Si alguien te hubiera dicho alguna vez que el mundo caería ante el miedo a las simples gotitas de saliva ¿lo habrías creído? Yo no. Sin embargo, pierdo la cuenta de la cantidad de planes –por pequeños que fueran– que he cambiado desde el 27 de febrero que fue confirmado el primer caso del coronavirus (Covid-19) en nuestro país.

Mi rutina ha tenido grandes cambios, trato de hacer caso a la recomendación sobre la vestimenta para salir a la calle, tengo instalada mi pequeña estación de desinfección para entrar a casa, evito salir a menos que sea para resurtir víveres, tengo varias reuniones a la semana por videollamada, he dejado de besar y abrazar a mis colegas y amistades. Pero nada de esto lo he hecho pensando de manera individual y esa es la clave para entender las acciones conjuntas. Seguramente no seré la única a quien la primera preocupación entre el contagio es proteger a la familia, en mi ética laboral he pensado también en todas aquellas personas con que me relaciono, lo que me hace pensar a la vez en sus propias familias; de repente, paso de preocuparme de tres personas a preocuparme de decenas.

Esta es una cadena de empatía, que nos hace conectar con la posibilidad de la existencia de otras personas con sus propias necesidades, con sus propias familias, con sus propios deseos. Sin quererlo, un diminuto virus en el mundo ha impulsado una conexión humana de tamaño exponencial. Pese a que las recomendaciones apuntan al “aislamiento social” lo que se ve claramente es el contacto más íntimo con las y los demás, reflejado en acciones de cuidado mutuo.

Lo que mueve hoy es la corresponsabilidad de sentir que de tu actuar depende la salud de quienes te rodean, ya sea de manera directa (aquellas personas con quienes convives diariamente) o indirecta. Algunos estudiosos de las ciencias sociales ya han asegurado que los seres humanos actuamos de manera diferenciada cuando percibimos consecuencias individuales a cuando las percibimos con impacto en el entorno social. Lo que estamos haciendo como sociedad, permite convertir el cuidado a la salud en un comportamiento comunitario.

Así en medio de la ola de impulso empático hace falta plantear la duda ¿quién falta por incluirse? Las semanas pasadas hemos recibido denuncias ciudadanas de algunas colonias en la ciudad de Pachuca que han permitido el levantamiento de perros callejeros y comunitarios; noticias como esa siempre son lamentables, pero, tras un despliegue de conductas prosociales, resulta muy triste dar cuenta de que hay realidades que no llegan a ser tocadas por la sensibilidad humana.

¿Qué hace falta para que la empatía no sea centrada solamente en nuestra especie? Es entendible que la necesidad de seguridad entre la dificultad ponga en jaque la toma de decisiones, pero cuando esas decisiones vulneran los derechos de otros seres, es preciso tomar el tiempo de cuestionar. Se debe recordar que la batalla se hace para ganar la salud ante una enfermedad que está apenas siendo estudiada, y no debemos perder de vista que el cuidado mutuo implica también la protección al medio ambiente en el que convivimos con otras especies.

Veamos al mundo a través de la ventana del aprendizaje, que el miedo sea impulsor de aprendizaje y que ese cambio de rutinas por el cuidado mutuo, tenga centrado el eje de la empatía para todas las especies y no solo nuestra familia humana.

Probablemente nunca habríamos imaginado lo que unas gotículas de saliva iban a generar en el mundo, sobre todo, dejarnos una lección de que nada es lo suficientemente pequeño para generar un gran cambio.

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