Gran parte de la élite política en México tiene serios problemas para comprender éticamente qué significa el arte supremo de gobernar. Las nuevas generaciones de esta clase no se miran como servidores públicos sino como merecedores de privilegios obtenidos desde la cuna por apellido o tradición, por lo que no se han preocupado por profesionalizar sus habilidades para fortalecer el desarrollo social, la democracia y mucho menos la generación de una sociedad más crítica. Por el contrario, la dádiva y el clientelismo sigue siendo la maquinaria que se privilegia para movilizar el sufragio y asegurar su permanencia indistintamente del partido político.

Los vientos de la “modernidad” europea y sajona llegaron tarde a México y, en general, a toda América Latina. El liberalismo arribó a nuestro país hasta el siglo XIX, cuando Benito Juárez limitó los privilegios de la clase colonial, pero este gremio se adaptó y evolucionó hasta nuestros días con características fundamentalmente opuestas a las clases políticas de los países desarrollados.
La élite mexicana contemporánea se forjó desde la reforma liberal, dando pie a procesos dictatoriales como el porfiriato y su respuesta revolucionaria que aglutinó a diversos sectores sociales para legitimarse y heredar el poder desde hace años, con temporalidades compartidas, pero que en esencia son parte de la misma “familia revolucionaria”.

Élites a la mexicana

Es debatible nuestra hipótesis sobre la continuidad histórica de las élites mexicanas hasta nuestros días, sin embargo, lo que no es cuestionable es el sistema de privilegios que siempre han gozado. Si no entendemos esto, es difícil hallar respuestas de porqué la corrupción es uno de los principales problemas sociales y económicos que están poniendo en jaque la vida de millones de mexicanos.
La tradición política anglosajona obligó a sus élites a responder por sus representados y buscaron perfeccionar sus virtudes para mantenerse en el poder, es decir, privilegiaron la formación de hombres y mujeres de estado, que supieran de administración pública, ética y derechos humanos para convertir a sus naciones en países desarrollados.
Por el contrario, las élites en nuestro país asumen no deberle nada a su pueblo porque sienten que éste no las eligió sino que nacieron en la cuna del poder y nadie tiene derecho a cuestionarlas, ni mucho menos están obligadas a responder ante la ley porque no fueron educadas para gobernar sino para perpetuarse en el poder.
Historias surrealistas de la política a la mexicana abundan: prepotencia, saqueo público, corrupción, nepotismo o políticos de papel que compran grados y galardones que exaltan egos pero que en nada abonan en la creación de hombres o mujeres de estado con visiones de largo plazo.
La clase política en México no está preocupada en ser mejor gobernante, sino en permanecer en el poder. Pero, la pregunta es, ¿por qué no hemos superado la cultura de la meritocracia y los deseos perpetuos de vivir a costa de la función pública? Varios analistas (Roderic Ai Camp) sobre las élites insisten en denunciar que esto se debe a que no hay representatividad de las personas de clases sociales bajas en esos grupos y que los representantes de siempre son políticos junior que jamás entenderán la pobreza porque nunca estuvieron en contacto con ella y mucho menos, están preocupados por prepararse para ser funcionarios o representantes públicos.
Una escuela para élites políticas no estaría del todo mal, donde la asignatura suprema sea el México al que tanto aspiramos…

[email protected]

Rating: 2.5. From 2 votes.
Please wait...

Comentarios