La anciana mujer en incansable enseñanza a lo que más quería, sus feroces pelones, sentada en la hermosa fuente del monumento a don Hidalgo junto a la artística y magnífica herrería de hierro forjado en el jardín Constitución, plaza primigenia y principalísima hasta el siglo pasado, ahí recordó que la población del mineral de Pachuca en 1950 llegó a 50 mil habitantes. La vieja villa de argento experimentaba cambios profundos con nuevas oportunidades de trabajo creciendo a la par de cabarets, prostitutas, tugurios y desplumaderos de la torcida calle de Gómez Farías y callejones aledaños en las coronaciones del cerro del Lobo o de Las Coronas.
Los cambios se sintieron profundamente también en la música, en esos lugares de perdición se escuchaban sones cubanos, danzones, cha-cha-cha y guarachas atrayendo a más concurrentes, gozaba de estas músicas la clase obrera junto con la clase media que fueron elevando su nivel económico por el establecimiento de industrias en la región cercana. Notábase más el desequilibrio social, a pesar del adelanto económico para algunos, la más perjudicada siguió siendo la clase minera, barretera marginada que lejos de mejorar se vio aún más desprotegida, arrebujándose en el creciente número de vecindades en los lugares cercanos al centro, portal plaza Constitución.
“Fue en un cabaret donde te encontré bailando, vendiendo tu amor al mejor postor soñando…” en las tinieblas de la noche que discurrían, casi al amanecer, después de haber sorteado innumerables tugurios, muchos eran los que lograban esquivar las cantinas evitando tentaciones por el alcohol, para llegar a los cabarets entre música que ya no se sabía de dónde sonaba, si de las rockolas o de la viva. La anciana aseguró que las ficheras “fueron el alma de esos desplumaderos, de los enborrachaderos, del arrabal de allá arriba”, eran mujeres que ofrecían su tiempo para acompañar, limpiar de sus centavos a los embrutecidos alcoholizados, ofertaban su cuerpo, su carne, como mercancía de los placeres como todo comerciante por necesidad de tener unos centavos,
por tradición o por deseo.
Ante tal comercio, la abuela como docta economista resolvió “todo es un intercambio donde el marchante escoge lo que puede pagar y disfrutar, y el ofertante lo que puede vender”, susurraba en voz baja, en un suspiro, “si el trabajo no cansara no habría tanta prostituta allá arriba, en las esquinas, en el centro por la plaza y hasta en el atrio de doña Asunción, ¡ellas nunca han sudado antes del amanecer!”. Se pagaba por la compañía para bailar los cadenciosos ritmos cuerpo a cuerpo de Nereidas, Salón México, Teléfono a Larga Distancia, Masacre, Juárez, Almendra, Rigoleto y Silencio, la algarabía se fundía con la música de los danzones, de La Matancera, La Santanera, Bienvenido Granda, Celio González, con los olores, el alcohol, la droga, el efecto de la desvelada, las prostitutas, los aromas, las depresiones, los trastornos mentales.
Ella bien sabía que “fue una verdadera patraña contar que los danzones en los cabarets se bailaban en un tabique, era de la manera clásica de cartón de cerveza se disfrutó, bailó y gozó de estropajo con estropajo hasta sacar espuma”. Fichaban las güilas en cualquier tugurio como en La Negrita, en el Salón México, El Villas del Mar, El Pigalli, El Balaika<-San Gregoris o en El Abanico inolvidable. Lugares a donde minutos antes de las 12 de la noche se caminaba, casi se corría, para estar desde las primeras notas de la variedad habiendo pasado ya con poco tiempo al puesto de tacos de El Alma Grande, despachado por don Pepe con el Fello-el Mota, chamaco que además asistía a las damas llevándoles de la tienda Noches de Ronda papel sanitario Nevada, jabón Jardines de California, Benzal.
“Ese es un borracho, un paria, un perdido, un ave sin rumbo, un cielo sin Sol, un mar sin arena, un mundo extinguido, por ser un borracho no vive mejor…” salían de El Abanico de doña María Teresa los exuberantes ritmos expresados en los movimientos de bailarinas inspiradas en las de los cabarets de la Ciudad de México, al compás de notas de piano, flauta, saxofón… ejecutadas por Rafael y su Yambao, La Watussi y Juan Berriel se meneaban imitando a las rumberas; a la Venus Azteca y la Tongolele, norteamericanas, al Ciclón del Caribe, la Bomba Atómica y la Venus Dorada, cubanas. Las vedettes, bailarinas encueratrices, se veían en El Abanico regenteado por Pepe el Perro y Oscar y Javier los Trocino, el Pigalli y el San Greroris. “Ellas por la piel quemaban pasión desbordada con una mirada, con un pestañeo, hacían que los hombres se acalenturaran más y más, encendiendo deseos, pasiones”, eran “suripantas llenas de voluptuosidad que se envolvían en suntuosas y transparentes sedas y encajes haciendo a la concurrencia bramar, chillar, aullar de lujuria con el deseo y el celo de poseer aquellos perfectos cuerpos agitados”.
Los beodos conforme tenía lugar la variedad y el baile de la vedette, atontados al grado de la imbecilidad del alcohol, se acercaban imponentes y señoriales a la plataforma con una mano por detrás y en la otra un billete que dejaban en el resorte de la diminuta prenda rosando la piel de la hembra, se conformaban con echarle una olisqueada susurrándole a la güila babosamente al oído quemantes y lascivas voces de desenfrenadas pasiones, libidinosos deseos, gritando indecibles palabras para que la vedette ante el estímulo del dinero, el éxtasis de la lujuria, al ritmo de la cadente música, se desprendía y lanzaba su íntimo ropaje a la turba enardecida, como si fuera el ramo de la novia, peleaba por poseer la prenda… olisqueándola “…pero la bebida mitiga mi llanto, mis penas y angustias por ella se van, que diga la gente que soy un borracho me importa muy poco ya se cansarán…”

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