“Partir hacia ningún lugar y perderse en las montañas azules que apenas se distinguen en el horizonte”, eso pensaba Eloisa en aquel amanecer rosado, tan parecido al atardecer del día anterior que la noche estrellada sin Luna, que lo había precedido, no había cambiado ni siquiera el color del cielo en sus ojos negros.

Se distrajo, ya dentro de la casa, observando el cuadro que colgaba en una pared del salón. Era de gran tamaño y ocupaba casi todo el muro de enfrente de la ventana, por la que entraban diferentes haces de luces que jugaban con la pintura, haciéndola distinta cada vez que se le miraba.

Había heredado el cuadro de un tío abuelo, de quien se decía que había terminado sus días loco, aunque ella creía firmemente que aquello era tan solo una más de las leyendas familiares inventadas, al amor del fuego de una gran chimenea adornada de ángeles, en alguna noche fría en la que las estrellas brillaban en la nieve recién caída.

El cuadro representaba un mar embravecido que parecía la continuación de un cielo negro alumbrado por relámpagos. Entre las olas gigantescas apenas se podía distinguir un barco de vela que intentaba no hundirse en aquella inmensa soledad que la tormenta perpetuaba con ecos monstruosos en los corazones de los marineros. Eloisa imaginaba aquellos hombres luchando más allá de sus fuerzas para no sucumbir y se estremecía.

Secretamente estaba enamorada del joven capitán de aquel barco, quien seguramente se ahogaría con el resto de su tripulación, aunque tal vez existiera una posibilidad, por mínima que fuera, de que sobreviviera y terminara como náufrago en una isla desierta. En tal caso, se convertiría en un sobreviviente que aprovecharía los restos del barco y lo que encontrara en la isla para seguir viviendo. Seguramente, tendría la esperanza de ser rescatado algún día, probablemente más pronto de lo que pensaba. También era muy posible que ya tuviera un compañero aborigen, a quien habría rescatado y puesto nombre, que lo ayudara, pero sobre todo que le daría la compañía humana tan necesaria para no volverse loco.

La joven podía pasarse horas pensando en su héroe y en todas las cosas que le sucedían. Lo disfrutaba mucho. De hecho, estaba muy agradecida a su tío abuelo por haberle dejado de herencia aquel cuadro, que lejos de asustarla la atraía con una fuerza irresistible. El día en que sus padres le propusieron deshacerse de él, ella se opuso de tal forma que logró que no se lo llevaran a ningún otro lado. Afortunadamente, el inmenso y terrible océano, con el pequeño barco de vela entre dos holas monstruosas que lo atrapaban, siguió en el salón.

Por la noche, cuando soñaba con el náufrago, las imágenes eran tan nítidas que parecían reales. La joven se sentía muy feliz en esos momentos; aunque a veces, cuando el joven corría un gran peligro, que para él era invisible, ella se angustiaba en demasía, ya que no podía gritarle que se fuera de ese lugar tan peligroso, en el que a la sombra de un gran árbol, esperándolo, se encontraba agazapada una fiera terrible y mortal. Entonces, antes de que sucediera la tragedia, ella se despertaba angustiada.

La primavera llegó y Eloisa se olvidó del cuadro y del capitán. Conoció a un joven caballero llamado Eduardo, y con él salía todos los días a pasear por el campo y casi todas las noches a los bailes de gala que se celebraban en las espléndidas residencias que había en la ciudad.

Al joven no le gustó el cuadro de la sala, lo encontraba demasiado pretencioso. Eloisa coincidió con él y pidió a sus padres que se lo llevaran al desván de la casa. El salón parecía más grande y vacío sin la pintura, aunque la joven no lo sentía así, Eduardo lo llenaba todo en su vida. El náufrago ya no tenía ningún lugar en ella.

En un rincón del desván, cubierto con una sábana blanca repleta de polvo, la tripulación de un barco de vela seguía su eterna lucha con el mar y el cielo. Su capitán, al timón, pensaba en unos ojos negros llenos de olvido.

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