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“En La Gatita Blanca”

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Al sonar el silbato agudo, prolongado y sin ritmo del mediodía, emitido por la liberación del vapor de calderas en las minas producido por los cientos de miles de maderas de árboles de los montes cercanos a la labor, era señal para la villa de argento del inicio de la tarde llena de sosiego, diáfana, transparente, azul turquesa y plata. Aparecían a la mirada las redondas y blancas nubes detrás de las montañas casi a la mano, al norte, muy cerca al pie del Tulipán, sobre los añejos laboríos. La viejecilla echa sus pensamientos hacia lo lejano de la vida hasta oír también los toques claros y rítmicos del templo El Carmen, en el añejo atrio panteón barretero, ella de cerca ve el empedrado, el enlosado, el embaldosado camino real, ahora calle Guerrero, con sus vendimias callejeras improvisadas, como al amparo de la bienaventuranza, todo callado, en paz, en oración, solo la quietud que lleva los buenos olores del espumoso y apestoso pulque desde su frecuentado recinto.
La vieja villa del mineral de Pachuca para finales del siglo XIX y primeros años del XX, en esa calle chueca veíanse construcciones de una planta, pocas de dos niveles, levantadas en adobes altos, al tener más de 50 años su esencia y arquitectura resultó modificada al tenor del paso del tranvía eléctrico que la convirtió en uso de ventas y comercios con techos de vigas apolilladas soportando un encamado de gruesas tablas que cargaban el terrado y petatillos, con aplanados rústicos, artesanales, chuecos de cal y arena armoniosos mostrando sus imperfecciones con pequeñas guaridas de polvo terminados, pintados salpicados con burdos “chulos” de grueso ixtle.
Esa, La Gatita Blanca con calzacayotl o puertas de exceso de casi tres varas de alto por dos de ancho de madera entableradas de dos hojas para la noche, con persiana tipo cantina de doble acción, de estilos europeos para los fieles, impidiendo la indiscreción de los murmuradores, con discreto orinal en un rincón que desprendía olores hediondos en aguachirle con escurrimiento a cielo abierto. Esta noble pulcata, buscona y alcahueta, con su nombre pintado con letras blasonadas y adornos en los muros de las dos portadas coloreadas finamente con tino y sobriedad en donde se percibe arte musulmán de espíritu arabesco, con bellas guirnaldas de hojas de acanto y laurel entretejidas, rematadas con coloridos claveles, rosas y terceras flores, enmarcando frescos de corte campirano al temple. Esos trazos inspirados en grabados y litografías creadas en talleres de Antonio Decaen y Víctor Debray de pintorescas y lindas estampas de México de hermosos colores, representando las pulcatas y el pulquero despachando, deliciosos cuadros de monumentos de la ciudad y trajes típicos de los siglos XVII y XVIII, creadas por artísticas manos de Hudo, C Castro y F Campillo, publicadas en México y sus alrededores, conteniendo los oficios de aquellos siglos.
Así lo dijo la vieja “la tarde fue la peregrinación diaria a estos socorridos santuarios”. Su nombre, La Gatita Blanca, estaba tallado en relieve a formón, cepillo y martillo, en el interior tosco macizo mostrador, que podría decirse hasta improvisado, dando la bienvenida a los devotos de los pulques con la exhibición y venta de la miel del agave, revuelto con frutas en curados de suculentas combinaciones, mixturas y otros menesteres y brebajes. Los secretos llamados curados disfrazando lo apestoso en delicioso abanico de sabores, colores; los amarillos de papaya con huevo, de piña, los apetitosos de apio, los de tuna sabrosísimos, los de rojo grana cochinilla que alegraba la mirada y enrojecía la “trompa babeante” de los golosos borrachos resbalaban del cogote de lo baboso, se deslizaban como agua en el paladar, están los nunca resistidos, siempre gustados, que había que llegar en tiempo para alcanzar un jarro de zoquitl de sangre de conejo, una delicia encubridora de enorme tufo.
La Gatita daba diaria y amena tertulia de empulcados, escuchábanse palabrotas y groseriotas; rimadas oraciones que decía la viejilla no de doble sentido sino “del más allá”. Llegando a ser la realidad de la pulcata un acabado cuadro artístico de costumbres y grabado fiel de la vida de argento de mineral de los años 1880-1920, verdadera estampa social. Ahí nacieron y se vieron fuertes lazos de amistad, lealtad, terminando en compadrazgos y familiaridad, destapando noticias, líos, tristezas, tragedias mineras, familiares, de vecindades o del barrio, fiestas rumbosas, entierros y velorios, nacimientos y bautizos. Afamadas si eran las suculentas y abundantes comilonas instaladas en la puerta entre los pasatiempos para sobrellevar las libaciones y el embrutecimiento; la pítima, la rayuela, el tabique y barajas con los juegos del tresillo, la malilla o el rentoy. La pulcata era lugar de dares y tomares, de negocios, alianzas, contubernios y amores.
El cascabel al gato en un gemido escalofriante de ultratumba. Continúa como recua desbocada el megashow populachero con la megaofrenda del megaXantolo, garante del desconocimiento, falto de entendimiento de las manifestaciones domésticas del altar de muertos. Mazacote fuera de contexto que gana el record a la necedad y la ignorancia de la tradición de muertos, sin siquiera un aroma de nuestros ancestrales altares que caracterizan a las sierras, la Huasteca, el Mezquital y el Altiplano, ricos en tradición, ahora ignorados por una expresión vulgar desculturalizada nada más para rasguñar y alardear el record Guinness por metro ¡intruso, ajeno a nuestras costumbres! La viejilla se quejaría: ¿Por qué no ven, no oyen, no leen, no preguntan a nuestros viejos? ¡Esperan la suerte del burro que tocó la flauta! Luego, quedaría boquiabierta, sin aliento, al saber de la vulgar intromisión en la autonomía universitaria del aparecido tirano, el dictador que ni en el centenario de la Carta Magna se entera del contenido de sus primeros artículos, atropellándolas de muerte.

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