eran terriblemente absurdas, abusivas en sí mismas y puestas ahí para convulsionar a las mujeres y hombres que las escuchaban absortos, a punto de estallar. Se entrelazaban los signos para crear significados de ignominia y los gritos que salían de la boca rabiosa del hombre hecho Dios, se apretujaban hasta reventar en la multitud informe.
El eco era ensordecedor, pero se oían perfectamente los corazones ardientes en pos del delirio, de la destrucción anhelada. Se daba paso a lo nuevo desde el verbo fluido, a la nueva sociedad que sería feliz y esplendorosa, pero sobre todo sin la mácula del amor. El despeñadero del porvenir se ansiaba.
Se adivinaba en los rostros la saliva prolífica de la frase robusta que bajaba del palco: agua bendita que rociaba los labios silenciosos. Las antorchas iluminaban la noche con un fuego eterno que disipaba cualquier duda, cualquier sombra que rondara todavía en forma de principio moral que rigiera la conducta.
Abrazados, diluidos en la masa informe; caídos desde el atardecer en el marasmo de las banderas y los gritos. Violentos, nunca pusilánimes ni tibios; ignorando la vileza de la caridad y la necedad de la contradicción; despreciando la ruindad del abandono, asesinando al pensamiento y a la bondad.
Multitud sin palabras asomándose a la unión perfecta desde las soflamas; afanándose por ser piedra arrojadiza, martillo golpeador, fusil verdugo; queriendo ser ignorante y analfabeta de toda piedad.
El sarcasmo llevado a su último extremo, la mala ironía acariciada por el amor infinito a la crueldad. El gentío buscaba la maldad, la encarnaba en cada exhalación, la hallaba en cada expresión que repetía en chillidos desnudos de virtud.
Tocaban los clarines del triunfo. Todos fanáticos y felices, perteneciendo a la misma Iglesia que proclamaba el advenimiento de la luz. La noche acariciaba e invitaba a disfrutar de las exuberantes emanaciones que diluían toda esperanza. El destino era promisorio, estaba en el frenesí de los puños agazapados.
La masa se tocaba, la masa era una y libre como nunca lo había sido antes. Los individuos no existían, uno a uno se habían pegado al otro para conformar ese compacto armazón de odio. La idea misma se había vuelto mirada de inquisidor.
La voz seguía hablando, más con el gesto que con el término, seguía articulando silencios que llevaban al paroxismo a la multitud. Todos anulados, sin voluntad, siendo por fin un pueblo unido que seguía ciegamente el camino que la mano divina señalaba.
Un sueño hecho realidad, una realidad de ensueño. El banquete asombroso puesto en la mesa para que disfrutaran de él. El paraíso en la Tierra. Todos Adán, todas Eva, todos los árboles con manzanas prohibidas que comer. La vida sabrosa, la vida saboreada hasta la última gota.
El elixir prodigioso vuelto del revés y el derecho hecho añicos por la frase precisa que los envolvía y arrebujaba. Ahora sería más fácil: el camino quedaba marcado con precisión absoluta. No habría más dudas ni más obstáculos que superar, quedaba claro que se debía hacer. Mejor aún, se conocía perfectamente lo que estaba prohibido.
Se acalló el verbo y la multitud se disolvió. Los pasos se alejaron por las calles aledañas, la plaza quedó en silencio. La estructura de metal, que parecía un abismo en el que arrojar a los desposeídos, se mecía por el viento. Algunas banderas en el suelo, con la cruz hacia arriba, miraban al cielo. La lluvia empezó a caer.

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