Han pasado 207 años desde aquel ignominioso julio de 1811 en el que fue fusilado Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor quien pasó a la historia de México como el “padre de la patria”. Calles, colonias, delegaciones, monumentos, etcétera, llevan el apellido del prócer –Hidalgo– como muestra de respeto e infinita gratitud. Nuestro estado no es la excepción, se llama Hidalgo y es justamente en honor a tan augusta personalidad. Repasemos pues, los últimos momentos del caudillo en pleno calvario.

El tribunal de la Inquisición tenía abierto un proceso contra Hidalgo desde julio de 1800, acusándolo de hereje y apóstata de la religión; proceso que se reanudó en septiembre de 1810 y en el que se le declaró: “Amante de la libertad que proclamaban los enciclopedistas y en consecuencia hereje, judaizante, libertino, calvinista y grandemente sospechoso de ateísmo y materialismo”. Consideradas agotadas las averiguaciones, el licenciado Bracho formuló su dictamen enumerando las agravantes, concluyó que Hidalgo era “reo de alta traición y mandante de alevosos homicidios y que debía morir por ello, confiscársele sus bienes y quemar públicamente sus proclamas y papeles sediciosos”. A la ejecución de Hidalgo debía preceder la degradación hecha por un juez eclesiástico. El canónigo Fernández Valentín, por órdenes del obispo de Durango, procedió al acto de la degradación el 29 de julio con todas las ceremonias estipuladas en el Pontifical Romano.

En una mesa colocada cerca de un altar improvisado en uno de los corredores del hospital Militar, se colocó una vestidura eclesiástica, ornamentos, un cáliz con patena y unas vinajeras. Hidalgo, escoltado y encadenado, compareció ante el juez eclesiástico Fernández Valentín y dio principio la ceremonia. Se le despojó de los grilletes y lo revistieron con las prendas eclesiásticas; Hidalgo echó en el cáliz un poco de vino, puso sobre la patena una hostia sin consagrar y con el vaso sagrado entre sus manos se puso de rodillas a los pies del juez. Quitándole el cáliz y la patena, Fernández Valentín pronunció las palabras de execración y con un cuchillo raspó las palmas de sus manos y las yemas de sus dedos y dijo: “Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”. Acto seguido le fue quitando uno a uno los ornamentos sacerdotales hasta que al despojarlo de la sotana y el alzacuello, dijo: “Por la autoridad de Dios omnipotente, padre, hijo y espíritu santo, y la nuestra, te quitamos el hábito clerical y te desnudamos del adorno de la religión y te despojamos, te desnudamos de todo orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica, te devolvemos con ignominia al estado y hábito seglar”. Al retirarle las prendas sacerdotales, se halló en su pecho un escapulario con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la que se despojó él mismo, pidiendo se mandara al convento de las Teresitas de Querétaro, quienes se lo habían obsequiado.

Se le cortó el pelo hasta no dejar seña alguna del lugar de la corona, pronunciando el ministro las siguientes palabras: “Te arrojamos de la suerte del señor, como hijo ingrato, y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdote, a causa de la maldad de tu conducta”. Consumada la degradación, se le hizo poner de rodillas ante el juez Abella, quien leyó la sentencia condenándolo a pena de muerte. Fue conducido a la capilla por el teniente Pedro Armendáriz y al amanecer del 30 de julio, se presentó el padre Juan José Baca, quien lo confesó y le dio la absolución. Un tambor con sus redobles y las campanas de los templos anunciaron a los vecinos y al condenado a muerte que había llegado la hora de marchar al paredón. Fuera del edificio lo resguardaban más de mil soldados que llenaban la plaza de San Felipe; en el interior lo esperaban, encargados de la ejecución, un pelotón de 12 soldados a las órdenes de Pedro Armendáriz. Hidalgo pidió se le llevaran los dulces que había dejado en la capilla, mismos que entregó a los soldados que habrían de hacerle fuego, mientras les decía: “La mano derecha que pondré sobre mi pecho, será, hijos míos, el blanco seguro al que habéis de dirigiros”. Siguió su marcha rezando un breviario que llevaba en la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía un crucifijo.

El cura de Dolores besó el banquillo colocado cerca de la pared y después de un altercado por negarse a sentar de espaldas, se sentó de frente y entregó a un sacerdote el breviario y el crucifijo. Le ataron las piernas a la silla, le vendaron los ojos y se colocó la mano al pecho; formados frente a él de cuatro en fondo, el pelotón disparó tres descargas que acabaron con su vida. Una vez desatado el cadáver, se colocó en una silla para la expectación pública y al anochecer se introdujo al edificio donde le fue cortada la cabeza. Su cuerpo fue reclamado por los padres penitenciarios de San Francisco, donde lo velaron y le dieron sepultura.

El martirio del prócer fue lamentable, sobre todo si tenemos en cuenta que para la época y para un sacerdote la degradación religiosa era una calamidad. Que sirva su figura para emularlo y tratar de realizar para nuestra sociedad lo que más convenga sin miramientos elitistas. Sería agradecido y solidario poder buscar el bien por el bien mismo. Hoy en nuestro estado, que justamente lleva el nombre del prócer a 207 años del fusilamiento de Miguel Hidalgo bien valdría la pena hacer una introspección para analizar que de bien se ha logrado y cuantas deudas se tienen aún pendientes. A todos nos toca el poner manos a la obra y empezar por quienes están a la cabeza del gobierno y son justamente servidores públicos de la ciudadanía, que den el ejemplo.

¿Qué ha hecho la administración actual? Solo mezquindades al no realizar hechos simbólicos que dejen un estigma a posteriori. Basta a “vuelo de pájaro” mirar la deplorable condición de la capital de nuestro estado, carente de un asfalto que merece ser removido, luz eléctrica ausente, pillaje en cada colonia que integra la mancha urbana, maleantes que asaltan cual viles forajidos, en pleno autobús y en plenas calles, arterias importantes de la capital.

El gobierno solo ensimismado para no perder sus canonjías y los ciudadanos a merced de esos hijos del averno; ¿Hasta cuándo? Bueno, hasta que exista otro Miguel Hidalgo o incluso otros que lo emulen y  que se enfrenten ante la decadencia política de las rémoras que siguen existiendo en este país. Pero ellos henchidos de orgullo buscan reestructurar su partido, un club de mediocridad, una grosería al honor y búsqueda del bien como en su momento lo busco Miguel Hidalgo. ¿Tú lo crees?… Yo también.

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Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.