Su caso

“Lo que menos imaginé era que me iba a enfrentar a una enfermedad de esa magnitud, porque un día vas a despertar y un órgano vital de tu cuerpo, de ti, ya no estará”

El aprendizaje de Beatriz inició desde que era niña, su vida siempre le pareció diferente a la de las demás porque en casa las cosas pintaban distinto cada vez que miraba los cuadros familiares y el suyo estaba compuesto por su abuela materna, su tío y la visita de su abuelo cada fin de semana. No habla mucho sobre la historia de sus padres, prefiere evitar esos vagos recuerdos; su papá tiene un número en la estadística de los migrantes mexicanos sin documentos legales residentes en Estados Unidos, se fue con la idea equivocada de que en su ausencia su hija de cinco años tendría una vida mejor.
Beatriz creció entre casas rentadas ubicadas en las calles del centro de Pachuca; cuando tenía 11 años su madre llevó a su casa a una niña menor que le dijo era su hermana, desde ese primer encuentro se comprometió consigo misma a cuidar, amar y ser un ejemplo a seguir de esa niña. Su infancia transcurrió entre carencias económicas y algunas veces afectivas, muchas noches pensaba en su madre deseando poder entrar a casa y que fuera ella quien la recibiera con un plato de sopa caliente y un beso en la mejilla, pero la realidad era otra y ella lo aceptó lo mejor que pudo…
Prendía la televisión únicamente para observar la vida de los personajes de las telenovelas y soñar con que algún día tendría una casa parecida a lo que veía, la falta de impulso por parte de su familia y su confusión sobre si lo lograría impidieron que continuara sus estudios más allá de la secundaria, entonces entró en el mundo real donde tienes que trabajar para ser responsable y aportar dinero a la casa, aun así conserva su convicción cada vez que alguien atina a la inevitable pregunta: ¿Qué te hubiera gustado ser de grande? Cantante, responde sin dudar un segundo.

La vida es un sueño, pero también una prueba

Con el paso de los años, recorriendo un sinfín de trabajos informales y después de dos intentos fallidos de estudiar el arte de ser estilista, conoció a José, que se convirtió en su esposo y a los 22 años se convirtió en madre después de 26 horas en labor de parto.
Un tiempo se dedicó a recorrer los negocios ubicados en el bulevar Colosio para ofrecer el pastel helado que ella misma preparaba, pero caminar por unos cuantos pesos a veces cansa y decidió que buscar un trabajo formal era la mejor decisión, hoy duda si fue un acierto o un error.
Un día que parecía común fue notificada sobre su ingreso a una tienda de autoservicio que en sus fachadas porta los colores de México: verde, blanco y rojo. La idea de haber obtenido un trabajo con prestaciones y un sueldo fijo cada quincena la emocionó, pensó en lo que compraría para su familia. Sería empleada en el departamento de damas, doblando la ropa que las personas en su ajetreada vida desacomodan la mayoría de las veces sin comprar.
Cumplir un horario de 4:30 de la tarde a 10:30 de la noche a cambio de un sueldo de 3 mil pesos mensuales, es decir, mil 500 quincenales o si se prefiere 750 pesos a la semana, como se lea con menor indignación. Sin embargo, para Beatriz lo importante era su trabajo formal, laborar lo suficiente para empezar a ganar puntos y algún día poder tramitar su casa, pero entre tantas ilusiones olvidó que la vida está compuesta no solo de sueños, sino también de pruebas.
“A las pocas semanas de entrar a trabajar, empecé a sufrir un dolor intenso en los riñones, mi compromiso con la empresa empezó a verse afectado porque pedía permiso para salir rumbo a urgencias una, dos, tres veces, hasta que un día me detienen en el IMSS para someterme a análisis con el fin de detectar la causa real de lo que me sucedía. Estuve internada una semana con dosis de morfina para soportar el dolor y después supe que vendría una dura realidad cuando los médicos me dijeron que nací con una malformación en uno de mis riñones y que estaba lleno de agua, que era urgente retirarlo, entonces vi todo gris.
“Tenía 27 años y lo que menos imaginé era que me iba a enfrentar a una enfermedad de esa magnitud, porque un día vas a despertar y un órgano vital de tu cuerpo, de ti, ya no estará, debes enfrentarte al dolor de la recuperación, al miedo y la depresión. Cuando salí de la operación me sentía vacía por dentro, nunca había experimentado tanto dolor en mi vida, supe que venía un proceso difícil.”

“Tan honesta parece
y tan hermosa
mi casta Beatriz
cuando saluda,
que la lengua temblando queda muda y la vista mirarla apenas osa”

Fragmento del poema
“Saludo a Beatriz” de Dante Alighieri

Beatriz mira hacia una pared mientras sus ojos se cristalizan, nadie podría imaginar que el espíritu de esa mujer de aspecto frágil lucha cada día por estar mejor con ímpetu y fortaleza; mientras vivía el proceso en el hospital, la empresa de la que era empleada asegura que únicamente entró a laborar ahí para obtener el seguro social, nadie imagina que fue algo inesperado, que la enfermedad no respeta sueños, ni responsabilidades.
“En el proceso de recuperación, me convertí en hipocondríaca, sentía que todo lo que comiera me haría daño y me regresaría al hospital y al mismo tiempo mi ansiedad estaba reflejada en la comida, veía los comerciales de la televisión y sentía desesperación por no poder comer como antes, mis hábitos alimenticios eran lo primero que debía modificar. Aunado a eso tuve que regresar a trabajar en cuanto sentí que podía caminar, pero la realidad fue muy distinta cuando volví. Me sentía señalada porque el médico indicó que no podía hacer ningún tipo de esfuerzo físico, no podía cargar cosas, ni mucho menos realizar tareas que implicaran estar de pie mucho tiempo, y eso mis compañeros no lo entendieron, empezaron a juzgarme por el trato ‘especial’ que recibí, el gerente creía que solo había entrado a la tienda para beneficiarme con el seguro social y de un momento a otro tuve que recuperarme de la operación e ignorar el acoso laboral que comencé a vivir.”

