No era una escena común. Una silueta como esa, con esas formas, con ese estilo y con tal candor, no cualquiera la tenía. Ese rostro, esos labios, esa mirada verde agua que en la zozobra del día se convertía en un oasis de calma, eran una consagración al pasar siempre a su lado. Incluso su castaña cabellera no era sino un mágico velo que coronaba su beldad. Gracias a su presencia, yo era un maldito bendito. Verla en cada amanecer y en cada atardecer, y gozar de sus lindos luceros que fija y coquetamente acompañaban mi andar, me enseñaban que la dicha es un arte que se cultiva en momentos.

Un mal día todo cambió. Sus ojos no estaban más. Su melena no brillaba ya con los rayos del Sol y su divina silueta se había esfumado. Solo quedaba una fría, hostil y vacía pared que me hacía recordar mi desdicha cotidiana. Mi vida entonces volvió a ser gris. Casi pasaron dos meses en los que poco faltó para que su ausencia convertida en depresión me llevara a la locura.

Un buen día de nueva cuenta el gozo volvió a mi ser. Había aparecido ella, que, si bien no era la misma, para el caso daba igual. Con su rubia cabellera, con sus contornos exóticos, con sus rasgos celestiales y con miel en su mirar, deleitaba mis mañanas y mis regresos a casa para darme la esperanza de mi vida amenizar.

Pero otra vez ocurrió. Sin nada que lo advirtiera una mañana soleada se alejó de mi ventana y la pared rió de mí sumiéndome en soledad. Esa vez casi morí. Pensé en quitarme la vida esa misma madrugada y, cuando en esas estaba, entonces la vi venir.

En los brazos de dos hombres no tenía forma ni cara, pero conforme avanzaban, descubrí que mi vacío estaba por terminar. Poco a poco con ademanes y pases que parecían magia, eclipsaron la pared y desplegaron su figura. Entonces, la apariencia de una tez morena de rasgos latinos, de actitud seductora y de formas candentes devolvió la esperanza a mi vida. Su imagen en la pared otra vez me revivió.

Tras mirarla complacidamente, elevé mis pensamientos al Señor para dar gracias al cielo no solamente por la fortuna de vivir frente a ese anuncio espectacular, sino por los venerables publicistas ¡Oh maestros de la creación! que dan vida a mi rutina con su sagrada labor.

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