Arturo Quiroz Jiménez

Desde hace algún tiempo se ha hablado de que el mundo está en un punto de inflexión donde consumimos ya los recursos renovables que corresponden a nuestra generación (los nacidos en la década de 1980), y debido a esto, quizá, sea buen tiempo de contemplar que el estudio de la problemática ambiental siempre ha requerido una perspectiva sociocultural.

El debate medioambiental debe reconocer la importancia de los efectos de nuestra manera de pensar y actuar sobre el entorno de nuestras propias vidas. Los sistemas sociales, así como los ecológicos, son esencialmente sistemas abiertos que están intrínseca y recíprocamente relacionados con otros.

El paradigma del desarrollo coevolucionista interpreta la interacción entre los sistemas ecológico y social. El equilibrio de cada uno por separado se mantiene a través de mecanismos de retroalimentación.

Los cambios que los seres humanos están llevando a cabo en esta relación, a través de su cultura, están provocando que cada sistema evolucione, no en respuesta del otro, sino en respuesta a la explotación de los recursos; la extraordinaria aceleración de esta tendencia ha llegado a superar la capacidad de autorregulación de la propia naturaleza.

Se necesita una interpretación sistémica de los problemas ambientales en la que los criterios de acción y funcionamiento se evalúen a partir de las ventajas e inconvenientes ecológicos, sociales y culturales, para ello se necesita un enfoque interdisciplinario que supere las visiones parciales de la realidad.

Al tener en cuenta el carácter sistémico de la problemática medioambiental, se hace necesaria una interpretación no solo a nivel interdisciplinario que permita la cooperación de igual a igual entre las disciplinas especialistas en los diferentes sistemas implicados, sino además el análisis debe abordarse desde la perspectiva a largo plazo y mundial.

Muchas de las prácticas que se reproducen en el planeta repercuten inevitablemente en el medio ambiente de otros lugares. Igualmente, todos los elementos del ecosistema están relacionados entre sí, la capacidad de transformación del entorno que la humanidad tiene llegó al punto de poner en peligro la vida en el planeta.

La transformación y gestión del ecosistema según las decisiones económicas incontroladas, basadas en el cálculo de los costes y rendimientos mercantiles, son incompatibles con el mantenimiento de los estados dinámicos de equilibrio socioecológico.

Los valores culturales del progreso, y el desarrollo material y económico que se desprenden de las sociedades modernas occidentales, son incompatibles con los requerimientos de los sistemas ecológicos y las necesidades humanas a largo plazo.

En aula, se le propone a un grupo de estudiantes de bachillerato el reducir el uso de plásticos y uniceles en su comida, se le invita a encontrar la manera de no usar esos elementos; lo sencillo sería que cada alumno se comprometa a traer su cuchara, plato y vaso.

Una de las primeras respuestas de los jóvenes es lo molesto y complicado de cargar sus trastos: la incomodidad del individuo se antepone a la del colectivo y al ambiente. De allí que Lipovetsky hable de la era del narciso: nosotros como centro de atención, el planeta a nuestro servicio.

En una escuela de nivel medio de educación una cafetería utiliza una cantidad inmensa de plásticos que van directo a la basura: botellas de agua y refresco, que tardan alrededor de 450 años en degradarse; bolsas de los alimentos, uniceles de los platos, cucharas, lo que envuelve su mercancía.

De allí, si maximizamos, se calcula que alrededor de 12 millones de toneladas de plástico llegan a los océanos. Hasta 2015 se generaron 6 mil 300 millones de toneladas de residuos, de las cuales solo el 9 por ciento se recicla, 12 por ciento se incinera y 79 por ciento se acumula en algún lugar a cielo abierto.

Referencias
greenpeace.org
Díaz Rodríguez, Pablo (2012). “Fundamentos del paradigma ecológico en las ciencias sociales”. Documento digital.

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