claves

+Su infancia
transcurrió entre
carencias económicas
y algunas veces
afectivas

+Conoció a José,
quien se convirtió
en su esposo y a los 22 años
se convirtió en madre después
de 26 horas en labor de parto

+Entre tantas
ilusiones
olvidó que la vida
está compuesta no solo de sueños,
sino también de pruebas

[ Lorena Piedad ]

Beatriz es una mujer de 28 años, casada, tiene un hijo de seis años y una mirada que incita a la nostalgia; cada noche, de ocho a 10, acude a una sesión de un grupo de Alcohólicos Anónimos; mientras narra su historia, sentada en una silla blanca, raspa el esmalte negro de sus uñas que reflejan sus episodios de ansiedad, oculta su sonrisa detrás de sus labios pintados de rojo que resaltan de su blanca piel. Su mirada brilla cuando recuerda que de niña quería ser cantante porque era fan de Paulina Rubio: “Cuando tenía siete años la conocí en un concierto y me cargó”; dice que ponía una grabadora y simulaba tener un micrófono para interpretar las canciones de la Chica Dorada, sonríe cuando admite que aún canta cuando está sola. No se convirtió en cantante, pero sí en una mujer con fortaleza desde hace dos años cuando aprendió a vivir con un solo riñón, se llama Beatriz Adriana, no es la cantante, pero sí una mujer de fe…

En búsqueda de la fe

“Hoy asisto a esta agrupación de AA, vengo con mi esposo desde mucho antes de mi operación, me gusta estar aquí porque me ayudaron a contrarrestar mi ansiedad y la neurosis que incrementó luego de lo que sucedió. Los sueños no deben perderse, por eso mantengo la esperanza de algún día tener mi propia estética, ver crecer a mi hijo y no perder de vista que la vida es frágil. ¿A mí qué me salvó? Dios.”

Beatriz y el dolor del crecimiento

A las pocas semanas de entrar a trabajar, empecé a sufrir un dolor intenso en los riñones, mi compromiso con la empresa empezó a verse afectado porque pedía permiso para salir rumbo a urgencias

“¿Se quiere morir?”

“Yo misma reconozco que a partir de entonces mi desempeño fue débil, por algún lado se escapó mi compromiso con la empresa, empecé a cansarme de las situaciones que me rodeaban; a veces tenía que seguir pidiendo permisos para ir a mis consultas de valoración y no encuentras la comprensión por ninguna parte, mi jefe inmediato se molestaba y al llegar al hospital presenciar la falta de sensibilidad de los médicos. Un día una mujer, que una piensa que por ser mujer te va a entender, empezó a dictarme la lista de los alimentos que debía consumir y le expliqué lo difícil que era para mí adaptarme a este nuevo estilo de vida, ¿y sabes qué me respondió? ‘¿Se quiere morir? Porque si no entonces debe comer pollo y verduras de por vida’.
“Creo que mientras estuve en la empresa jamás me recuperé en totalidad, superé los trastornos de la operación, la ansiedad por la comida y la depresión por la falta de uno de mis riñones, pero estaba bien unos días y después me enfermaba de la garganta, del estómago o de la angustia de perder mi trabajo, hasta que sucedió.
“Tuve que faltar tres días por una infección en la garganta, pero cada falta fue justificada con la receta médica, sin embargo, cuando regresé a mi empleo, la persona de la puerta no me permitió pasar mi tarjeta de checar, me dijo que eran instrucciones. Cuando fui a buscar al gerente, me miró con indiferencia mientras platicaba con otra persona, me llamó con otro nombre y solo se limitó a avisarme que no podía seguir trabajando más para ellos, dio la media vuelta y comenzó a caminar. Con taquicardia y preocupación lo seguí para pedirle una segunda oportunidad, pero se negó, simplemente estaba despedida.
“Sentí impotencia por la forma en la que me despidieron, sin un ‘gracias’ o al menos preguntar por mi recuperación, pero en el fondo también me sentí aliviada de saber que no lidiaría más con el trabajo excesivo al que muchas veces fuimos sometidos, ahí todos descargan la mercancía sin importar la complexión de nadie, se irían los comentarios hirientes de mis compañeras, y la contradicción de perder un sueldo que no alcanza para mucho, pero algo es algo.
“No demandé por el despido injustificado porque también debía ser honesta conmigo y aceptar que mi desempeño no fue el mejor, recibí con gratitud mi liquidación y me fui, porque desde que perdí mi riñón ya no pienso como antes. Nunca olvidaré el día que salí del hospital en silla de ruedas, miré al cielo y supe que mi vida sería diferente, pero lo agradecí porque la enfermedad me hizo madurar y principalmente valorar.”

¿Qué te gustaría compartir
a otras personas que enfrentan
una situación como la tuya?

“Que tengan fe, todo lo bueno o malo que te pase debes saber que es para algo, en mi caso, la enfermedad irónicamente trajo luz a mi vida.”
Beatriz sonríe y su mirada se ilumina mientras bebe una taza con té y pregunta si estuvo bien su relato, aún no se da cuenta que su historia de vida nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

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