Gloria in excelsis

El trabajo doméstico en blanco y negro

Hay dos cosas que jamás deben perderse a pesar de las adversidades:
la esperanza y los sueños. Eso es lo que me levanta cada mañana

“Este es
un trabajo que duele porque la gente no te da valor como ser humano”

En México, 2.4 millones de personas trabajan en el hogar de manera remunerada; hay quienes piensan que arte de limpiar una oficina, una casa, un espacio, es heredado por la pobreza y el rezago escolar. Hay quienes piensan que es un oficio que no merece ser reconocido y por esa razón en nuestro país únicamente uno por ciento de las trabajadoras domésticas cuenta con seguro social, Gloria no está entre ellas.

[ Lorena Piedad ]

La historia de Gloria comenzó en la década de 1950 cuando su madre huyó de San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, una tarde en que descubrió que existía vida más allá de su entorno, una tarde en que su hermano mayor la dejó sentada en una banqueta en esa encantadora ciudad capital reconocida como Patrimonio de la Humanidad, la madre de Gloria había ido a vender la leña que su padre cortaba, su hermano le dijo que no se moviera de esa banqueta, pero ella tenía alas. La madre de Gloria jamás olvidará cuando una señora, de aquellas que miran por encima del hombro, le preguntó si quería irse con ella al extinto Distrito Federal a trabajar “como su muchacha”; la madre de Gloria quería volar, ser grande, no envejecer dentro del único mundo que conocía, tenía 13 años. Aceptó, y es ahí donde todo inició…

La vida de Gloria se divide en dos casas: la suya y la de su patrona, una empleada de gobierno que asume con orgullo su puesto, el que sí considera un empleo formal y digno. Gloria confesó con un semblante cansado y un atisbo de coraje que algunos días no eran buenos, principalmente el día que contó su historia, al limpiar la habitación de su patrona descubrió que escondió unas piezas de pan dulce en su armario para que “su muchacha” no se las robara, o lo que es peor, se las comiera, esa fue la razón para dar voz a su historia en nombre de todas aquellas que cada mañana piensan en sus viejas ilusiones en una casa que no les pertenece.
Una mujer tímida, de cabello largo y piel morena frota sus manos para tratar de controlar su nerviosismo, tiene mucho que contar sobre un oficio en el que inició a los 15 años, hoy tiene 53. ¿Qué le hubiera gustado estudiar? Sonríe y mira a la distancia, como si allá se encontraran esos viejos anhelos, “nunca pensé en eso”, responde.
Gloria no se parece a los inevitables estereotipos que vemos en la televisión, no tiene un cuerpo escultural, cabello perfecto, ni porta un uniforme impecablemente ajustado; Gloria es madre, hija, ciudadana, mujer, como usted o como yo, su oficio fue heredado por su madre y pensó que sería suficiente cuando a los 16 años creyó en el amor porque “las mexicanas solemos girar en torno al amor como burras de noria, insistimos en un rey Salomón que nos bese con los besos de su boca, nos diga que nuestros pechos son gemelos de gacela, nuestro vientre un montón de trigo cercado de lirios y que bajo nuestra lengua hay un panal de leche y miel. Se nos va la vida en ese gran engaño que es la esperanza”, describe Elena Poniatowska en Las siete cabritas; así es como Gloria inició su recorrido por un sendero que más tarde descubriría, estaba compuesto no solo de violencia intrafamiliar, sino de discriminación y bajos salarios.
“He conocido muchos hogares, a muchas familias, algunas han sido buena gente, a otras les eres indiferente. La primera vez que yo quise dejar este trabajo fue a los 30 años, cuando una patrona me dijo que yo debía ‘atender’ a su esposo en lo que me pidiera. A veces las personas te piensan indefensa y buscan sacar ventaja de la necesidad que una tiene de trabajar.”
Las malas decisiones, en la mayoría de los casos, cobran factura con el paso de los años, Gloria lo confirmó cada vez que deseaba renunciar a su empleo y el alcoholismo de su esposo le recordaba que tenía tres hijos que alimentar, calzar y educar. Después de algunos años de lavar ropa ajena, cocinar para otras personas que rara vez dicen “gracias”, limpiar habitaciones y salir de zonas residenciales cada atardecer para regresar a su realidad en blanco y negro, encontró un trabajo donde pensó que todo sería diferente realizando la misma actividad: limpiar.
“Entré a trabajar a la procuraduría del estado, creí que me había librado de los malos tratos y largas jornadas. Una piensa que como estará entre licenciados, personas con estudios, te van a tratar mejor, pero me equivoqué. Encontré buenas personas en ese camino, pero para la mayoría el personal de limpieza es invisible, existe únicamente para mantener sus oficinas impecables, como robots programados a la atención de sus exigencias. Me iba mejor económicamente a cambio de jornadas de seis de la mañana a nueve de la noche, sufriendo discriminación en un lugar que se encarga de impartir justicia a los ciudadanos.”

