Daniel Fragoso*

El primer día que el Gordo la vio, un vestido amarillo cubría su cuerpo. Sus piernas se fundían con los zapatos de tacón altísimos que usaba. Su cabello era de un negro intenso. Largo, lacio, brillante. Su rostro hacía evidente que algún gen asiático quedaba en su árbol genealógico. Su cuerpo era prodigioso. Sin embargo, no fue eso lo que hizo que el Gordo se acercara a ella. Fue su aparente inocencia. La ingeniosa estratagema de ser huérfana de madre. Su instinto suicida. La imagen de una mujer hermosa, vulnerable y dulce, ingenua, asustadiza y temerosa. Él la observó como se ve la primera luz del Sol ardiendo. La observó igual que un cazador mide a su presa a la distancia y en la mira, decide que esa presa es demasiado hermosa para dispararle. Pero la voluntad no es nunca un ente estable. La imagen de ella en medio de aquel rancho cinegético de empleados se incrustó en el cerebro del Gordo, creciendo como un cáncer, proliferando sin control, multiplicándose de manera autónoma, invadiendo sus acciones. Ella buscaba un punto de fuga. Una esperanza a la cual asirse. Un globo aerostático que la rescatara del mundo en el que vivía, un globo que la llevara a descubrir el mundo que no conocía. Ella buscaba un amante, un marido, un proveedor; pero nunca una pareja. Ella quería dominar sobre todo y contra todo. Su palabra era la que debía de reinar sobre todos los actos. Se concebía dueña de su cuerpo. Su físico era la riqueza con que la vida la había dotado. Cada día invertía el tiempo suficiente en la producción de su imagen. La selección correcta del atuendo para estar a tono con las tendencias de la moda sin parecer recatada, justo en el dintel de la vulgaridad. Cada día, su teléfono móvil era un conmutador de mensajes y llamadas de hombres que la pretendían. Para todos tenía una palabra siempre. Igual que un Golem, las palabras de sus pretendientes le alimentaban el ego y de él, ella tomaba la fuerza necesaria para soportar el paso del tiempo. Cada vez que iniciaba una relación, Ella parecía ilusionada. Su vida giraba entorno a su futuro difunto. Su rutina cambiaba para que el futuro muerto estuviera cómodo. Ella moldeaba su vida a la vida del muerto. Y una vez que la confianza estaba ganada, como si la ternura se desvaneciera junto con el horizonte. Al cambio de día, Ella desvelaba su verdadero instinto y comenzaba a devorar la personalidad de su pareja. El rito de pareja se invertía y Ella regresaba a ser la de antes. Su teléfono móvil volvía a incendiarse. La producción del arreglo personal se aceleraba y el muerto comenzaba a apestar en vida.

Elegir nuestra propia senda es un atributo que demuestra poder. Quien escoge su camino y está tan convencido atrae a otros que no han encontrado el suyo. Es tan atractivo, tan convincente. Y las personas que están convencidas de su vida también se vuelven hermosas. Así no sean físicamente bellas. Y ese poder, esa belleza, a veces la usan para alimentarse de otras almas perdidas. Las comen como si fueran sus presas y luego las desechan. Así como lo hace Ella, una mujer que alimenta su ego infinito devorando a los hombres que la cortejan. O como lo hace Chinaski, cuyo personaje se volvió implacable: nunca se sometería a los lugares comunes, a los destinos prefabricados. Más o menos eso podrán encontrar en este Maldito Vicio.

*(Pachuca, 1980) Es autor de Epílogo de insomnio (Pachuco press, 2006), Bitácora del desánimo (Hgo Ediciones, 2008), Escuela del vértigo (Cecultah, 2011) y Oficio de estar solo (FETA, 2014). Es insomne.

La senda del perdedor (fragmento)

Charles Bukowski*

Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no solo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre… ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.

Andernach, 1920-San Pedro, California, 1994)
Escritor estadunidense. En la línea del anticonformismo californiano de la generación beat y utilizando un lenguaje agresivo y una temática marginal, a menudo obscena o violenta, elaboró una obra singular, entre cuyos títulos destacan El cartero (1971), Escritos de un viejo indecente (1969), Ordinaria locura (1976) y Música de cañerías (1983).

Invitación

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Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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