Según datos de 2018 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en México las personas trabajan un promedio de 2 mil 255 horas al año, lo que se traduce en 48 horas a la semana, cantidad que excede a países como Alemania, que trabajan alrededor de mil 383 horas; en términos generales, la diferencia es de poco más de un mes por año.

El caso de las mujeres trabajadoras que se encuentran por encima de los 18 años tiene sus particularidades: ellas invierten en promedio 77 horas a la semana en trabajo doméstico no remunerado, mientras que los varones alcanzan apenas las 22 horas (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Inegi, 2017).

Si hacemos la suma del trabajo doméstico promedio y las horas de trabajo, las mujeres quedan con apenas seis horas al día para dedicar a otras actividades, que no sonaría tan mal si no tuvieran que dormir. Esa situación ha sido descrita por las teóricas feministas como “el segundo turno”, es decir, las mujeres que además de cubrir su jornada laboral obligatoria deben dedicar su tiempo a los cuidados de terceros, como personas con discapacidad, enfermedad, niñez o adultos mayores.

Destaca que, incluso cuando las mujeres encuentran un espacio de tiempo libre, deciden ocuparlo con actividades domésticas, el típico caso de lavar trastes o planchar mientras se ve la televisión, impidiéndoles tener pasatiempos o actividades que escapen a las responsabilidades.

En su libro La gran revolución doméstica, Dolores Hayden habla sobre la construcción de la imagen de “esposa”; a través de sus estudios, asegura que la posguerra en Estados Unidos (EU) les tendió una enorme trampa a las mujeres para que salieran de las fábricas y se concentraran de nuevo en atender el espacio doméstico, esto con el uso de publicidades que mostraban a mujeres felices utilizando electrodomésticos y viviendo en matrimonio en las afueras de la ciudad, lejos del ruido y el caos de los concurridos centros urbanos. Estas “esposas” eran mujeres al servicio de otros, siempre pendientes de su arreglo personal y sin aspiraciones que superaran las cuatro paredes de su hogar.

Sin embargo, esto sería solo un sueño construido sobre arena, el sistema económico exige a las parejas buscar más de una fuente de ingresos para cubrir gastos de vivienda y manutención, lo que se conoce como “hogar sin esposa”, sean las parejas heterosexuales o no. Saskia Sassen, socióloga feminista, asegura que esta condición orilla a las mujeres a contratar a otras mujeres para llevar a cabo las labores domésticas y de cuidado, esto se vuelve especialmente complejo cuando se hace notar que las mujeres que suelen contratarse para dichos trabajos en los países más desarrollados son migrantes. En el caso de algunos países europeos y EU se encuentra que las mujeres latinas, afrodescendientes y árabes suelen ocupar esos lugares; en el caso de México, las mujeres provenientes de pueblos originarios son quienes suelen migrar a las ciudades para dedicarse al trabajo doméstico, esto genera una reacción en cadena: las mujeres contratantes relegan las responsabilidades del papel de “esposa” a otras mujeres que no pueden permitirse pagar por estos mismos servicios, generando descuidos en quienes dependen de ellas, al ser su papel el del único y más importante sostén. Es importante resaltar además, que las trabajadoras domésticas suelen encontrarse en clases sociales bajas.

Si las mujeres son las cuidadoras primarias en nuestra sociedad, si el Estado ha fallado en procurar cuidados para las poblaciones dependientes, si nosotras mismas contribuimos a la explotación de otras mujeres, sería importante preguntarnos de qué modo hemos de modificar la forma en la que vivimos, preguntarnos por qué la ordenación de nuestras vidas debe girar en torno al trabajo, por qué hemos de hacer enormes sacrificios que no tienen garantía de pago. Es momento de hablar no solo de la inclusión de las mujeres en grandes puestos en grandes organizaciones, sino de la repartición de tareas domésticas y de cuidados entre varones y mujeres de cada familia y por qué no, de paso, trabajar menos. Mujeres, luchemos por nuestro tiempo libre, lo merecemos.

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