Casi no me dan nada los desgraciados”, fue la queja de quien casi todos los días se coloca en uno de los tantos cruceros en las colonias populares de la ciudad de Pachuca, sin importar el frío o calor; con un silbato infantil y botellas de plástico en color verde o rojo, trata de regular el tránsito vehicular, su presencia resulta innecesaria, pues los topes obligan a los automovilistas a bajar la velocidad para darse tiempo de mirar el contraflujo.
A veces su esfuerzo es gratificado con algunas monedas, en su caso, su lucha por autoemplearse es destacada porque tiene una edad indefinida, su pelo blanco y desaliñado, las arrugas que enmarcan sus ojos y la dificultad que tiene para moverse lo presentan como un adulto mayor. En él se suman discapacidades, la más evidente es su dificultad para moverse, pero los años también agregan discapacidad porque la edad impone dificultad para ver, escuchar y merma la capacidad del autocuidado.
Todos en algún momento de nuestra vida requerimos de cuidados, en la infancia, en algún momento de enfermedad o trauma, y en la vejez, solo que las posibilidades y recursos que cada persona tiene dependen de dos factores, la primera es de origen tradicional que impone la obligación moral del cuidado que los hijos o la familia debe otorgar a los ancianos y ancianas. El segundo se debe a los propios recursos que los adultos mayores previeron para su vejez, como: seguro médico, pensión y/o jubilación, casa propia y ahorros.
Según datos de Coneval, en 2010, la tercera parte de la población en Pachuca era vulnerable por carencias sociales, 6.3 por ciento tenía carencia de vivienda y 21.3 por ciento carencia por acceso a la alimentación, es decir, seis de cada 100 personas no tienen vivienda y 20 de cada 100 habitantes no tienen certeza sobre sus alimentos del día con día. Esta población no necesariamente es desempleada o carece de ingresos, lo que sucede es que el dinero obtenido por todos y todas quienes habitan en la vivienda no alcanza para adquirir productos básicos.
Tal realidad no corresponde al municipio más marginado de la entidad, pues los datos referidos retratan a la capital del estado de Hidalgo; por ello, en Pachuca los y las adultas mayores que apostaron a la seguridad que brinda tener descendencia se están enfrentando con la realidad que impone la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, pues padres y madres proveedoras realizan un ingrata jerarquización de necesidades y necesitados, en esa competencia los y las ancianas pierden ante las exigencias de los miembros más jóvenes de la familia.
También existe la otra versión de adultos y adultas mayores que todavía les tocó el estado de bienestar que les permitió ingresar al mercado laboral formal, asegurando con ello las prestaciones sociales que se expresan en servicio médico y pensiones, ellas y ellos quizá no tengan que competir con otros para acceder a recursos monetarios, pero tendrán déficit de cuidados, porque su descendencia también está cumpliendo con el modelo de familia nuclear donde los y las ancianas ya no tienen cabida.
Los años, el género, la salud y la pobreza suman incapacidades que se manifiestan en ancianos y ancianas empacadoras en los centros comerciales, en personas en las esquinas solicitando una moneda, incluso en ancianos encerrados mirando por la ventana porque el resto de la familia está realizando su vida diaria.
Es cierto, cada vez damos menos… menos atención, menos tiempo, menos monedas, menor sensibilidad… estamos en franco proceso de empobrecimiento en todos los sentidos, solo que en algún momento de nuestras vidas también necesitaremos ser cuidados, ¿qué estamos haciendo al respecto?

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