Imagine que usted lleva más de un mes viajando en un barco de vapor, compartiendo un espacio mínimo con otras mil personas y sin ver otra cosa que el inmenso y temeroso mar –eso último si tiene la suerte de viajar en primera o segunda clase, pues los de tercera pasaban la mayor parte del viaje bajo cubierta, hacinados–.
De pronto, una figura se vislumbra en el horizonte: es la silueta de una mujer que lleva un libro en una mano y una antorcha en la otra –que entonces funcionaba como un faro–. Conforme se acerca la nave al islote donde está la Estatua de la Libertad, un sentimiento de esperanza va embargando a todos los migrantes que huyen de la guerra, el hambre y la falta de empleo en sus países de origen.
A finales del siglo XIX, llegar en barco a América y, en específico, a la ciudad de Nueva York, era sinónimo de una nueva oportunidad de vida. Pero antes de descender en “la tierra de la gran promesa”, los inmigrantes debían pasar por un minucioso proceso de inspección –tanto legal como médico– en la isla Ellis para certificar que “eran aptos de integrarse a la población americana” y “no ser una carga para la sociedad”.
Ubicada en la actual Upper Bay de Nueva York, los nativos lenape –habitantes originarios de la zona– solo frecuentaban esa isla por sus bancos de ostras, de ahí que los primeros colonizadores de nuevos países bajos la llamaran Oyster Island.
En la década de 1760 la isla fue escenario de ejecuciones de varios piratas y, antes de que por ello adquiriera el mote de Isla de la horca, Samuel Ellis, un mercader de origen galés, la adquirió para administrar desde ahí sus negocios. Sin embargo, en 1795, luego de consumada la independencia de Estados Unidos, las autoridades convencieron a Ellis de venderla al recién fundado estado de Nueva York. Como este no le adjudicó otro nombre se quedó con el de su último propietario.
En 1808 el gobierno la destinó para usos militares y permaneció así hasta que en 1890 se empezó a adaptar como la principal aduana de la ciudad, debido a la enorme migración que comenzó a darse en todo el mundo hacia los Estados Unidos.
De 1892 a 1924, más de 12 millones de inmigrantes fueron inspeccionados aquí antes de permitirles su entrada al país. Solo el 2 por ciento fue deportado ya fuera por ser criminales reincidentes, anarquistas, polígamos o portadores de alguna enfermedad grave e infecciosa.
Durante la primera Guerra Mundial disminuyó la afluencia de migrantes –sobre todo porque muchos barcos de pasajeros fueron hundidos– y los galerones se emplearon para recluir a enemigos o a sospechosos de conspiración contra el gobierno. Luego de la Segunda Guerra Mundial se establecieron reglas internacionales que dieron fin a la inmigración masiva hacia los Estados Unidos.
En 1990 el edificio principal fue restaurado –con un costo de más de 160 millones de dólares– para convertirlo en el Museo de la migración, donde ahora más de 100 millones de personas pueden consultar en sus archivos la fecha exacta en que arribaron sus antepasados.
Si usted tiene oportunidad de caminar por alguna de las 29 construcciones abandonadas que integran la otrora “aduana más visitada del mundo” –donde antes se ubicaban la morgue, el hospital, las habitaciones para médicos y enfermeras, así como el área de cuarentena– no se extrañe de percibir cierto aire fantasmal, pues, se dice que el espíritu de quienes se escondieron para evitar la deportación sigue rondando entre los pasillos.

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