Son originarios de Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y de cualquier otra parte del mundo donde sus condiciones de vida son más inhumanas que el infierno de cruzar el territorio mexicano; la esperanza de ingresar a Estados Unidos les permite soportar las caminatas, cuyas jornadas se notan en su piel quemada, sus labios resecos y el cansancio de sus pasos que les obliga a hacer una pausa. Llegan al refugio para migrantes, sus ropas son de color indefinido y su calzado apenas soporta un paso más; sus peticiones son básicas: comida y un espacio para asearse y descansar.
Hace días un grupo de estudiantes y yo visitamos un refugio para migrantes, al mismo tiempo que nosotros llegaron unas personas con canastas y bolsas repletas de artículos de despensa, por su forma de vestir y calzar deduje que su ocupación es el campo, su vestimenta y su calzado era pulcro pero modesto, quizá apenas ganen lo suficiente para cubrir las necesidades de su familia y aún son capaces de compartir sus recursos. Más tarde los estudiantes y yo pudimos platicar con los voluntarios y los propios migrantes; los primeros son personas de comunidades circunvecinas que en conjunto forman una parroquia, cada mes renuevan los turnos para atender la casa.
Miré alrededor del refugio, las comunidades circunvecinas no proyectan prosperidad y entonces entendí el significado de la leyenda escrita en una de las paredes: “Quienes sostienen esta casa son gente pobre y quienes servimos y dirigimos la casa no somos asalariados”, en pocas palabras, el refugio para migrantes es un espacio creado por personas pobres para ayudar a otras personas más pobres.
Los donatarios y voluntarios tienen poco pero comparten mucho, ellos y ellas no reciben salario, no disponen de jornadas fijas de trabajo, no distinguen días festivos porque a cualquier día o cualquier hora reciben o despiden migrantes, aunque las horas pico coinciden con el paso del tren.
Los encargados del refugio nos informaron que en diciembre y enero pasados el número de migrantes se triplicó.
“¡Haga de cuenta que alguien los había llamado a Estados Unidos antes de que Trump llegara como presidente!”
Fueron las palabras de Juan a manera de explicación sobre el monto de migrantes atendidos; según el mismo informante, en el pasado predominaban hombres, ahora mujeres y niños han incrementado su presencia en el refugio, incluso hay familias completas; todos coinciden en señalar que prefieren aventurarse en un viaje que continuar viviendo pobreza, violencia en cualquier expresión o un futuro incierto para sus hijos. “En México hay pobreza pero tienen comida, allá no tenemos ya nada”, dijo un migrante.
En ese lugar recordé que la pobreza tiene grados y también aprendí que los calcetines y la ropa interior son bienes cuya carencia deriva en pies ulcerados y piel rozada.
En el estado de Hidalgo existen comedores y refugios para migrantes, uno en Atitalaquia y otro en Huichapan, sus necesidades son muchas y se incrementan en la medida que existan personas buscando cumplir el sueño americano, ahora en los refugios también reciben a quienes despertaron de su ilusión cuando fueron deportados por las autoridades estadunidenses, obligándolos a emprender el viaje de retorno a sus lugares de origen. Así los migrantes de ida o vuelta llegan a los refugios, por ello las necesidades son muchas y los recursos escasos, por tanto, cualquier apoyo en especie o trabajo voluntario es invaluable. Para brindar apoyo, dirigirse a la parroquia de los municipios de Huichapan y/o Atitalaquia en el estado de Hidalgo.
Migrantes o no, creyentes o ateos, sabios o ignorantes, jóvenes o ancianos, eso es intrascendente cuando entendemos que somos personas con dignidad que debe ser cuidada por todos y todas.

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