“Yo recuerdo una casa que he dejado. Ahora está vacía. Aquí donde su pie marca la huella, en este corredor profundo y apagado, crecía una muchacha, levantaba su cuerpo de ciprés esbelto y triste”

Rosario
Castellanos

El arte de limpiar no es exclusivo de mujeres, como si el pasado fuera una condena dispuesto a repetirse, dos de sus tres hijos se convirtieron en los herederos del oficio. Gloria baja su mirada cada vez que se siente culpable de esa herencia, cada vez que recuerda que su hijo mayor, Hugo César, con tan solo 18 años entró a trabajar al Servicio Médico Forense, ubicado a un lado de la procuraduría de esta ciudad. Su voz se quebranta cuando narra que Hugo César también conoció el abuso laboral, fue contratado para limpiar los pasillos, pero convivió con la muerte cada vez que fue obligado a limpiar cadáveres y las frías planchas donde reposan.
“Este es un trabajo que duele porque la gente no te da valor como ser humano, pero me duele mucho más saber que fui yo quien arrastró a mis hijos a esto, a limpiar, por no haberlos impulsado a estudiar. A mí nunca me gustó la escuela, pero si ahora lo pienso, no le deseo a nadie lo que yo he sufrido. Yo siempre les digo a las jóvenes que he conocido en este oficio ‘prepárense, no se queden aquí’, hoy sé que debí estudiar, buscar oportunidades, porque las personas que estudian no se dejan.”

Gloria lleva un año cuatro meses recorriendo cada mañana las calles de Campestre Villas del Álamo para llegar a su trabajo, dice que está cansada y su semblante lo confirma; cuando la contrataron le prometieron una jornada laboral de cuatros horas por 87 pesos diarios, 650 semanales o mil 300 quincenales, como se lea con menor indignación; sin embargo, trabaja siete horas por un mismo sueldo, si falta un día le descuentan dos, y el pasado diciembre no esperó un aguinaldo porque sabía que no llegaría, y acertó.
“Para los patrones no existen prestaciones pero tampoco problemas, piensan que una no tiene derecho a enfermarse o que no debe haber más prioridades, ellos quieren regresar a su casa y encontrarla limpia, no hay más.”

¿Qué la motiva a levantarse cada mañana?

“Mira, te voy a decir algo, hay dos cosas que jamás deben perderse a pesar de las adversidades: la esperanza y los sueños. Eso es lo que me levanta cada mañana.”
Gloria duerme cada noche conectada a una máquina de oxígeno, siempre tuvo problemas respiratorios, pero le gusta imaginar que quizá así sus sueños son los que respiren mejor; fue víctima de violencia intrafamiliar, acoso y discriminación laboral gran parte de su vida, salvo su infancia que transcurrió feliz y libre, principalmente libre, en un barrio conocido como de Las Cuevas, cerca del cerro de la Estrella en Iztapalapa; hoy todavía es un trabajadora doméstica, como lo fue su madre durante 40 años, pero es tiempo de ver sus ilusiones.
Hace un par de meses inició una microempresa de venta de artículos, sí, de limpieza junto al menor de sus hijos, sonríe; comprende que el pasado se marchó para siempre, que el futuro está fuera de su alcance y que lo único que importa es el presente. Y a nosotros, la perseverancia, y más aún la resistencia de Gloria, nos recuerdan que tenemos espíritu pero necesitamos temple.

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