Desde hace varias semanas estamos viviendo tiempos convulsos en la toda la región, lo preocupante para México es la excesiva violencia que ha caracterizado a todas esas protestas o rebeliones, que incluso en el caso de Bolivia ha terminado con la renuncia o destitución del presidente en ejercicio. Este tipo de eventos sociales generan inmediatamente una reacción de interpretación política que se dibuja en torno, generalmente, al miedo y al temor que acciona una posición casi natural en cada uno de nosotros al rechazo de ese tipo de eventos, situación que nos empuja fuertemente a encontrar una lectura que empate con nuestra realidad, aunque sabemos que todas estas crisis responden a condiciones internas o de política local, pero la tentación de encontrar un hilo conductor que una a todos ellos es tentador, nos esforzamos aunque no lo logremos en explicarlos adecuadamente, resultado más que obvio, ya que lo hacemos a partir de nuestra experiencia y conocimiento que nos ofrece nuestro quehacer político, presente y pasado.

En ese tipo de contextos de enfrentamiento de fuerza y poder tendemos a barbarizar a los oponentes, ya que no comparten nuestra estructura de normas y reglas que regulan y anticipan nuestro comportamiento, con afirmaciones como: “Estos no entienden nada”, “así no se hacen las cosas”, entre otras. Podemos pensar en primera instancia que todas las posturas son válidas, lo cual es cierto, y en cada una de ellas se barbariza al enemigo, establecen un campo de batalla, una guerra, que evidentemente no logra avanzar en la solución de ningún conflicto, por pequeño que este sea.

En el caso que nos ocupa, tomaremos partido de acuerdo con la delimitación de ese campo de batalla y, para muchos, los grupos en batalla sin claros; por una parte, los neoliberales y, por otra, los progresistas, donde ambos bandos se encuentran en una fratricida guerra por el dominio político de la mayor parte de la región. En pocas palabras, entre buenos y malos. Para algunos solo un bando solucionará los graves problemas de la región, entonces la solución es elegir un bando, estás aquí o en contra de nosotros. Sin lugar a dudas, esto es una situación de violencia extrema, que debilita la política, ya que genera indiferencia, de la mayoría de los ciudadanos.

Pero más allá, del bando correcto o incorrecto, es cuando en estos periodos de crisis la mayoría de los ciudadanos y la sociedad completa se encuentra enfrentando una situación de incertidumbre y de indefensión en que se sumerge a los ciudadanos de nuestros países, donde básicamente las crisis no terminan y la violencia es creciente, contexto en que la sociedad no recupera su cotidianidad, un nivel de tranquilidad y seguridad necesaria para construir, conciliar las diferencias y continuar construyendo el país.

Entonces, más allá de bandos en guerra, el grave problema es la ausencia de la política de la capacidad de encontrarse uno con el otro para construir el proyecto de nación o país necesario, donde caben todos sin deferencias, el núcleo de nuestros problemas y crisis violentas está en que en las últimas décadas poco a poco se han erosionado las instituciones que se han encargado tradicionalmente de hacernos sentir parte de una comunidad, del estado, a la que se accede por nacimiento o decisión consciente. En efecto, hemos vivido un debilitamiento de esas instancias que nos dan sentido de pertenencia, como que los núcleos familiares con ambos padres se han vuelto más escasos, así como la disposición de los hijos a hacerse cargo de sus padres ancianos, también el sentimiento religioso se redujo cuando la Iglesia católica se fracturó con las denuncias y condenas de abusos. Por otra parte, los partidos políticos se volvieron franquicias electorales y los sindicatos se han derrumbado crecientemente. Además, las ideas de República y nación, que construimos en los últimos dos siglos, han sido fuertemente interpeladas por la emergencia de los pueblos originarios y no nos podemos olvidar del desprestigio de la clase política, los parlamentarios, los presidentes, las instituciones electorales, los organismos internacionales, el sistema educativo y un largo etcétera.

Frente a este derrumbe civilizatorio que nos coloca en la frontera de la barbarie, ya que no contamos con ese conjunto de reglas y rutinas que definen lo correcto, bajo esa lógica de lo adecuado que indudablemente influye sobre nuestro comportamiento que, en situaciones de crisis, de conflicto, de enfrentamiento nos dicen cómo actuar y retomar el camino político de los derechos individuales y de las reglas democráticas y republicanas. El drama está en que en estas décadas el único mecanismo de protección y coordinación entre los ciudadanos y los sentidos de pertenencia ha sido el mercado, que dispone solo del crecimiento económico, como herramienta para generar cohesión social y sin crecimiento se activan la frustración y la angustia. La enseñanza que nos dejan estos dolorosos procesos de nuestros hermanos latinoamericanos es la necesidad de fortalecer los instrumentos democráticos, que nos permitan a tiempo construir los mecanismos que no hagan a todos sentirnos parte de la comunidad.

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