Jesús Alberto Vega Rivero

Las visiones positivas y negativas hacia el envejecimiento han estado presentes a lo largo de los años. Algunas sociedades primitivas consideraban a la vejez como fuente de sabiduría, experiencia y prestigio, mientras que otras la relacionaban con la enfermedad, la dependencia y la marginación. Sin embargo, en la actualidad esas formas de ver a las personas ancianas se han inclinado por el concepto desfavorable, ahora una persona anciana es vista como una carga para las familias, un ser improductivo económicamente y de bajo rango social; cada día se eleva la demanda de servicios asistenciales en las estancias diurnas y permanentes, al tiempo que se generan estereotipos y prejuicios sobre la vejez.

Al rodearnos de prejuicios y estereotipos, la sociedad ofrece una imagen negativa de las personas adultas mayores. Como consecuencia, subestiman las capacidades físicas, mentales y emocionales de las personas ancianas, lo cual favorece la presencia de depresión, violencia, abandono y dependencia funcional; mientras aquellas personas que poseen ideas positivas de sí mismas tienden a tener una vejez productiva y saludable.

El viejismo es un fenómeno que tiene diferentes precedentes a lo largo de la historia, pero el término es atribuido a Butler en el año 1969, quien lo define como “el proceso de sistemática estereotipación y discriminación contra las personas por el hecho de ser viejas, tal y como ocurre con el racismo y el sexismo”.

Ante la pandemia del Covid-19, la población de adultos mayores ha sido la más vulnerable, con una de las tasas más altas de mortalidad, donde confluyen varios aspectos tales como las comorbilidades presentes, el acceso a los servicios de salud y la situación económica por la que la mayoría del sector atraviesa. Por otra parte, las medidas de distanciamiento social y el confinamiento dentro del hogar pueden ser factor de importancia para el desarrollo de trastornos psicoafectivos tales como ansiedad y depresión, pero también como factor de impacto económico debido a que una parte de este sector recurría al comercio informal o dependen de una pensión.

El viejísimo se ha hecho presente en las propias acciones encaminadas a disminuir los contagios, como ejemplo las medidas impuestas por algunos estados en donde se prohíbe el acceso a supermercados y algunos comercios, en la disminución de los servicios de salud y cuidados de largo plazo, y en la misma reclusión y abandono.

Se hace presente la baja participación social de los adultos mayores, pero también la inconsistencia en las acciones de la población joven, donde lejos de tener una participación solidaria ante la campaña “cuida a tus mayores” influyen más como un factor de riesgo. Puede observarse que, ante la nueva normalidad, algunas intervenciones gerontológicas se han encaminado a la atención online, aunque la mayoría de los adultos mayores carece de comprensión y acceso a las nuevas tecnologías.

La pandemia permite analizar la situación de salud de la población y los aspectos sociales de la población mexicana, los cuales deberían tomar un enfoque para la prevención de las enfermedades, pero sobre todo nos permite reflexionar y tomar conciencia sobre el impacto de la misma sociedad, que aún presenta prejuicios y estereotipos hacia la vejez y las personas adultas mayores.

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