Entre el océano Pacífico y el Golfo de México se ubica el Istmo de Tehuantepec –cuyas principales poblaciones en Oaxaca son Matías Romero, Salina Cruz, Tehuantepec y Juchitán–, una zona rica cultural y geográficamente que está enclavada en la zona de intercambio entre Chiapas, Oaxaca y Veracruz, y cercana a la frontera con Centroamérica.
Juchitán, cariñosamente llamada por sus habitantes Xavizende –una adaptación en zapoteco del nombre del santo patrón San Vicente Ferrer–, se caracteriza por una conciencia de resistencia étnica que se funda en un sentimiento de profundo orgullo y valorización de pertenecer a la cultura zapoteca, y sobretodo por un marcado matriarcado, es decir, donde las mujeres son las jefas y cabezas de familia, y ocupan un lugar relevante en su sociedad.
En Juchitán, las “tecas” son mujeres empoderadas, con roles sociales y rituales importantes, autónomas y participativas en la economía –donde construir su propia casa con sus propios medios es la primera tarea–. Si bien, los hombres obtienen la materia prima, ya sea del campo o la pesca, las mujeres son las que consiguen el dinero a partir de su venta, por ello el comercio es la base del poder femenino y el mercado –el corazón de la ciudad– es el lugar público del que son dueñas. En el Istmo no sorprende que las mujeres tomen el mando, allí la sociedad no las juzga, por el contrario, ser una teca es cuestión de orgullo.
En esta sociedad, el respeto a las madres se extiende a todos los ámbitos. Es un pueblo alegre y pacífico donde viven una sexualidad basada en la tolerancia y el amor respetuoso. Es tanto el poder de sus mujeres que incluso en algunas familias tener a un hijo muxhe –un hombre homosexual– es bien visto. Los muxhes apoyan a sus mamás al igual que las hijas mujeres, visten su traje regional, portan joyas y las acompañan a vender los productos.
Como lo dice la escritora Elena Poniatowska: “Tienen las juchitecas un carácter y un temperamento muy recios y, a diferencia de otras regiones en que las mujeres se hacen chiquitas y lloran…, ellas no, nada de abnegadas madrecitas mexicanas anegadas en llanto, en el Istmo se imponen con los holanes blancos de su tocado, el tintinear de sus alhajas, el relámpago de oro de su sonrisa”.

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