La luz entraba en la habitación, por entre las tablas mal ajustadas, a través de halos que parecían humo y que iluminaban las diminutas partículas de polvo que desaparecían en la piel ajada del anciano, en los muebles desvencijados carcomidos por la carcoma, en las copas rotas amontonadas de cualquier manera en el fregadero de la cocina.
El viejo K pensaba en su vida pasada, de pronto convertida en años sin cuenta que se acumulaban imprecisos en las fechas desvanecidas de una memoria cada día más llena de olvidos, de rellenos imaginativos que le permitían inventarse una vida que estuvo lejos de vivir alguna vez.
Abrió un cajón en el que guardaba los discos de vinilo y sacó uno que amaba especialmente, lo puso en un tocadiscos anticuado, tan viejo como él, se sentó en el destartalado sillón de orejas que no había querido tirar pese a los muelles vencidos.
La aguja raspó la superficie surcada por microsurcos que formaban la autopista musical de un tiempo olvidado. El ruido de raspado característico surcó el aire como el gruñido de una voz amiga.
Empezó a sonar el preludio de Aida de Verdi, una música repleta de remembranzas para K, que adoraba la música clásica y se entusiasmaba por la ópera del siglo XIX, especialmente por la italiana, la cual encontraba singularmente hermosa.
La música lo trasladó, como siempre, al misterio profundo de la espiritualidad humana y a las preguntas sin respuesta que siempre se había hecho y que nunca había sabido responder. Se durmió. Lo despertó la “Marcha triunfal” con sus clarines. Se imaginó un egipcio, lanza en ristre, desfilando delante del palacio del faraón. Ese pensamiento le hizo inmensamente feliz. Lloró.
Levantó el brazo de lectura del tocadiscos y la aguja se separó del disco, dejando de sonar inmediatamente la maravillosa música. Se fue a la cocina, derramó la leche en un cazo y la calentó a fuego lento. Se rascó la nariz por tres veces, quitó el fuego, puso la leche en una taza y se la bebió con sorbos lentos y pausados.
Fue a la habitación y se miró en un espejo por largo tiempo. Estaba viejo. Pensó en M para espantar edades y la imagen de ella en la plenitud de su juventud le devolvió otro tiempo, otro lugar, otro mundo.
Miró alrededor, las cosas que le rodeaban estaban pasadas pero le hacían sentir que ese era su lugar. Se creía libre de las ataduras de las novedades, de las modas pasajeras que obligaban a la destrucción de lo viejo si se quería lograr la felicidad efímera que proporcionaba la adquisición de lo nuevo.
Sus ojos se dirigieron ahora al halo de luz de luna que entraba por la ventana, totalmente abierta, de la habitación. Cada vez más dentro del halo, cada vez más fuera del sueño. Despertó inquieto y sudoroso. M seguía dormida con un sueño apacible.
Se fue al cuarto de baño y se refrescó la cara con agua fría, luego se miró largamente en el espejo. La sonrisa volvió a su rostro, solo surcado por las avanzadillas de unas pequeñas arrugas apenas perceptibles a simple vista.
M lo llamó para que volviera a la cama y no se pasara la noche insomne, con angustias sin ningún fundamento. Quiso contarle su sueño pero no se atrevió, tuvo miedo de que ella empezara a interpretarlo y sacara conclusiones de algo que él creía no tenía relación con nada preciso de su vida actual.
Su mujer le lanzó un beso desde la cama justo antes de apagar la luz y volverse del otro lado dándole la espalda. Una respiración plácida le indicó que ella se había vuelto a dormir. K temía volver a soñar su sueño de vejez, aunque no había nada en él de desagradable ni que le produjera temor.
Se agarró a la reflexión para no dormirse, pero no lo logró. Volvió a soñar el mismo sueño donde lo había dejado: el halo de Luna, la habitación de anciano iluminada, su reflejó en el vidrio de la ventana. Se sintió sombra en la sombra de lo que fue. Tomó de una caja de madera astillada una foto de M y la besó.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.